Opinión

La invasión marroquí del Sahara

Viernes 12 de noviembre de 2010
El Aaiún es hoy una ciudad fantasma. Las calles de la ciudad saharaui son patrulladas por el ejército marroquí, que está llevado a cabo una brutal represión. No se sabe a ciencia cierta el número exacto de muertos y heridos, aunque se teme sea elevado. Pero son sólo estimaciones. Y ello es así porque la férrea censura impuesta por Rabat impide que los medios de comunicación cuenten lo que allí sucede. La prensa internacional tiene vetada la entrada, y los pocos que se atreven a enviar correos electrónicos o colgar vídeos en la red corren peligro de muerte, ya que Marruecos intercepta todas las comunicaciones en la zona. Semejante panorama no es el argumento de ninguna película, sino la cruda realidad que está padeciendo el pueblo saharaui, cuyo único delito es el de incomodar con su presencia a Marruecos. Un Marruecos que, pese a lo que diga Ramón Jáuregui, posee de facto la administración pero no la soberanía de aquel territorio, por lo que su presencia militar allí es cuando menos cuestionable.

Por herencia como antigua potencia administradora, corresponde a España hacer algo al respecto. Mejor dicho, correspondería. José Luis Rodríguez Zapatero ya ha vuelto a demostrar estos días lo poco que le interesa la suerte del pueblo saharaui y la admiración que profesa a un régimen marroquí que no cesa de vulnerar los derechos humanos. Se tienen intereses comerciales con Marruecos, sí, pero también con otros países, y no por ello se renuncia a la defensa de las libertades fundamentales. Marruecos seguirá cometiendo desmanes hasta que alguien le reconvenga por ello. Y bien haría España en mover ficha al respecto.

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