Cultura

[i]Otra vuelta de tuerca[/i]: la mansión de los horrores se alza en el escenario del Teatro Real

Crítica de ópera

Miércoles 03 de noviembre de 2010
El Teatro Real estrenó anoche la ópera de cámara compuesta por Benjamin Britten en 1954, “Otra vuelta de tuerca”, cuya primera representación, aquel mismo año en el Teatro La Fenice de Venecia, se convirtió en el estreno con mayor proyección internacional de la obra del famoso y precoz compositor británico, que gustaba de profundos temas oscuros como la represión, la perversión y la muerte.


El Teatro Real estrenó anoche la ópera de cámara compuesta por Benjamin Britten en 1954, “Otra vuelta de tuerca”, cuya primera representación, aquel mismo año en el Teatro La Fenice de Venecia, se convirtió en el estreno con mayor proyección internacional de la obra del famoso y precoz compositor británico, que gustaba de profundos temas oscuros como la represión, la perversión y la muerte.

Con libreto de Myfanwy Piper, Britten basó su ópera en uno de los clásicos de los relatos de fantasmas, la obra homónima de Henry James, una de sus piezas narrativas más célebres y que, desde su publicación, ha inspirado diversos trabajos teatrales y cinematográficos, como la adaptación de Jack Clayton en 1961 titulada “Suspense”, quizás la más célebre, e, incluso, la mucho más reciente y exitosa cinta de Alejandro Aménabar, “Los otros”. En la ópera, Britten consigue desarrollar una estructura que remarca la intensidad de los hechos narrados por James, conservando la ambigüedad original entre lo real y lo fantasmagórico, a pesar de otorgar voz a los fantasmas y con ello, una más concreta identidad o presencia. En realidad, a cada uno de los personajes que moran en la tenebrosa mansión de Blay, Britten le otorgó un color musical distinto a través de un instrumento, y la obra es una serie de desarrollos temáticos para cada una de las escenas, que, a modo de cuadros cinematográficos, van presentando el angustioso devenir de la historia que se cuenta.

Una historia a la que no le falta ninguno de los elementos imprescindibles que ha de tener cualquier relato de fantasmas que se precie, pero que, al mismo tiempo, es capaz de resultar tremendamente original, porque las preguntas siguen acumulándose y las respuestas nunca son suficientes. Una idea, la de dejar muchas cosas a la imaginación del espectador, que los responsables de la escena, el director David McVicar y su asistente, Elayne Tyler-Hall, tuvieron muy presente a la hora de dar vida a esta producción del Teatro Mariinsky de San Petersburgo. Igual que no renunciaron, si no más bien lo contrario, al original a la hora de crear una escenografía más que fiel con la época victoriana en la que se desarrolla la historia. También con el lugar, una apartada mansión en la campiña inglesa. Con una ágil escena en la que unos paneles translúcidos se mueven para dejar espacio al mobiliario propio de la época que decora cada una de las escenas que se representan y que trasladan los figurantes, en un trajín a veces excesivo, cada secuencia se enlaza con la siguiente sin dar un respiro. Y jugando asimismo con las luces para crear la atmósfera de tensión creciente de la obra hasta el mínimo detalle, de modo que nada nos distraiga de la oscuridad que se vive entre los muros de la angustiosa mansión a la que hemos entrado.

Daniela Sindram (Miss Jessel) y Nazan Fikret (Flora). Foto: Javier del Real


Porque, ¿alguien puede imaginar algo más inquietante que dos cándidos y pálidos niños que dejan de jugar con los vivos para acudir a la llamada de “los otros”? Si la escena está construida para albergar a la tragedia que llega de espectros atormentados en busca de venganza, lo que realmente consigue el efecto final de dejar en silencio absoluto a un teatro, es el formidable trabajo actoral de un reparto que destaca en este capítulo igual que en el de las voces. La soprano británica Emma Bell fue anoche la más aplaudida, después de que su personaje de la atormentada institutriz llevara el peso de la historia no sólo vocalmente, si no también a la hora de enseñarnos cómo su ilusión cuando acepta el trabajo de cuidar a dos niños con la única limitación de no “molestar” nunca a su tutor, va tornándose, primero en incredulidad ante la aparición de los dos fantasmas que acompañan a cada uno de los niños a raíz de un turbio acontecimiento acaecido en la mansión y, más tarde, en desesperación por no saber cómo salvar a los pequeños que le han sido encomendados. Muy aplaudido también el tenor John Mark Ainsley en su doble papel de narrador del prólogo y de Quint, el antiguo mayordomo convertido en fantasma; y Marie McLaughlin, por su representación del ama de llaves. Sin que pueda dejar de destacarse la interesante interpretación de Peter Shafran, el jovencísimo cantante que da vida a Miles, el niño que pone los pelos de punta con la voz y con la mirada, y que se alternará en el papel con Jacob Ramsay-Patel.

Britten escribió la obra para el English Opera Group, una orquesta de cámara que él mismo fundó en 1948. Con sólo trece instrumentos, el compositor consigue las sonoridades sinfónicas que se propone, las que anoche, y hasta el próximo día 16 de noviembre, se encargan de interpretar con solidez y precisión trece solistas de la Orquesta Titular del Teatro Real, Orquesta Sinfónica de Madrid, bajo la templada batuta del todavía director artístico de la OCNE y futuro responsable musical del Liceo, Josep Pons.

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