Mayte Ortega Gallego | Jueves 18 de noviembre de 2010
Dicen por ahí que sólo (pienso seguir poniendo tilde en el adverbio “sólo”, a pesar de los pesares), el teatro se salvará de la epidemia de la copia indiscriminada, del “Sampléame” de los Pinker Tones. La oferta de una actuación única, vivida e interpretada de forma diferente se escapa milagrosamente al corta y pega que ha cambiado nuestros modelos de consumo cultural. En estos últimos días he visto tres espectáculos muy dispares en Madrid, he vuelto al teatro.
“El gran atasco”, de Mr. Kubik Producciones en el Teatro de La Abadía. Es fácil pasar una hora riéndose, reconciliándose con el teatro que tiene una historia, que tiene una música y que combina imagen “real” con la proyección de imágenes en el escenario. Sabe además el público habitual a La Abadía, que al término de la función es común coincidir con los actores en los bares aledaños. Si eres groupie-fan, puedes pedir un autógrafo o dedicarles una frase laudatoria. Me conformé con observar la transformación de Fernando Sánchez-Cabezudo, de repeinado Sr. Gallardo en la obra a pelirrojo sonriente en el bar.
Algo más de desconcierto se observaba en nuestras caras al salir de la 7ª Edición de Acción Mad en el Matadero. Ellos se denominan “artistas en acción” y conviene adoptar distancia y no cruzar prejuicios y gustos. Una de las performances transcurría en una nave oscura, en donde nos sentamos en el suelo durante 45 minutos y la actriz deambulada cerca de nosotros aullando como un alma en pena. Te das cuenta de que la gente, le guste más o menos lo que ve, es incapaz de estar en silencio en una sala, de estarse quieta durante diez minutos, de concentrarse en definitiva. La performance no es un espectáculo de masas, y no aspira a serlo, sigue siendo un acto para iniciados que cuesta explicar y comprender. El público rondaba las sesenta (entre amigos y curiosos) y el Matadero sigue siendo ese sitio algo deslavazado, a propósito, claro está.
Y por último, me quedé helada con el bailaor Israel Galván. Esta vez en el Museo Reina Sofía durante la primera de las actuaciones del ciclo de celebración del vigésimo aniversario del museo. El espectáculo, “Flamenco, música y baile en la reconstrucción de lo popular y lo moderno”, combinaba trece piezas separadas de cinco minutos de cante, baile y música. Decía que Israel Galván, en el martinete de 1952, a imagen y semejanza del bailarín Antonio, está aún repiqueteando en mi cabeza. Expresionista y con pies en paralelo con mínimas concesiones al paso abierto de ballet. Se le escapaban los suspiros bailando, se le pegaba el pañuelo a la boca y boqueando continuaba estirando las manos en un baile que semejaba una sucesión de diapositivas proyectada en el escenario.
Será que lo viejo, por el espectáculo en vivo, sigue funcionando.
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