Mundo

[i]Lisboa ya no basta[/i]

TRIBUNA

Miércoles 03 de noviembre de 2010
La Unión Europea se fabricó un traje a la medida con el Tratado de Lisboa, pero se le ha quedado corto apenas estrenado. Para ser más precisos, sus insuficiencias ya eran patentes antes de que entrara oficialmente en vigor, hace ahora once meses. Lo cierto es que era un buen traje, cuidadosamente elaborado después del fracaso del mal planteado Tratado Constitucional; se tardó más de seis años en terminarlo y ratificarlo, pero el resultado parecía satisfactorio. La UE se dotaba de una nueva fachada y de unas instituciones que -se suponía- harían de ella un actor global, al tiempo que un numero creciente de sus miembros, con las conocidas excepciones, adoptaban el euro como moneda única, lo que, aparentemente, potenciaría la dimensión económica de lo que los anglosajones denominan en ocasiones “el bloque”. Pero la crisis ha echado por tierra esas previsiones y ahora resulta que el traje-Tratado de Lisboa no sirve para, púdicamente, ocultar algunas de las patentes desnudeces de la Unión. La crisis, que empezó siendo financiera y americana, engordó hasta hacerse económica, europea e internacional. Y a la vista de la incipiente guerra de las divisas, corre ya el serio peligro de devenir en una crisis monetaria, de la que el euro puede ser su principal víctima propiciatoria.

A los Estados que se han ido incorporando al proyecto europeo siempre les ha costado mucho ceder cuotas de su soberanía o, más exactamente, ponerlas en común. Pero les ha costado mucho más practicar y someterse, en sus finanzas nacionales, a una indispensable disciplina fiscal y presupuestaria, absolutamente necesaria, sobre todo cuando se llevó a buen puerto la idea de la moneda única. El proyecto era una “Unión Económica y Monetaria”, pero lo cierto es que esta última se logró entre los países que adoptaron el euro, pero la unión económica no vio nunca la luz. Y va contra toda lógica que una serie de países compartan una misma moneda, pero cada uno de ellos se sienta libre de aplicar a capricho su propia política económica, a impulsos de supuestos intereses nacionales que, muy a menudo, no son sino el disfraz de descarados y demagógicos intereses de partido. Los países centrales de la UE, los que están del centro hacia el norte, siempre desconfiaron de los meridionales, considerados poco disciplinados y propicios al despilfarro. Se los etiquetó de miembros de un vacacional Club Med y, juntando sus iniciales, se les llamó los PIGS (Portugal, Italia, Grecia y Spain), a veces con una doble I para incluir a Irlanda.

Para meter en cintura a estos mal afamados y despilfarradores países —que de Bruselas sólo querían sacar sus sustanciosos fondos comunitarios- se ideó un Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Pero los alguaciles quedaron alguacilazos, y mientras la España del Gobierno Aznar cumplía escrupulosamente las exigencias del Pacto y los criterios de convergencia (de los que estuvo siempre muy lejos con el Gobierno socialista de González), fueron la Alemania de Schröder y la Francia de Chirac los primeros incumplidores de las exigencias que ellos mismos habían promovido. Superada la pesadilla Schröder, Alemania “se ha puesto las pilas” con Merkel y ha asumido el papel de principal guardián de una disciplina que pocos acatan. Lo hizo, seguramente, porque Alemania es quien más aporta a caja común europea y se está cansando de dar la cara, y el bolsillo, por países que, como Grecia, falsifican hasta sus propias estadísticas para sacar tajada. Zapatero prometió devolver a España “al corazón de Europa” que, por lo visto, para él significa más déficit, más deuda pública (y privada) y un paro bochornoso. En suma, pasarse por el arco de triunfo el Pacto de Estabilidad. Merkel intenta poner orden, pero esta UE de 27 miembros, como una variopinta clase de muchos y poco disciplinados alumnos, se parece cada vez más a una jaula de grillos. Nadie quiere llevar la disciplina hasta donde sería necesario porque, sin decirlo, casi todos piensan: “¿Sanciones, privar del derecho del voto a los incumplidores? Ni hablar, no vaya a ser que a la próxima vez me toque a mí”. Mientras tanto, Sarkozy nada (de nadar) entre dos aguas y se presta a ayudar a Merkel… pero sólo un poquito. Y es que, como escribía el otro día Guy Sorman en The Wall Street Journal, “Sarkozy —que fue elegido con un programa de libertad de mercado- una vez en el cargo se ha enamorado del estatismo, como todos sus predecesores”. Y así es imposible hablar de disciplina y estabilidad, que son la antítesis del estatismo, siempre inclinado a derrochar.

La UE necesita imponer a todos sus miembros una disciplina fiscal, financiera y presupuestaria y, procedimentalmente, necesita superar la etapa de la obligada unanimidad para casi todo lo importante. Privar del derecho de voto a los incumplidores —como quería Merkel en contra de la posición de la mayoría- sería una medida muy dura, pero de enorme eficacia. ¿Qué otro tipo de sanción se puede imponer a los países despilfarradores que se gastan el dinero en “vicios”… electoralistas? ¿Multas dinerarias? Veríamos como el panorama europeo se llenaba de países insolventes. Algunos o no pagarían la multa o intentarían hacerlo endeudándose hasta las cejas, a intereses cada vez más altos y lastrando a las futuras generaciones con las consecuencias de su incuria y su desgobierno. Volver ahora a reformar el Tratado puede ser, sin duda, una tortura política y jurídica, pero no parece que haya otra salida. Es mucho mejor reconocer que con Lisboa ya no basta y que la UE tiene que dotarse de nuevos instrumentos para desempeñar el papel que le corresponde en este mundo en el que el eje se está desplazando hacia Asia y el Pacífico. La alternativa será llevar a este Viejo Continente a la irrelevancia y convertirlo en un parque temático, para disfrute de los nuevos ricos de los otros continentes. Que vienen empujando.

TEMAS RELACIONADOS: