Aurora Nacarino-Brabo | Sábado 30 de octubre de 2010
Tuve ocasión de tratar a una señora de melenita al mentón, pelo de plata. Gastaba unos ojos pequeños que, sin embargo, acaudalaban cataratas más dignas del lago Victoria y arrastraba una sordera que divertía a sus nietos algo gamberros. La recuerdo viendo Anatomía de Grey, atravesada en su sillón, los pies colgando por encima de uno de los brazos, la espalda contra el otro, enredados los dedos en sus mechones de alabastro. En guerra, cuando tenía la edad de los “ninis” de mi barrio, en lugar de fumar porros en un banco del crepúsculo al alba, devoraba uno a uno los Episodios Nacionales de Galdós. También leía teatro y novela, e iba al cine. Hasta tres veces al día, en la Gran Vía. Después bajaba corriendo la calle de la Montera, hacia el metro de la Puerta del Sol, mientras los obuses hacían explosión no muy lejos de allí, seguramente sobre las trincheras de La Moncloa o Ciudad Universitaria.
Esta señora era, sin saberlo ni haberlo pretendido, una iconoclasta. Yo la vi demoler sin obuses todos los tópicos de que son víctimas las personas mayores. La vi defender el aborto mientras hordas de papás con sus rorros se manifestaban contra el Gobierno a la salida de misa. La vi reivindicar los derechos de los homosexuales cuando la oposición hacía del rechazo una bandera. La vi apoyar la congelación de su propia pensión por encima de los aullidos de los más ricos. La vi compadecer a los toros cuando los demás ovacionaban a los toreros. La vi ser joven cuando todos esperaban a una vieja carca. Y también vi viejos carcas sin arrugas y con piercing, ayer mismo, debajo de mi casa.
La señora sabía muchas cosas, pero no sabía qué era el ageísmo. Este fenómeno, que se entiende como un conjunto de actitudes peyorativas que margina y excluye a la persona mayor, está profundamente arraigado en nuestro país. La experiencia, lejos de ser un grado, se estigmatiza, rechaza y aparta en los rincones de la sociedad; y después se empapela con carteles llenos de rostros tersos y bonitos. En el terreno político, que tradicionalmente se ha mantenido alejado de la moda y la estética, también ha empezado a desencadenarse el proceso, siendo cada vez más numerosas las voces que reclaman caras nuevas y sangre joven para una imagen más fresca. Los grandes hombres de Estado, tal vez de un saber enciclopédico, pero incipientemente calvos y ojerosos, tienen sus días contados.
Estas fechas, tras el ascenso de Rubalcaba al techo del Gobierno, todos quieren polemizar sobre la sucesión de Zapatero. Algunos han interpretado el nombramiento como un gesto para designar al próximo candidato a la presidencia. No obstante, no han tardado en surgir críticos en las propias filas socialistas. Unos dicen que “Rubalcaba es el pasado”, otros que sería mejor apostar por alguien más joven, como Carme Chacón. En las próximas generales, Rubalcaba tendría 61 años y hay quienes opinan que es demasiado “mayor”. “Los abuelos no suceden a los nietos”, aseguran. Ante tantos reparos, he intentado exprimirme el seso para encontrar un candidato tan bueno como él, y no he sido capaz de hallarlo. No lo hay. En el PSOE deben resolver la cuestión para garantizar que el próximo rival de Rajoy será el mejor de los posibles, y tienen la ocasión única de demostrar que la izquierda no margina a nadie por razón de edad.
Lo digo porque tuve ocasión de tratar a una señora nonagenaria. Tenía cataratas, estaba bastante sorda y no le importaba qué era el ageísmo; pero le interesaba la política. Rajoy la ponía muy nerviosa. Sin embargo, creo que Rubalcaba le gustaba mucho. Ténganlo en cuenta, señores del PSOE, que las encuestas pintan feo y mi abuela de esto sabía un rato.
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