Opinión

Españoles y judíos: una distancia y un encuentro

Víctor Pérez-Díaz | Jueves 11 de noviembre de 2010
Hace unas semanas me encontré en la situación de decir unas palabras de bienvenida a un grupo de judíos que venían de los Estados Unidos a España para seguir las huellas de Maimónides, que les conducirían a Israel. Al hacerlo, vi que con que mis palabras intentaba decirle algo a ellos pero también algo a nosotros, los españoles. Algo así como que es difícil darse la paz unos a otros sin pedir perdón por las violencias pasadas, y más difícil aún, sin entender el significado de esas violencias. Pensando en que algún lector español las pueda encontrar útiles, y quizá pertinentes para las actuales circunstancias, las transcribo a continuación.

Permítanme comenzar expresando mi gratitud por la oportunidad que se me brinda de dirigirme a esta distinguida audiencia, que inicia su camino siguiendo las huellas de Maimónides, un hombre sabio y un hombre práctico, capaz de curar el cuerpo y guiar el espíritu, y dispuesto a atender las necesidades de su propia comunidad mientras tenía presente la condición de la humanidad, la de todos nosotros.

Dejó Córdoba a los trece años, pero imaginamos que guardó en su corazón algunas memorias de su paisaje español, o andaluz, como el de un paisaje hospitalario, que había podido ser una casa para él y sus ancestros y el lugar de una experiencia bastante buena de convivencia con gentes de otras creencias. Luego, la mano de Dios le condujo a otras tierras. Es lógico, por tanto, que Vds. comiencen su viaje en España.

Ahora, permítanme resumir lo que trataré de contarles en unos pocos minutos. Trataré de decirles que, mientras siento profundo respeto y simpatía por su viaje veo asimismo, como español, su venida a este país como la oportunidad para una suerte de encuentro; y que me siento afectado personalmente, e intrigado, por la posibilidad de que este encuentro tenga lugar sobre la base de la conmemoración, precisamente, de un exilio.

Lo cierto es que Maimónides se fue, escapando de la variante de fundamentalistas islámicos de su tiempo conocidos como los almohades. Al irse, dejó atrás una comunidad judía que permaneció durante otros casi cuatro siglos a ambos lados de la línea divisoria de las tierras de los cristianos y de los musulmanes; y cuya experiencia fue lo bastante buena, o lo bastante satisfactoria como para que los judíos, cada vez más situados dentro de lo que se convirtió en el mundo cristiano de los reinos de Castilla y Aragón, se sintieran relativamente en su casa.

Fue entonces, al cabo de esos siglos, cuando les sobrevino el golpe cruel y despiadado de la expulsión. De una manera abrupta y brutal, les fueron dados justo cuatro meses para desplazarse a otras tierras. El golpe les vino de lo que hoy llamaríamos un establishment eclesiástico, político y social, con la complicidad, aquiescencia o abierto apoyo de la sociedad en su conjunto. Para más inri, la expulsión de los judíos que rehusaron su conversión al cristianismo fue seguida de la vigilancia, el acoso y la persecución de quienes sí se convirtieron, en los siglos siguientes.

La comunidad judía fue prácticamente borrada del mapa. Sin más. Y hemos tenido que esperar tres siglos y medio para ver una brizna de reconocimiento por parte de la nación española de lo que se les hizo a los judíos, seguida de una suerte de atención mínima e intermitente a esta cuestión hasta hoy.

Sí, es una dura verdad a la que tenemos que enfrentarnos: referida a lo que los españoles les hicieron a los judíos, y, también, a lo que, por ello, aquéllos se hicieron a sí mismos (y pronto explicaré lo que quiero decir con esto).

Es cierto que las cosas han cambiado bastante en España en los últimos treinta años a este respecto, y que se han hecho algunos esfuerzos significativos para poner de manifiesto un pesar por lo que sucedió entonces. Últimamente, con ocasión del cuarto centenario de la expulsión, en 1992, en un discurso solemne, el Rey Don Juan Carlos vino a explicar lo ocurrido como el resultado de una equivocada razón de estado, en unos tiempos de intolerancia, al tiempo que lanzaba una llamada a todos para mirar juntos hacia el futuro, llegando incluso a mencionar el hecho de que la expulsión de los judíos había creado un espacio vacío en la vida española, que convenía llenar.

Fueron palabras apropiadas, y dichas en el contexto apropiado, el de la sinagoga Beth Yaacov de Madrid, delante de gentes prominentes. Pero he de añadir que esta declaración, habiendo sido justa y necesaria, debería ser considerada sólo como un comienzo. Porque lo que debería venir después, lo verdaderamente preciso, es la expresión de una transformación más profunda, de un cambio del corazón de la sociedad en su conjunto, que incluye un arrepentimiento y una conversión íntima, junto con la conducta efectiva correspondiente (por supuesto). Lo cual sólo puede ocurrir como resultado de una comprensión más honda del problema en cuestión.

En este punto, permítanme que les diga algo de mi experiencia personal, que viene a cuento. No trato de distraer su atención con recuerdos personales; aludo a ellos sólo porque tienen relación con el argumento que les propongo. Una experiencia formativa crucial en mi vida ha sido ir a los Estados Unidos en los años setenta, para estudiar en la Universidad de Harvard y vivir allí, y otras partes de la costa Este, durante algunos años. Pues bien, lo que más me impresionó de esa experiencia es que me encontré inmerso en una comunidad de estudiantes y de profesores como compañeros en la búsqueda de la verdad, que operaba según ciertas reglas de juego. Era una comunidad efectiva pero no agobiante, de gentes poco propicias para hacer concesiones a la hora de llevar adelante esta vocación. Jugaban el juego de la vida académica de manera inteligente y leal, siendo sensibles a las necesidades de los demás al tiempo que celosos de asumir responsabilidad por sus propios actos. Eran firmes y precisos a la hora de testar mis límites, y generosos a la hora de permitirme espacio para desarrollar mis capacidades; confiados y cuidadosos.

Trato de no embellecer mis recuerdos y no entro ahora en si las cosas siguen así o han sufrido cambios. Simplemente trato de explicar mi propia experiencia, profunda si se considera que, aun teniendo en cuenta el paso del tiempo y la distancia, el vínculo de afecto y respeto entre nosotros ha sido, es y será para siempre, y una buena parte de mis mejores amigos de hoy proceden de aquella experiencia. Los nombres de esos amigos surgen espontáneamente en mis recuerdos como en un recitativo cuasi religioso. A menudo de acuerdo, a veces en desacuerdo, a veces en profundo desacuerdo. Algunos muy próximos, otros bastante cercanos, otros más fugaces pero difíciles de olvidar. Algunos vivos, otros desaparecidos.

Esta experiencia podría haber sido una experiencia “muy americana”, como la han podido tener otros muchos europeos, asiáticos, latinoamericanos o africanos que han vivido experiencias parecidas. Y lo fue, pero lo cierto es que, al tiempo, en mi caso, fue también, en una medida muy importante, una experiencia “judío-americana”. En efecto, muchos de aquellos compañeros, estudiantes o profesores, eran judíos americanos cuyas familias habían venido de Europa Oriental a los Estados Unidos, a Nueva York, o a Argentina y luego a los Estados Unidos, en los primeros años del siglo XX, o en la década de los diez o de los veinte.

Pues bien, viendo las cosas con una mirada retrospectiva, creo que lo que vi entonces tan de cerca tenía un significado más amplio que el reducido a una mera experiencia personal; y es por esto por lo que lo traigo ahora a colusión. Porque creo que me sentí atraído hacia (e incluido en) una red de gentes cuyo carácter moral e intelectual se había formado por experiencias históricas singulares, como consecuencia de las cuales se habían acostumbrado a tratarse unos a otros como agentes autónomos y razonables y, al tiempo, como gentes limitadas y vulnerables, a las que dar consejo y a las que cuidar. Gentes para quienes los valores básicos del trabajo, la responsabilidad individual, el sentido de la comunidad, el compromiso con la verdad y el impulso de vivir eran como una experiencia de familia, que estaba vinculada a una experiencia de supervivencia.

Eran como testigos de una larga cadena de familias extensas que se encontraran a sus espaldas. Estas familias extensas se habían ayudado unas a otras lo más que les había sido posible y, a veces, en circunstancias muy calamitosas, aprendiendo a calibrar cuidadosamente las luces y las sombras del poder y la riqueza, ambos útiles y ambos peligrosos, y ambos a manejar sabiamente. Con el tiempo, los vientos de la historia que nadie hubiera podido controlar les llevó de, digamos, Odesa a Nueva York y, más tarde, al pequeño rincón del país que yo tuve la fortuna de compartir con ellos durante algunos años.

De este modo, viéndoles a ellos y extendiendo mi mirada al conjunto del paisaje histórico del que eran parte, podía yo comprender mejor dónde residía la clave de una buena experiencia académica, pongamos por caso, o, ampliando más la temática, la del propio crecimiento económico, por ejemplo. Esa clave residía no tanto en la retórica habitual de la inversión, la innovación, la tecnología, los incentivos institucionales, el liderazgo o la voluntad política, etcétera (es decir, el recitativo modernista habitual); cuanto, sobre todo, en las reglas de juego básicas de las comunidades humanas decentes y sensatas, y en las virtudes que se derivan de ello: las de la ingeniosidad y el trabajo duro, la lealtad y el servicio a los demás, acompañadas de un entendimiento realista de las gentes y de las situaciones.

Mediante el rodeo de esta reflexión personal, trato de llegar a mi argumento, a saber, el de que la conversión del corazón de los españoles a la que me he referido al comienzo supone su comprensión de la lección implícita en el cuento moral de ese tipo de experiencia judía.

España se equivocó al expulsar a los judíos. Pero no porque adoptara (como lo hizo) una razón de estado errónea, que daba una importancia desproporcionada a la conformidad religiosa, y porque, como consecuencia de ello, perdiera un “capital humano” que podría haber sido “invertido” en la construcción de una economía española capitalista vibrante o un estado-nación español poderoso con grandes ambiciones hegemónicas.

El error fue mucho más profundo. Los españoles estuvieron, estuvimos, moralmente equivocados, al tiempo que perdíamos la contribución crucial que un pueblo en lo fundamental inteligente y moralmente virtuoso podía haber hecho a una sociedad más compleja, y mejor. Un pueblo formado por gentes preparadas para saber cómo manejar una economía de mercado, y capaces de estructurar un segmento importante de la sociedad civil, a una distancia cuidadosa del poder político.

Sobre todo, nosotros los españoles pecamos, sí, pecamos, contra la razón y contra la compasión en el trato que dimos a gentes razonables y vulnerables que eran, según nuestros propios principios y nuestros propios textos sagrados, imágenes de Dios.

De manera que lo que quiero decir cuando subtitulo este texto con la frase “una distancia y un encuentro”, es esto: quiero decir que los españoles deberíamos tratar de “encontrar” a los judíos, y, al tiempo, establecer un cierto “distanciamiento” respecto de... nosotros mismos.

Ésa es la clave de un encuentro fructífero entre unos y otros; al menos es la condición a cumplir desde nuestro lado de la relación. Porque no se trata de ofrecer simplemente una excusa y proponer una mirada al futuro. Tenemos que rememorar el pasado para morar en él, un tiempo, y ser capaces, así, de un cambio del corazón.

Ahora bien, una vez adoptada esta perspectiva, yo sería esperanzado, pero cuidadoso, respecto a la eventualidad de que los españoles de hoy estén dispuestos a ese cambio del corazón; de que estén preparados no sólo para decir las palabras adecuadas, sino para hacer efectiva una conducta consecuente con ellas. A este respecto creo que conviene ser realistas y decirnos las cosas como son. Porque la comunidad judía en España es más bien pequeña y discreta, y no ocupa mucho espacio en la imaginación de los españoles; pero en cambio, los estereotipos sobre los judíos están bastante difundidos, y a la vista de su contenido habitual, deberíamos sentir alguna inquietud.

Hace un año, la Liga Anti-Difamación llevó a cabo una encuesta sobre las actitudes de los europeos acerca de los judíos en siete países. Se les preguntó, por ejemplo, “¿Tienen los judíos demasiado poder en el mundo de los negocios?”. En Francia, 33% dijeron que eso era probablemente cierto; en España, fueron 56%. A otras cuestiones similares las respuestas de los españoles tendieron a ser del mismo carácter negativo, y a destacar por ello. En una encuesta de la organización Pew de 2008, 25% de los alemanes dijeron tener una opinión muy desfavorable o más bien desfavorable de los judíos; la proporción de los españoles con una visión desfavorable fue del 46%.

Debemos considerar estos datos con cierta precaución. Por un lado, habría que seguir de cerca la evolución de esos sentimientos declarados, porque sabemos, por experiencia, que, en esta materia, las declaraciones verbales y los estereotipos no son triviales.

Por otro lado, conviene situar esas declaraciones en el contexto de otras. Al hacerlo, lo primero que observamos es que España es también un país que tiene una visión particularmente desfavorable de los musulmanes. En la misma encuesta Pew de 2008, resulta que España tiene la visión más negativa sobre los musulmanes de todos los países europeos encuestados (por ejemplo, la tienen el 52% de los españoles y el 38% de los franceses).

Pero lo segundo que cabe observar es que España es, en esos mismos términos comparativos, el país en el que las declaraciones de hostilidad contra los cristianos (sí, los cristianos) están más difundidas. “¡No puede ser!”, me dirá el lector, “Vd. exagera”. Pues no, no exagero. Así son las cosas. Un 24% de los españoles considera negativamente a los cristianos; lo que supone (por cierto) un aumento interesante respecto al 10% que expresaba esos sentimientos negativos en 2005.

En este momento no pretendo elaborar más sobre la cuestión, ni darle más vueltas a la aparente paradoja de que una minoría significativa dentro de una población fundamentalmente cristiana tenga sentimientos, al parecer, hostiles hacia sus conciudadanos cristianos, como tales. Me conformo con sugerir, por ahora, que ello debe ser visto como un índice de un problema más amplio.

Dicho con brevedad, el problema en cuestión es que, probablemente, España es hoy un país desconcertado y moralmente bastante confuso, y esta confusión se pone de manifiesto a propósito de una serie de problemas, como, por ejemplo, los concernientes a su unidad territorial y su sistema de educación así como de investigación e innovación, su modelo de crecimiento económico, su política exterior, la calidad de su debate público y tantos otros, y, en último término, al sentido que para los españoles pueda tener su propia historia, lo que a su vez implica la idea que se puedan hacer de su propia identidad. De manera que la relativa frecuencia de la expresión de sentimientos “anti” unos u otros quizá refleja la inseguridad que resulta de esta confusión.

Quede claro, en todo caso, que no creo que esta confusión general deba ser tratada como una circunstancia atenuante de la importancia relativa que los estereotipos negativos antes mencionados puedan tener en la imaginación colectiva; más bien, por el contrario, creo que esa confusión debe ser entendida, y tratada, como una circunstancia agravante.

En todo caso, lo que sí está claro es que Maimónides ofrece a los españoles de hoy algunas pistas que nos pueden ayudar a comprender nuestra situación, y una guía para orientar nuestros pasos, digamos, perplejos. Lo hace al modo como suele hacerlo un hombre sabio que es temeroso de Dios y se sitúa en actitud de asombro y reverencia ante su misericordia y, algunas veces, ante la aparente aspereza de sus caminos; y que trata de proteger a las gentes menos sabias que le rodean con su conocimiento y su compasión. Es de esperar, cuestión sobre todo de esperanza, que los españoles aprendamos de él.

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