Alejandra Ruiz-Hermosilla | Martes 09 de noviembre de 2010
Que la nueva ministra de Asuntos Exteriores iba a hacer seguidismo de las líneas maestras trazadas por su antecesor era una obviedad por dos motivos. El primero, su escasa experiencia diplomática; y el segundo, la brevedad asegurada del tiempo que va a pasar al frente de la cancillería española. Lo que apenas podíamos sospechar es que en solo tres semanas iba a acumular cuatro errores de bulto que incluso han hecho bueno a Miguel Ángel Moratinos.
Trinidad Jiménez se estrenó con una intervención en Luxemburgo ante sus homólogos europeos que no pasó desapercibida. Se trataba de una petición explícita a la Unión Europea para que pusiera fin a la llamada Posición Común en las relaciones con Cuba. No lo consiguió, pero sí logró que la UE diera un paso simbólico y empezara a negociar la posibilidad de un acuerdo comercial y político que la ministra justificaba en los “innegables progresos” de la dictadura castrista. Daríamos un punto positivo a Jiménez por su éxito si no fuera porque nos vienen a la memoria nombres como el de Guillermo Fariñas.
El recibir en Madrid a su homólogo marroquí y estrechar lazos con nuestro vecino del sur siguiendo una tradición adoptada por los dos países cuando se produce un cambio de titular en la cartera de Exteriores también habría sumado en el contador de la ministra si no fuera porque Taieb Fassi-Fihri se permitió criticar el trabajo de los periodistas españoles que tratan los asuntos saharauis y marroquíes en la rueda de prensa conjunta que ofreció junto a Jiménez. Nuestra ministra no borró su sonrisa, no intervino, no defendió a la Prensa de nuestro país. Nos humilló.
La tercera metedura de pata se produjo en el Senado tras una pregunta de Iñaki Anasagasti sobre Venezuela. Trinidad Jiménez aseguró que en el país que dirige Hugo Chávez “no hay presos políticos”. Los familiares de los reclusos encarcelados por discrepar de la política de Chávez y criticar sus maneras dictatoriales han escrito a la ministra para facilitarle la información que, al parecer, le falta.
Y estos días está la jefa de la diplomacia española en Bolivia para visitar a Evo Morales -el de los rodillazos en el fútbol-, llevarle un jabugo y afirmar desde el otro lado del charco que, en el incendiado conflicto del Sáhara occidental, España debe “mantener la prudencia” puesto que “sin tener confirmación oficial es difícil todavía hacer una evaluación final y global de la situación”. Trinidad Jiménez se ha negado a condenar el asalto marroquí al campamento de Gdeim Iziky, ha pedido “situar el conflicto en su justa dimensión” y esperar antes de una “posible condena” a conocer los hechos. El aluvión de críticas por parte de las ONG que trabajan en la zona, de los partidos de la oposición en España y de los líderes saharahuis no ha tardado en caer sobre la ministra y, en general, sobre el Gobierno de Zapatero.
Esperamos de la ministra favorita de Zapatero -con permiso de Leire Pajín- que se ponga manos a la obra, tire de asesores con experiencia y pericia, y arregle los varios desaguisados que ha perpetrado en sus 21 días al frente de nuestra diplomacia. La crisis saharaui es una ocasión de oro porque, a pesar de que siempre habrá quien nos recuerde los atentados terroristas del Frente Polisario contra España y los españoles, lo cierto es que al pueblo saharaui le debemos mucho más que a otros nuestro respeto, nuestro afecto y nuestro incansable esfuerzo en todos los frentes internacionales y bilaterales por lograr que disfrute de unas dignas condiciones de vida, que se respeten sus derechos todos y que sus reivindicaciones políticas sean escuchadas, tenidas en cuenta y tratadas justamente conforme a derecho, como mínimo.
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