Opinión

La claudicación de los intelectuales (y II)

José Antonio Ruiz | Viernes 12 de noviembre de 2010
Muchos intelectuales auto ungidos, narcisistas y egocéntricos hasta decir ¡soo! forman parte de una casta miserable de iluminados alejados de la realidad terráquea, deslumbrados por la pátina elitista de su petulancia presuntuosa, que se dedican a mirarse y recrearse en el espejo cóncavo de su cátedra en busca de la pose Martini más favorecedora, como la vanidosa madrastra de Blancanieves, asaltada por la envidia y celosa de la belleza ajena.

La «grotesca vanidad» de la que hablaba Unamuno es una anécdota costumbrista a pie de lápida comparada con la ilimitada vanidad intelectualoide que, indiferente y ajena a las preocupaciones cotidianas, sólo rinde culto secular a su detestable complejo de superioridad y a su propio “yoísmo”.

A saber qué diría Gramsci de los intelectuales de hoy en día, que menos la “conciencia crítica del sistema” pueden ser cualquier otra cosa, a la vista del retrato ridiculizante que hace de ellos Chomsky, para quien vienen siendo mayormente una pléyade de remilgados sabelotodo y babosos genuflexos, que en el mejor de los casos se dedican a servir al poder, como lo haría la facción macarra de los sofistas advenedizos que diera a Sócrates tanto juego para el sarcasmo.

Todo lo cual explica aunque no justifica, que ante la claudicación de los intelectuales se esté imponiendo la “Opinocracia”, es decir, el régimen “tontalitario” impuesto por los opinadores compulsivos indocumentados y por los saca barrigas sanchopancescos con ínfulas de notoriedad social. Es tan débil la carne mortal, que sucumben a la tentación hasta los ex mandamases bocazas con problemas de remordimiento de conciencia o afán incontenible de pegarse el moco los muy fantasmones para demostrar a sus chonis-fans que hubo un tiempo en el que fueron los reyes del mambo.

Hasta tal extremo estamos asistiendo a una dejación de funciones, que se da la rocambolesca circunstancia de que hoy la seudo-intelectualidad de la progresía parece patrimonio exclusivo de la nueva burguesía marxista militante que rinde culto místico a las barbas de Marx, el predicador que se tiraba a su doncella entre párrafo y párrafo del Manifiesto comunista para mantener erecta la conciencia de clase.
Bendecida queda esta para-ideología new age de la que tanto alardean los grandes prohombres orgánicos del circo del espectáculo, en su mayoría analfabetos iletrados, garantes de un esquema servil de valores de lo más surrealista que quepa imaginar, y que les puede llevar a solidarizarse, en un ejercicio de funambulismo retrógrado, con causas carcelarias como la del “mártir” Polanski, con la teocracia marroquinera o con los batman-boys de la caverna cubana de Castro.

Comprendo que los catedráticos de la cosa que ven invadido su territorio natural, como los pobres saharauis del Aaiún, se pasen los claustros jurando en arameo contra todo el árbol genealógico de unos charlatanes indocumentados que divagan acerca de lo divino y de lo humano sin tener ni puta idea, metiéndose en jardines ajenos con una impudicia digna de tipificación penal. Pero lo mismo que critico a unos, desapruebo a los otros (aunque yo no soy quién para censurar a nadie). ¡Que se jodan los muy cobardes! por haber renegado de su responsabilidad social para con el populacho inerme, al que se limitan a diseccionar con pinzas desde el cubículo de su laboratorio universitario bolonio.

En el caso de los intelectuales silentes, puede que sea un problema de comodidad, o que se han quedado mudos del susto, o que sencillamente no tengan nada novedoso que contar; mientras que en el caso de los periodistas con ínfulas de relamidos culturetas, me inclino a pensar que es una cuestión de simple desvergüenza, pues la mayoría ha perdido el rubor.

Llegado a este punto de no retorno, soy de los que piensan que puestos a repartir indulgencias, el tonto tiene disculpa, porque en su pecado lleva la penitencia; pero el que se las gasta de listo no tiene perdón posible y doy por hecho que irá de cabeza al infierno de Dante.
Es tal el nivel de perversión del sentido común al que se ha llegado previo al estado de coma profundo e irreversible, que prefiero un “jackass” (un tonto del culo dicho en inglés impoluto), a un docto erudito que se cree listo pero guarda para sí su universo “onanístico” de conocimientos. Tanta introspección sólo puede conducir a la masturbación mental o a la paranoia.

El páramo de Pedro Páramo resulta descorazonador. Ni Sartre, ni Camus ni Ortega figuran en el ranking contemporáneo de intelectuales más influentes de la revista Foreign Policy. Ni inteligencia, ni entendimiento, ni razón. ¡Todos somos Belén Esteban! Con el otoño madrileño, qué coño, al árbol de la ciencia de Pío Baroja se le están cayendo a trozos las hojas del moño.

Por eso, ante la dejación de unos intelectuales miserables que acostumbran a esconderse, como las ratas y los murciélagos, en las alcantarillas de Gotham, ahora más que nunca el mundo necesita personas capaces de provocarlo y de reinventarlo. Hacen falta Garcilasos, Petrarcas, Boscanes, Nebrijas, Castigliones, Rabelaises, Erasmos, Luteros, Platones, Bramantes, Donatellos, Botticellis, Dureros, Tizianos, Brunelleschis, Galileos, Newtones, Copérnicos y Colones que zarpan cada atardecer en busca de sueños... Y sobran, en el mal sentido de la palabra, Maquiavelos.

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