Opinión

Una infamia mal informada

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 19 de noviembre de 2010
Cuando se acometa sine ira et studio un balance de la cultura española de la segunda mitad del siglo XX, Javier Tusell Gómez –Barcelona, agosto, 1945, Barcelona, febrero, 2005- figurará en sus páginas como uno de los historiadores más descollantes. Un sobresaliente publicista norteamericano lo ha calificado recientemente como el mejor contemporaneísta alumbrado por todo el novecientos en nuestro país. La amistad que le uniera con el autor de Oligarquía y caciquismo en Andalucía (1890-1923) y el marco en que el juicio se emitiese –un libro de homenaje muy por debajo, en conjunto y pese al loable esfuerzo de sus organizadores, de lo merecido por el incansable investigador de la política y la sociedad de la España de la posguerra- hacen comprensible tan rotunda opinión, en la que el tiempo –materia prima básica de la historia y sus cultivadores- queda algo marginado, al menos por el momento…

En cualquier caso, las dotes de las que Tusell estuviese provisto para el oficio intelectual fueron, en verdad, relevantes, rayando su usufructo al mismo envidiable nivel. Su obra, inmensa en cantidad y muy notable en calidad –la pícara pero ineludible forma, a las veces, le falló para aposentarse permanentemente en el Olimpo, pues, el estilo, elemento esencial para ello, le volvió la espalda en ocasiones-, constituye un monumento a la inteligencia y laboriosidad historiográficas. Las jóvenes generaciones tienen en él un ejemplo insuperable de emulación y estímulo.

Descendiente de Adán, su huella también se dejó sentir en parte de su labor de galeote de las letras. Su inmersión en la temática más candente de las actualidades del tardo-franquismo, la transición y la democracia y su escritura en periódicos nacionales y revistas de alta divulgación así como -¿por qué no confesarlo?- su talante esporádicamente algo rebarbativo le condujeron, por el frenesí de su pluma y la tensión de un trabajo siempre de elevado voltaje emocional –viajes incesables, peninsulares, continentales y transoceánicos, actividad política y editorial, vida comedida pero intensa de “sociedad”-, a ciertas eutrapelias, algunas boutades e innumerables –y gustosas- polémicas; afanes y caminos en los que acrecentó en número incesante los críticos y enemigos que la en todo instante y lugar roborante envidia española le granjearan per se y ad vitam los éxitos continuos de su talento y trabajo. A veces, quedó ya dicho, tales ataques y controversias no le ulceraban, y puede aventurarse que no le desagradaban, pues, aparentemente, no horadaban la coriácea piel de un delegado de curso en la Universidad madrileña de inicios de la “década prodigiosa” –de la que fuera un típico representante generacional- y asiduo participante en toda suerte de asambleas, mítines y reuniones iluminadas de la época. Pero, ya alejado de la mocedad y no obstante la experiencia adquirida en mil batallas dialécticas, alguna “debilidad” de su recia psicología dejaba entrever que comentarios adentrados en el terreno de la alevosía o la infamia no dejaban de desazonarlo. Aunque las causas de la enfermedad que le llevaran al sepulcro en el estadio plenificante de su saber y producción proviniesen de otros terrenos, sus gentes más próximas expresaron, en su día, la convicción de que algunas de dichas calumnias y agresiones inmisericordes socavaron su resistencia física y aceleraron su tránsito.

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