Opinión

Recuerdo de un gran historiador Jaume Vicens Vives

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 05 de noviembre de 2010
En la mortecina atmósfera que rodeó el surgimiento de la his¬toriografía contemporánea se comprende sin mayor esfuerzo el impacto que causara la irrupción en ella, por los días mismos del apogeo de la blitz Krieg, del sevillano y miembro destacado de la antigua CEDA, Jesús Pabón, y del gerundense Jaume Vicens Vives. Uno y otro no dejaron el comercio con las imprentas, ya iniciado en los días de la República, ni siquiera en los años de la Guerra Civil. En Burgos, donde estaba destacado como integran¬te del gabinete de estudios que asesoraba el trabajo propagandístico de Dionisio Ridruejo, publicó —1939— el primero dio a la Estampa Diez figuras, galería de retratos al aguafuerte de algunos de los políti¬cos que dominaban el Viejo Continente en vísperas de su gran suicidio —Chamberlain (los tres, el padre y los dos hermanos...), Blum, Stalin, Edén, Herriot, Daladier...

A su vez, el segundo alumbró editorialmente su importante tesis doctoral sobre Ferrán II i la ciutat de Barcelona, 1479-1516, 3 vols., (Barcelona 1936-7, 426, 418 y 508 pp.), en la que, en un clima hostil, emprendía una de las muchas desmitificaciones que llevara a término sobre el pasado de su idolatrada región. Acabado el conflicto civil, represalias y censuras severas, pero no aniquiladoras, le sirvieron de estímulo negativo para su trabajo de galeote, del que la historiografía española entrojara serondos fru¬tos. Ulteriormente muy criticada, condenada a la damnatio memoriae y suprimida del nutrido catálogo de su selvática pro¬ducción por manos de un celo desnortado, su España.

Geopolítica del Estado y del Imperio,(Barcelona, Ed. Yunque, Col. Formación, abril 1940, 215 pp.), daba por entero en la diana de las preocupaciones de las élites políticas e intelectuales del inicio de los años cuarenta, conquistándole a su autor cierta fama en las potencias facistas. Rechazable incluso en más de un extremo por sus peligrosas colindancias con ciertos hegemonismos exe¬crables, era un libro de historia contemporánea plenamente euro¬peo, no sólo por la temática, sino, singularmente, por el método y tratamiento. La contemporaneidad no exclusivizaba la primera, pero sí la esencializaba y nucleaba. Comprensiblemente, el estu¬dio de las etapas anteriores se ponía al servicio de la presente con el fin de explicarlo y, de ser posible, comprenderlo.

En medio del ruido de la guerra y el hervor de las pasiones, el libro supuso una estimable contribución de racionalidad y saber humanístico en un asunto, bajo distintos ropajes, siempre en el candelero de la política internacional; y, por consiguiente, en las preocupaciones de los ciudadanos, a las que, de modo indeficiente, a lo largo de una carrera comprensiblemente algo tornasolada por la rudeza de los tiempos, procuró servir la envidiable obra del maes¬tro catalán, según su reiterada y hasta machacona confesión. En 1950, en otra ladera de su biografía, asentado ya firmemente en la tierra de su oriundez —dos años más tarde publicará esa pequeña obra maestra que se llama Noticia de Cataluña—, coincidiendo por azar, conforme a su insistente afirmación, con las tesis de F. Braudel sobre el espacio y la acción histórica, Vicens entregó a la imprenta el Tratado general de geopolítica: El factor geográfico y el proceso histórico, (3a ed., Barcelona 1981, 242 pp.), la forma y parte del contenido eran diferentes a las del libro de un decenio atrás, pero la intención no había variado sustancialmente. Su temática sería la más glosada y referenciada por su incesable pluma y la más presente en su biografía intelectual.

Hasta 1948, en que, tras su fugaz pero muy hondo paso por la Universidad zaragozana, ocupara la cátedra de Historia Universal Moderna y Contemporánea de la Universidad de Barcelona —la misma que obtuviera en la Facultad de Filosofía y Letras del alma mater cesaroaugustana—, continuó Vicens ensan¬chando los horizontes de la disciplina de la que nos ocupamos. En publicaciones de alta divulgación, ensayos y manuales —el consagrado a la Historia general moderna: Del Renacimiento a la crisis del siglo XX (aparecido en Barcelona en 1942, conoció diversas ediciones y se recogió finalmente en Obra completa, no muy cuidada, Barcelona 1971, I, 1.255 pp.) no ha sido, en ver¬dad, superado en cuanto a claridad expositiva y agudeza inter¬pretativa— realizó mil y una catas sustantivas para la aclimatación científica de lo que hasta entonces había sido una flor de estufa en el marco intelectual de la nación.

Hasta su prematura muerte —28-VI-1960—, Vicens fue fiel al legado y enseñanza de sus maestros y cultivó, por ende, con pre¬ferencia los siglos bajomedievales y de la modernidad. Pese a que incluso la Prehistoria le era muy familiar por la indeleble huella de la docencia de su admirado maestro don Pedro Bosch Gimpera y a que la Baja Edad Media le sedujera hasta su muerte, los tiempos modernos, los comprendidos entre el Renacimiento y la Revolución francesa, constituyeron su territorio de caza por exce-lencia. Allí su espíritu vinciano —poseía grandes conocimientos en las matemáticas superiores— respiraba a pleno pulmón y encontraba la época más creadora del alma europea, de la que, sin ignorar sus sombras, fue entusiasta cantor. En la síntesis del legado del Quinientos y el mensaje de las revoluciones del XVII y XVIII hallaba Vicens su ideal histórico y, acaso, también perso¬nal. La aportación del cristianismo —exaltada en su obra con len¬guaje que hoy ruborizaría a fundamentalistas e integristas— se sumó entonces con armonía a la de la etapa que quizá presenciara el mayor crecimiento de la civilización occidental en su lucha por el progreso material y las libertades sociales.

Al final de su fecunda existencia pareció que su esteva iba a roturar en adelante con exclusividad el campo de la contemporaneidad. Ciertos atisbos pudieron columbrarse en 1954 cuando publicara un extenso e iluminador artículo: «Coyuntura económi¬ca y reformismo burgués», Estudios de historia moderna, 4 (1954), pp. 351-91, indicio, junto con otros, del significativo desplaza¬miento de su labor de crítica bibliográfica en revistas de divulga¬ción y especializadas de la modernidad a la contemporaneidad, planes y proyectos, de la preocupación creciente de su espíritu por explicar y explicarse las raíces inmediatas de una Cataluña a la que quería ver catapultada hacia las empresas del futuro. A fines de los años cincuenta se observará en su producción el pre¬sentimiento y, en ocasiones, la conciencia de que el país va dejan¬do atrás la herencia más negativa de la guerra civil, siendo tan necesaria como urgente su reinstalación europea. El despegue del desarrollo coincidiría en su pensamiento con la carta de naturale¬za de una «nueva historia» cuyas bazas y frutos se habían de expo¬ner primordialmente en el cultivo intensivo de un contemporaneísmo sacrificado en los decenios anteriores al fomento y expansión de la historiografía de etapas precedentes —el primer volumen de la Historia de España de don Ramón Menéndez Pidal consagrado a la contemporaneidad, La España de Fernando VII de Miguel Artola, se publicaría en ¡1968!: treinta y tres años después de haber aparecido el primero—. Así, en el último lustro de la mencionada década todo invitaba y todo impulsaba a Vicens a descender a la arena de la historia contemporánea. En cualquier caso, la espera sería corta. Su ya clásica contribución a la obra por él dirigida —Historia social y económica de España y América— y su sugestivo Industrials i politics, Barcelona 1959, trad. castellana, con un magnífico prólogo de su discípulo Emili Giralt Raventós, Cataluña en el siglo XIX, Madrid 1961, 452 pp., demostraban poco ha de su fallecimiento que sus talentos iban a dar a la historio¬grafía contemporánea frutos múltiples y sazonados.

Jaume Vicens Vives, atlante del friso de la cultura española del siglo XX, fue la voz de toda una historiografía. A partir de su obra ya no pudo hacerse, sin mala conciencia, una cierta historia. En lo que recordamos ahora, medio siglo después de su lancinante muerte.

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