Alicia Huerta | Miércoles 17 de noviembre de 2010
¿Quién está del otro lado? Internet es el mundo de las puertas abiertas. Cualquiera puede entrar en cuestión de un mágico y veloz clic en los secretos autoconfesados de alguien, en sus sueños publicados, en los entresijos de su vida de cara a la galería y en sus logros personales o profesionales para hacerse una idea, más o menos exacta, de cómo es el personaje por el que estamos interesados. Quién no corre hoy en día a Google para teclear el nombre y los apellidos del último contacto personal o laboral que acaba de hacer. Muchas veces, aparte de lo que el nuevo conocido nos cuente, nada más llegar a un ordenador conectado pediremos al poderoso buscador que nos desvele lo que de esa persona hay en el otro universo, ese cada vez más real, sin dejar de parecernos etéreo, que es Internet.
Las redes sociales van mucho más allá, primero porque permiten a quien no puede darse a conocer a través de sus hazañas profesionales o con repercusión mediática, es decir, a la inmensa mayoría de habitantes del planeta, abrir una de esas puertas de su casa sin tener que agasajar con una merienda a las visitas. Y con las herramientas que ofrecen, se supone que uno debería sentirse seguro de su intimidad, manejando el círculo de posibles merodeadores de nuestra vida para que no sean distintos de aquellos a los que queremos invitar. No siempre es así, eso seguro, pero también es verdad que quien crea un perfil para comunicarse con sus amigos, del pudor del principio va pasando a tener mayor confianza. De ahí a colocar primorosas fotos de los hijos embadurnados de arena de playa en las últimas vacaciones, contar con pelos y señales las actividades del fin de semana y, por supuesto, volcar opiniones y críticas sobre las actividades propias o las de conocidos, hay un paso muy pequeño. A medida que transcurre el tiempo, el número de amigos crece, se encuentran lazos perdidos hace años y los comentarios “intramuros” nos hacen más cercanos, más sociales.
Y qué decir cuando uno, se dedique a la actividad que se dedique, tiene en su mano un producto para vender. La Red es la herramienta indispensable para que un disco, un libro, un cuadro, un artículo o cualquier otro “material” lleguen a más y más compradores interesados. Para saber cómo es la última novela de X o si la nueva película de Z merece la pena todos acudimos primero a Google y, después, a lo que opinan de ello nuestros amigos de Twitter o Facebook. Y para que la conexión sea más fuerte, qué famoso no tiene hoy una web o un perfil social para encontrarse con sus fans.
Estos días, la escritora Lucía Etxebarría ha puesto a caer de un altísimo burro, en esa ya imparable moda del insulto a granel, al director de contenidos de Facebook y, antes, ya lo había hecho con el de Twitter. La autora tenía una cuenta abierta en Facebook con más de 6700 amigos que, según sus propias palabras, había convertido en el diario de su vida durante los últimos seis meses y en cuestión de un clic, de ese famoso clic, la misma desapareció. Magia pura. Ahora está, ahora no está. ¿A quién reclamar?, se pregunta indignada en sus artículos, acusando a Facebook, el libro de las caras, de no dar la cara.
Eso sí, a la escritora le queda una posibilidad con la que muchos no cuentan: la de desahogarse públicamente en sus columnas y poder exponer para miles de ojos su tremendo mosqueo. Es famosa y sus acusaciones contra Facebook y Twitter, a quienes llama fascistas y acusa de espionaje, robo y censura, ya viajan viento en popa por la Red. Y lo cierto es que, se esté de acuerdo o no con la escritora, a raíz de sus escritos, más de uno sí se habrá hecho preguntas como: cuando un perfil desaparece, ¿significa que el mismo ha sido borrado totalmente?, o, por el contrario, ¿se guarda en un file durante meses o años y el “dueño” puede recuperarlo? Las redes sociales cumplen en la actualidad una interesantísima función, impensable hace muy poco, insustituible ahora, pero quizás también sea un buen momento para informarnos de más cosas sobre ellas.
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