Opinión

Retorno al thatcherismo

Lunes 01 de noviembre de 2010
Una vez más, todos vuelven la mirada sobre el Reino Unido. Ya ocurrió en 1979, cuando Margaret Thatcher llegó al poder e impuso un conjunto de reformas, exigidas por el electorado, que redujeron el papel del Estado en la economía y soltaron algunos grilletes ajustados sobre los británicos en décadas precedentes. En 1990, y tras la enorme polémica generada por el Poll Tax, le sucedió John Major tras un golpe de mano de su propio partido. Major no impulsó aquél impuesto, pero siguió con su legado. Y, finalmente, en 1997, le sucedió Toni Blair con una resonante y avasalladora victoria. Limitarse a decir que con Blair volvieron los laboristas al poder daría una impresión errada sobre el significado político de aquéllas elecciones, pues Blair supuso la ruptura del laborismo con su propia tradición gremialista y la adhesión expresa al legado de Margaret Thatcher.

De este modo, el giro político impuesto por la líder conservadora se mantuvo ininterrumpido hasta junio de 2007, cuando Blair fue sustituido por Gordon Brown. Este dirigente rompió finalmente con el legado de Thatcher y apostó por enormes rescates de la banca y un programa de gasto público desaforado para salvar a la economía británica de una lacerante crisis. Pero los británicos, como han hecho de forma ininterrumpida desde 1979, volvieron a apostar por el Thatcherismo en las últimas elecciones, en mayo de este año.

Bien es cierto que el resultado de aquellas elecciones fue un Parlamento “colgado”, con tres grupos sin una mayoría absoluta. Los liberal demócratas se aliaron con los conservadores y esta es la coalición que ahora gobierna aquél país. Pese a que el nuevo primer ministro, David Cameron, había apostado en sus primeros discursos por un thatcherismo moderado, a medida que se acercaban las elecciones fue decantándose por fórmulas más cercanas a la reforma económica y del Estado. Y es ahora cuando, como decíamos, de nuevo todas las miradas se posan en la política británica. El motivo es un programa de reducción del gasto público, ciertamente ambicioso.

Como no podía ser de otro modo, este programa ha despertado fuertes resistencias. Lo mismo ocurrió en los primeros años de la era Thatcher. Se calcula que, a corto plazo, se podrían perder un millón de puestos de trabajo vinculados al Estado. Y ya hay quien apunta que tales recortes llegarían a yugular la recuperación de la economía británica. Ciertamente el primer impacto será duro, siempre es así. Pero para valorarlo hay que tener en cuenta al menos dos cuestiones. La primera es que los empleos públicos se sufragan con los impuestos de los empleos privados. El verdadero empleo, el que se sostiene a sí mismo y a los demás, es el privado. Su función económica es clara, mientras que no siempre se puede decir lo mismo de la función pública. En segundo lugar, la principal enseñanza de la economía es que vivimos en un mundo de escasez. Ello quiere decir que siempre quedarán necesidades por atender. Esto tiene como corolario, que siempre existirá la necesidad de emplear trabajo para esos bienes y servicios que necesitamos pero que no podemos cubrir. Y esa es la razón por la que estos empleos públicos sacrificados se reabsorverán en el sector privado. Lo breve o prolongada que sea esa transición dependerá del acierto del nuevo gobierno en la gestión de la crisis.

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