José Antonio Ruiz | Viernes 05 de noviembre de 2010
¿Intelectuales? ¿Y eso qué es lo que es? ¿Mártires o desertores? (…) ¿Qué está pasando –se pregunta Roger Bartra- para que gran parte de la misma intelectualidad comprometida que en otros tiempos impulsó con su actitud crítica los cambios democráticos haya renunciado ahora a colaborar en la construcción de una nueva cultura política?
Como se lamenta Álvaro Delgado-Gal, el intelectual, ese «alguien que se gana la vida traficando con ideas», es una especie en trance de extinción, bien porque ha sucumbido al hastío y ha desertado –añado yo-; bien porque se le han secado las ideas y toca estampida antes de que su propia mediocridad quede en evidencia; o bien porque se ha transfigurado en un espécimen excéntrico prescindible para una masa ignota desapellidada, narcotizada, irreflexiva, pusilánime y pastoril que no da más de sí y es tan corta de entendederas que entra al trapo de todas las gilipolleces con la cornamenta por delante.
Sin duda que hay sociedades desheredadas injustamente maltratadas. Pero en la mayoría de los casos, cada tribu tiene lo que se merece: una clase política, judicial, universitaria y periodística a la medida de sus reprensibles miserias.
En el mundo que nos ha tocado vivir prosperan los figurones, los mamporreros, los chaperos y los cortesanos medradores del poder como los que retrata Erasmo en su Elogio de la locura, carentes de coeficiente pero dotados de una innegable pericia a la hora de adular a su señor a golpe de incensario y de distraer con futilidades a la masa antropófaga.
El estado de asentimiento es, sin duda, una de las grandes trampas de la contemporaneidad borreguil. Hoy es casi un imposible encontrar un “ciudadano descreído”. Probablemente, porque como concluye el compungido Le Bon, «las multitudes no han conocido jamás la sed de la verdad». Sencillamente no figura entre sus prioridades vitales.
Si la turba es extraordinariamente influenciable y crédula es, en buena medida, porque carece de sentido crítico. Por eso son mayoría los animales irracionales impensantes, fácilmente emocionables y de dócil adiestramiento, que viven en permanente estado de asentimiento. En los nuevos espacios de diversión, influencia y poder, la emulación, el mimetismo y el seguidismo se ha convertido en el juego macabro favorito de la caterva aborregada.
La atonía mental es una de las grandes plagas bíblicas de nuestro tiempo, que merecería figurar al mismo nivel que los diez males de Egipto descritos en el libro del Éxodo. Y bien es sabido que la disposición natural al mínimo esfuerzo, las más de las veces conduce irremisiblemente a dejar de pensar. El pequeño burgués atocinado, adormecido hasta el extremo ausente del aletargamiento, ha sido adiestrado para asentir a pies juntillas. El “señorito satisfecho” de Ortega y Gasset parece haber sobrevivido a los incontables avatares del siglo XX.
La bola planetaria está llena a reventar de esa especie gregaria de fácil pastoreo (Cocteau) que Hoffer bautizó con el título de «Los verdaderos creyentes»: individuos que viven en candoroso estado y que han renegado de la inteligencia, lo cual no es sólo una ofensa histórica reprobable al espíritu de la Ilustración y del Racionalismo, sino un atentado execrable contra la más valiosa condición privativa del ser humano.
A cierra ojos, son personas predispuestas a seguir consignas, sin más inquietudes pensantes que su propensión vegetativa a dejarse convencer sin mostrar ninguna resistencia; gentes que renuncian a construir su propio criterio, deseosas de tomar partido por un partido donde sólo haya lugar para la “verdad revelada”, sea cual fuere el mitinero o el aprendiz de dictador de turno, y a jurar amor eterno, por los siglos de los siglos, a unas siglas. Son ganado ovino y caprino militante, en el sentido agropecuario del término, con el ojo crítico del raciocinio anulado como consecuencia del desuso darwiniano de la neurona cerebral.
Es el signo gregario de este tiempo advenedizo y traicionero, significado por la vaguería mental -¡qué pereza!- de un rebaño que no se molesta en pensar ¡Qué tiempos aquellos en los que la persona se definía, según Sartre, tanto por el ejercicio soberano de la libertad como de la razón!
Claro que en la vida, como en el fútbol, también abundan los jueces de línea, primos carnales de Pilatos, que se limitan a contemplar el partido desde la banda, a ser posible sin pisar el césped. Y es a esos intelectuales acomodados que rehúyen de actitudes comprometidas ante lo que acontece a su alrededor, a quienes les viene al guante la sentencia condenatoria que dictó Thomas de Quincey: «Los que contemplan el crimen están implicados en él».
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