Sábado 06 de noviembre de 2010
José Luis Rodríguez Zapatero ha vuelto a salirse con la suya. La ridícula cortina de humo del orden alfabético de los apellidos y la visita del Papa han logrado eclipsar momentáneamente la discusión de los problemas reales del país. En el caso concreto de uno de ellos, además, cual es la votación de las enmiendas presentadas por la oposición a los Presupuestos Generales del Estado, el grupo socialista en el Congreso ha cercenado la posibilidad de que los distintos partidos se posicionaran al respecto. O lo que es lo mismo, ha hurtado al Parlamento su función primigenia: el debate público de las iniciativas legislativas. Intolerable y vergonzoso.
El asunto no es baladí. Antes al contrario: es gravísimo. No es casual que la “libertad de palabra” (isègoria), el derecho de todos a intervenir (parrhésia), que es el término que utiliza Herodoto para caracterizar el régimen político ateniense, precediera a –y estuviera en el origen de- la democracia. Eurípides, en Las Suplicantes, hace el elogio de la democracia ateniense con las palabras que abren la Asamblea: ¿quién quiere, quién puede dar un consejo sabio a su patria?; ¿puede alguien imaginar una igualdad más bella?-concluye el poeta.
Por más que el veto sea una facultad conferida por el reglamento de la Cámara, ningún partido político debería hacer uso de ella. Priva de su esencia al máximo órgano de la soberanía popular, que es el Parlamento. Lo suyo es que las disposiciones por las que nos hemos de regir se debatan previamente con luz y taquígrafos, en lugar de aprobarse de tapadillo. Y tampoco es válido el argumento de que el Gobierno quería salvar la cara al PNV. Recuérdese que la formación nacionalista siempre se ha opuesto a la congelación de las pensiones y, de haberse debatido las enmiendas, habría tenido que retratarse contra la coherencia más elemental. Allá el PNV con su credibilidad. Y allá el PSOE con la suya cada vez que enarbola la bandera de la defensa de las libertades públicas. Porque una de ellas es la de permitir al oponente político que esgrima sus razones. Y no amordazarle para tapar las vergüenzas parlamentarias del PNV.
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