Opinión

Chequeo mundial a la pobreza

Sábado 06 de noviembre de 2010
Hace algo más de un mes se celebró en Nueva York la Asamblea General Extraordinaria de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) con la misión de analizar el cumplimiento, por parte de los países miembros, de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) en la lucha contra la pobreza a nivel mundial.

Acudieron los más altos dirigentes de todos los países. También lo hicieron en el año 2005, en la primera cumbre de revisión, y por supuesto, en el mes de septiembre del año 2000, hace una década, cuando firmaron este pacto mundial en favor del desarrollo.

Aquel día, 189 jefes de estado y de gobierno asumieron el compromiso irrenunciable de alcanzar, antes del año 2015, unos objetivos mínimos, con metas e indicadores claramente definidos que permitieran erradicar la pobreza extrema y el hambre; lograr la educación primaria universal; promover la igualdad entre los géneros; reducir la mortalidad infantil; mejorar la salud materna; combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades; garantizar un medio ambiente sostenible y fomentar una alianza global para el desarrollo.

La cumbre del Milenio del año 2000 ofrecía el antídoto a muchos años de medicamentos orales contra la pobreza, que comenzaron a finales de los años 60 con la famosa prescripción facultativa de destinar el 0´7% del Producto Interior Bruto de los países desarrollados a la Ayuda al Desarrollo. No hizo efecto. Parecía que el cambio de siglo traería nuevas vacunas y algún remedio eficaz para esta dolencia universal, y que, llegado el caso, ante un achaque producido por la falta de acceso al agua y saneamiento en Sierra Leona, hubiera por lo menos algún fármaco adecuado para calmar esta patología localizada. No fuimos al médico en una temporada, pues parecía que la afección estaba siendo bien tratada con analgésicos, cuyo efecto se constató meramente paliativo y de duración muy determinada, por lo que muy pronto, la esperanza de un mundo sin pobreza quedó difuminada y hubo que ingresar al paciente de nuevo.

Mientras tanto, generaciones de estudiosos e investigadores, grandes especialistas y profesionales de la materia, crearon clínicas bien dotadas en las que elaboraron minuciosos informes, análisis y publicaciones que supieron medirle con exactitud la temperatura al enfermo. Hubiera bastado con preguntarle cómo se encontraba y qué le dolía. Todos ellos constataron que presentaba un cuadro clínico serio y que requería de supervisión médica especializada.

El mal se llama pobreza. Es grave, pero tiene remedio. Exige voluntad política, compromiso político, acción política, coraje político. Obliga actuar sobre el foco de la infección y el virus que la ha provocado. Acabar con esta pandemia es barato. Tiene un coste asequible, irrisorio en comparación con el proceso de formación, investigación y desarrollo militar del enfermo. Pero es urgente, hay que actuar de inmediato para no desestabilizar al resto del organismo y provocar un colapso generalizado en las funciones vitales del paciente. Además, contamos con aparatos y tecnología de última generación para poder aplicar rápidamente el tratamiento casi sin producir efectos secundarios.

Han pasado ya diez años. Los últimos análisis no dejan lugar a dudas del deterioro producido.

Por un lado, las radiografías demuestran que África no resiste más tiempo. Compraron y tomaron la medicación recetada, pero les sacaron demasiada sangre, les extirparon sin anestesia sus ingentes recursos naturales y potencial humano. Ahora mismo están muy debilitados, incapaces de absorber más medicación y necesitados de una importante auto transfusión.

Por otro, un miembro del equipo médico encargado del seguimiento del enfermo, Paúl Vagamente, actual presidente de Ruanda, no tiene ni la titulación ni la experiencia requerida y sobre todo, encubre bajo su historial la responsabilidad directa de varios millones de muertes que esperan silenciosas sea juzgado por un tribunal médico competente y esterilizado de presiones externas que concluya sus deliberaciones con su expulsión de tan honorable cargo.

A pesar de todo, el paciente aguanta, incluso presenta algunas mejorías puntuales, habiendo así casi superado el trastorno de la falta de acceso a la educación primaria universal, especialmente recurrente en el género femenino, y reducido el impacto del paludismo y el sarampión, lo que invita a pensar con optimismo en un pronto restablecimiento que le permita en menos de cinco años recibir el alta médica y el consiguiente certificado que acredite el correcto cumplimiento de los objetivos del milenio. Doctores, a operar.

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