Víctor Morales Lezcano | Viernes 19 de noviembre de 2010
No pinta bien el panorama de Estados Unidos en Oriente Próximo y Medio. Más que una afirmación gratuita -o desinformada- ésta parece ser una evidencia al alcance del observador atento al curso de los acontecimientos en esos escenarios.
En menos de diez días, se ha visto cómo se resiste Netanyahu a la petición de Obama en lo que concierne a la detención de la expansión inmobiliaria de los israelíes en la periferia este de Jerusalén. Esa resistencia alcanza, en parte, incluso, a los poblamientos del “West Bank”. La reunión del “Premier” israelí con Hillary R. Clinton estos últimos días, sólo ha dejado abiertos algunos resquicios a través de los cuales cabe visualizar la posibilidad de ulteriores encuentros con la autoridad palestina, aunque aparentemente condenados al pudrimiento de un contencioso que colea desde 1948-1949.
A pesar de que las apariencias hablan, finalmente, de la constitución de un gobierno de coalición en Iraq, entre el componedor por excelencia de intereses discrepantes, Nuri Kamal al-Maliki, y Ayad Alawi, lider de la formación sunní “Iraquiya”, es arriesgado apostar con ligereza a favor de este matrimonio de conveniencia. Por su parte, Jalal Talabani, aseguran los sectores bien informados, continuaría instalado en la supuesta “clave de bóveda” parlamentaria en Bagdad. El esfuerzo de las partes, empero, chirría; o al menos cruje. La disensión se encuentra a la vuelta de la próxima esquina, no obstante la advertencia lanzada desde Washington de que las tropas americanas terminarán de culminar su repatriación a lo largo de la segunda mitad de 2011. ¿Cómo se coaligarán los partidos políticos en Iraq, tan poderosamente impregnados de sectarismo etno-religioso, cuando los invasores de 2003 desalojen el año próximo la milenaria Mesopotamia?.
Por intentar no dar puntada sin hilo, la acción exterior estadounidense parece no haber cosido bien las costuras del “arreglo” interno en Iraq. Si continuamos realizando el viaje en dirección -ya- a un escenario que se nos antoja más euro-asiático que estrictamente musulmán, hay que hacer frente a la difusión realizada hace poco, a través de diferentes canales, de que Estados Unidos y, supuestamente, sus aliados -hasta que no se demuestre lo contrario-, permanecerán en Afganistán hasta 2014. El presidente Obama, recuérdese, había anunciado “urbi et orbi” que, a partir de julio del año próximo, se iniciaría la repatriación del contingente de 130.000 soldados, movilizados para derrotar a los afganos insurgentes y encarrilar, por la senda de la democracia, a los afganos “legales” que apoyan la presidencia de Karzai con incorregible miopía.
Los secretarios americanos, tanto de Defensa como de Estado, así lo han hecho saber en nombre del cuerpo civil de la administración demócrata, mientras que el almirante Mike Mullen y, sin lugar alguno a dudas, David Petraeus, salen victoriosos en un pulso que las fuerzas armadas vienen echándole escalonadamente a la Casa Blanca en Washington.
Se supone que este viraje, no tanto estratégico, sino en el cálculo temporal de duración de la contienda en Afganistán, favorecerá definitivamente la causa antiterrorista que ha movido a la América repúblicana de G. Bush, en 2002, a intentar controlar el confín “afgo-paq”. Veremos qué resultado proporcionará este viraje de última hora a todos los contendientes.
Lo que faltaba: el atentado del jueves 11 de noviembre en la ciudad de Karachi (capital de la región de Paquistán conocida con el nombre histórico de Sindh) ha causado cerca de 20 muertos y algo más de 100 heridos. Todos los indicios apuntan, como responsables de este acto de violencia, a los activistas de procedencia pastún, miembros de la resistencia afgana huidos a Sindh, y con asiento predominante en la caótica y millonaria urbe de Karachi (región y ciudad, a propósito, tristemente famosa por el enconamiento dogmático que se produjo entre musulmanes e hindúes, inmediatamente después de haberse efectuado en 1947 la partición del “Raj” británico en el subcontinente indio).
Lo peor de este somero recorrido de la “east of Suez policy” que viene desplegando Estados Unidos durante el decenio que termina en menos de 45 jornadas, radica en la derrota del partido demócrata en las recientes elecciones de “mid-term”. Y por si no le bastara al Presidente este revés en las urnas, se suman otros, de otra índole: como es, por ejemplo, la discrepancia de Alemania y China con respecto a las líneas maestras (¿?) expuestas por Obama en la congregación del G-20 que tuvo lugar en Seúl.
Y es que, cuando un imperio empieza a resquebrajarse, las líneas de fuga se multiplican y la ofensiva, o al menos, la deserción, de algunos aliados registra palpables manifestaciones de discrepancia, cuando no de desafecto.
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