Javier Rupérez | Lunes 15 de noviembre de 2010
Los cinéfilos sesentones que somos nos bautizamos con Bardem y con Berlanga. Fueron ellos dos los que, de manera casi inesperada, en aquellos tan esperanzados como sombríos años que fueron los de nuestra juventud, nos mostraron que en España se podía hacer un cine que en lo narrativo y en lo técnico y en lo popular se tenía en pie. Sabíamos que ese cine ya se estaba haciendo en Italia – y en los Estados Unidos, pero eso era otra historia- y nos preguntábamos si alguna vez llegaríamos a tener émulos nacionales de nuestros ídolos foráneos. Fueron ellos dos los que brillantemente abrieron una época en la que Buñuel permanecía como inspirador patriarcal y Saura como alumno aventajado. Soy de los que nunca he abjurado de su invocación.
Como se sabe, comenzaron su carrera juntos, en la recién nacida Escuela Oficial de Cinematografía y firmaron conjuntamente “Esa pareja feliz”, una agridulce comedia neorrealista, y colaboraron en el guión de “Bienvenido Mr. Marshall”, la imperecedera visión de la España que vivía malamente en el gozne de la apertura al mundo que, como Berlanga nos muestra, y fue suya la dirección de la película, esperaban los españoles nos trajeran los americanos. Luego siguieron caminos diferentes, en prosecución de sus diversos universos: moralizante y a su manera épico el de Bardem, popular y espontáneo el de Berlanga. Ha sido este último, al que todos sin excepción y con justicia se suman ahora en el reconocimiento de su obra, el que supo crear de una manera más acabada un mundo propio y personal que, siendo reflejo de los tiempos que le tocó vivir, ha alcanzado la categoría de lo distintivo: lo “berlanguiano” es una definición de lo español tal como lo supo interpretar y corporeizar el genial director de cine. No cabe más acabado homenaje ni más sólido apoyo artístico: convertir el nombre propio en adjetivo descriptivo de una cierta manera de ver el mundo.
Y Berlanga, que no arrastraba consigo ninguna programa ideológico o político ni otro credo estético que no fuera el de mantener los ojos muy abiertos para reflejar el mundo circundante, aplicó sus agudas y compasivas capacidades de observación a una humanidad abigarrada y confusa, residenciada en un país donde el esperpento y la picaresca eran pulsiones vitales antes que escuelas literarias. En una horizonte en el que muchos tienen la tentación de confundir la creación artística con el panfleto, la soflama o el grito, Berlanga hacía, y hacía muy bien, aquello para lo que se sentía vocacionalmente llamado: cine. Tan bien lo hizo que sus historias quedarán como los mejores testimonios posibles de un tiempo y de un lugar. Berlanga, en su vida y en su obra, permanecerá siempre en nuestra memoria con la vitalidad de un espíritu imaginativo y juguetón, creativo y preciso, comprensivo y escéptico. Las características que contribuyen a conservar las grandes obras del espíritu en su original lozanía.
Fue Luis Berlanga muy bueno desde sus comienzos y el cuarteto de sus primeras películas –además de Mr. Marshall, “Novio a la Vista”, “Los Jueves Milagro” y “Calabuig”- contiene lo más fresco de su inventiva y el germen de muchas de las cosas que haría después. El solía quejarse risueñamente de las dificultades que algunas de esas películas tuvieron con la censura franquista y tenía cierta reticencia a volver a verlas por esa razón. Cabe preguntarse qué es lo que hubiera podido hacer si condicionamientos políticos externos no hubieran modificado sus proyectos iniciales. ¿O era quizá la misma censura la que le forzó a extremar el ingenio y la creatividad?
“Plácido” y “El Verdugo”, poderosas películas realizadas con excelente pulso narrativo, son obras “berlanguianas” obscurecidas por la pluma ácida de Azcona, que por un tiempo teñiría las bromas serias del director valenciano con un ribete de amargura. Es esa onda de introspección azconiana, en la que comienzan a aparecer las obsesiones eróticas del director, se incluye la pieza más excéntrica de su carrera, “Tamaño Natural”, una parábola sobre la soledad y el sexo que poco tiene que ver con su obra anterior y posterior.
Retornado a su ser característico, Berlanga dirige sus mejores dardos a la pintura de la sociedad surrealista que había llegado a ser la española en los años del tardo y post franquismo: la trilogía de la “Escopeta Nacional”, ¨Moros y Cristianos” y “Todos a la cárcel” constituyen un fresco desopilante e indispensable sobre las desmesuras de este menguante país que es el nuestro. A las que cabe añadir “La Vaquilla”, un proyecto largamente aplazado por la mostrenca negativa de la censura a permitir su rodaje, y que sitúa la Guerra Civil -ahora que algunos pretenden revivir la tragedia de su memoria- en el plano cuasi filosófico del absurdo. “Paris Tombuctú”, obra otoñal, contiene algunos pocos destellos del mejor Berlanga pero es el injusto testamento de una gran carrera.
Con Luis Garcia Berlanga desaparece uno de esos artistas que, sabiendo reflejar admirablemente la realidad de su entorno, se ha convertido en un cineasta de proyección universal. Su obra merecería una visita regular y repetida. Su hombría de bien, su modestia, su naturalidad, un recuerdo agradecido. Quien le haya recibido en el más allá, seguramente el Creador de todo lo visible e invisible, lo habrá hecho con una sonrisa de reconocimiento: pocos como él nos han hecho reír tanto, pensar tanto, profundizar tanto. A la manera antigua, la memoria del artista debería quedar inmortalizada con una simple placa que en algún sitio visible de Valencia, su luminosa ciudad natal, rezara simplemente “Al cineasta Luis García Berlanga, la Patria agradecida”. Que menos.
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