José Antonio Sentís | Miércoles 17 de noviembre de 2010
El alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, ha sido criticado desde la derecha por sus modales exquisitos con el PSOE. Incluso por algunos gestos contemporizadores con la izquierda ideológica. Y en verdad ha sido un hombre educado en su respeto institucional, hasta con un Gobierno tenazmente sectario, a costa de ponerse en duda su limpieza de sangre en el entorno de su partido y de los votantes del PP.
Gallardón ha entendido que su puesto de regidor de la capital de España merecía esta actitud, y también que lo que en Madrid se hiciera podía formar parte de un escaparate mágico para vender a su ciudad y a su Nación. Y por eso decidió una senda de inversiones que comportaban deuda para el crecimiento, pero no más allá de la que los ciudadanos invierten en hipotecas para sus casas o pera sus empresas.
Nada de esto era escandaloso. Sólo lo es si los créditos son para gastos suntuarios, para bodas y banquetes, para cachondeo y fiestas populares. Pero no cuando son para infraestructuras de futuro, para mejorar una ciudad que es un emblema de país, un referente de España, un centro de acogida de inversores, de visitantes o de turistas.
Esas deudas, esas hipotecas, son la única forma en una sociedad de mercado de invertir en el futuro. Y se pueden asumir cuando quien las propone parte de la solvencia. Y Madrid, hoy por hoy, es una marca solvente. Como ciudad-capital y como Comunidad Autónoma. Tan solvente que es distribuidora neta de solidaridad por el conjunto de España, pese a que sufre la mirada de reojo del Gobierno de la Nación.
Y ahí vamos. Esa mirada de reojo se ha transformado ya en vudú. Madrid, la capital del Reino, se ha convertido en provincia traidora, aquel término acuñado por el franquismo contra los territorios esquivos a su hegemonía, y que ahora aplica el Gobierno de forma inmisericorde para quienes no se someten al voto socialista.
Esperanza Aguirre, la presidenta de la Comunidad de Madrid, lleva años sufriéndolo, aunque la autonomía de las Comunidades le ha permitido en ocasiones sortear el acoso. El turno ha pasado ahora a Ruiz Gallardón, y éste, como el resto de los regidores municipales, está más inerme si cabe.
Zapatero ha decidido que estamos al borde de las elecciones municipales. Que el PSOE está desesperado ante un previsible descalabro. Y que al enemigo ni agua, por mucho que el enemigo fuera educado, institucional y no sectario.
Zapatero le ha dado un portazo a la pretensión de Gallardón de refinanciar la deuda de Madrid. Que es elevada, pero porque ha invertido mucho en su ciudad, no porque haya regalado cuatrocientos euros por cabeza, u ocho mil millones de euros para poner carteles del plan E.
Esta maniobra del líder socialista no es determinante, sino simbólica. Porque Madrid resolverá sus problemas financieros con mayor o menor comodidad, porque su solvencia es algo así como tres veces mejor que la del propio Gobierno de España. Pero es incómodo, y es un gesto político de confrontación que no puede pasar inadvertido.
Está claro que en esta época en la que a Zapatero le hacen conjuros de invisibilidad desde su partido y su traicionado entorno ideológico, lo único que le faltaba es confrontarse con la derecha educada, la que cree en el equilibrio institucional al margen de las diferencias políticas.
Si Zapatero quería otro enemigo, ya lo ha encontrado. Y, además, Ruiz Gallardón no se representa sólo a sí mismo, porque en él se miran, lo digan o no, muchos municipios españoles preteridos por este sistema, que no se han quejado hasta ahora mientras han podido financiarse por el ladrillo, pero que ahora reclaman su parte de la tarta nacional, como el Estado les reclama a ellos sus servicios.
Zapatero ha podido pensar que la moqueta de La Moncloa era terreno favorable para la humillación del adversario. Tal vez el humillado tarde poco tiempo en llevarle flores a su tumba política.
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