Opinión

La cruz, estrella orientadora

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 19 de noviembre de 2010
Con motivo de la visita del Santo Padre a Santiago de Compostela, en este último viaje de visita a España, el Papa, en la homilía de la Santa Misa celebrada el 6 de Noviembre en la Plaza del Obradoiro, se refirió a la cruz como estrella orientadora. Todos somos peregrinos en la noche del tiempo y el camino del hombre no es otra cosa que la representación visual del tiempo ( ya Ortega adelantaba que el hombre más que una naturaleza lo que posee es una historia ). Y en esta noche de viaje a través del tiempo nos salen en las encrucijadas de los caminos, en las que se bifurcan distintas posibilidades de recorridos de nuestro tiempo vital, cruces, cruceiros, símbolos del amor infinito de Dios al hombre, un amor que lleva a Dios a apostar por el hombre hasta el punto de dejarse clavar en la cruz y allí desangrarse, y hacer de esta máquina de muerte el más grande y radioso faro en la noche oscura del tiempo. Para Benedicto XVI cruz y luz son sinónimos en cuanto que la cruz ha sido siempre en Europa la guía luminosa, el faro, el fanal, el nuevo candil diogeneo, con el que encontrar los hombres el camino que mejor responde a la naturaleza humana, a los altos destinos del hombre sobre la tierra. Y el Santo Padre pidió emocionado – con la mesurada emoción que pone un alemán en las cosas importantes – que Dios no abandone jamás su luz encarnada en la cruz en las grandes encrucijadas de Europa.

Contra el camino que cada hombre debe recorrer suele la vida introducir en el zapato del peregrino piedrecillas que retrasan el viaje ( hábitos confortables, automatismos, prejuicios perezosos, autoengaños egoístas, rigideces mentales, dogmas extraviadores, necias soberbias, pecados, al fin ) y hacen dura la llegada a la meta propia. La cruz nos invita entonces a sentarnos, y bajo su luz sacar de los zapatos las piedras que se nos habían metido en el pedregoso camino de la vida, para en seguida volver a calzarnos, levantarnos y seguir el camino humano. Las cruces de Europa, desde los Urales a Islandia y desde el Cabo Norte hasta el Estrecho de Gibraltar, serían como las señales, los mojones, los miliarios luminosos o incluso las antorchas, de un anfractuoso y duro camino que nos conduce a las más altas exigencias morales de lo humano, al Reino de Dios. Es verdad que Europa ha sido siempre la Isla de la Tortuga de todos los piratas y bribones del Mundo ( colonización despiadada en el resto de los continentes, colosales guerras sólo justificadas por la rivalidad comercial e industrial - Iª Guerra Mundial -, comunismo, fascismo, nazismo, etc.), pero también ha sido el laboratorio de donde la Humanidad ha sacado la libertad política y los Derechos del Hombre. Y, por ello, la tierra en donde mejor ha prendido el cristianismo, humus de donde emerge toda la cultura europea, junto a la tradición política, filosófica y artística. Toda Europa, absolutamente toda Europa, hasta el kilómetro cuadrado más recóndito de Europa, es staurótrope. Así como el heliotropo está siempre con la cara vuelta hacia el sol, así también Europa ha andado en todo momento, consciente o inconscientemente, en pos de la cruz ( staurós ).

Todo amor representa una victoria sobre nuestro egoísmo inmovilizante, nuestra tendencia a encerrarnos dentro de nosotros mismos, como caracoles, nuestra resistencia a salir de nosotros, a caminar, a salir del diabólico Egipto, para seguir como peregrinos el camino luminoso que nos muestra la cruz, como una antorcha. Y es sólo el amor la razón de ese camino, tantas veces duro, pero que nos lleva al paraíso, o quizás el paraíso ya esté en el mismo camino. Por eso, según cuenta Mark Twain, Adán escribió en la tumba de Eva el siguiente epitafio: “En donde ella estaba seguía estando el paraíso”. El pecado inmoviliza, el amor nos hace viajeros, homines viatores. Mientras los israelitas fueron una sociedad nómada y peregrina, no había entre ellos ricos ni pobres; todos eran iguales, fundidos en la estrecha fraternidad de la caravana. Pero cuando se hicieron sedentarios y adquirieron terrenos, empezó en seguida la desigualdad y el pecado. Quizás por ello el fin del Camino de Santiago no esté en Santiago de Compostela sino en hacer el camino guiado por las cruces, “estrellas orientadoras” de las que hablaba el Sumo Pontífice.

Los futuros arqueólogos europeos considerarán las cruces como nuevas taulas eviternas cuyos brazos de amor señalan el camino que hay que recorrer para llegar al Cielo desde la tierra. Y desde el pecho del crucificado, escudo de azur y gules contra el pecado, saldrá la infinita claridad azul y roja que ilumina el pacto de Dios con los hombres.

Cuando los habitantes de Europa se han sentido desorientados y desnortados sobre su destino y la ruta de éste, a menudo han trepado como el pequeño Zaqueo a las ramas de la cruz, y desde allí han podido ver otras cruces, y de ese modo otear el camino a seguir en la noche del tiempo. Y cuando la cruz contiene colgado al divino crucificado no hay nada como mirar en tiempos de desolación su cabeza dulcemente ladeada sobre su pecho, y fijarse en su rostro, cómo tan mansamente, tan obedientemente ha aceptado el destino que le encomendó su Padre, la cruz. Es así que Dios es el hombre obediente. Sta Europae viator.

¿Qué veremos tras la última cruz, desde la última cruz? Efectivamente, “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni nadie llegó a imaginar lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman” ( San Pablo ). Sin embargo, hay algo que es obvio: si existe un camino que conduce de la tierra al Cielo, debe existir alguna relación, alguna afinidad entre el punto de partida y el punto de destino. En primer lugar, la relación que supone todo premio respecto de aquello que es premiado. ¿Y qué significa aquella promesa según la cual cada uno de los justos recibirá “una piedrecilla blanca que lleva escrito su nombre”? ( Apocalipsis de San Juan ). Esa necesaria correspondencia entre el nombre glorioso grabado en piedra y el nombre de pila que fue impuesto al neófito sugiere algo más, obliga a pensar en el mantenimiento de todas nuestras señas y rasgos de identidad personal. La Historia de la Salvación implica la salvación de la historia; este principio escatológico general puede y debe traducirse a escala individual, biográfica, íntima.

Entre la vida actual y la vida venidera tiene que existir una profunda afinidad. De lo contrario, si el futuro no guardara vinculación con nuestro presente, no sería nuestro futuro. La felicidad tiene que ser propia, lo más intensamente propia que puede ser, no extrínseca, no impersonal. ¿Cómo concebir la vida bienaventurada, tras haber terminado el itinerario de las cruces, sin memoria? Lo mismo que el plantel, cuando lo arrancan del vivero para ser trasplantado, lleva consigo adherida a sus raíces la tierra donde nació, así también nuestra alma llevará consigo su memoria y nuestras sandalias de peregrino el polvo del viaje.

La muerte del cuerpo cierra la historia del alma y la inmortalidad del alma reclama la resurrección del cuerpo. El tiempo no es sólo nuestro camino hacia la Tierra Prometida, sino nuestra condición misma de caminantes en un camino de cruces orientadoras. Por consiguiente, tiene que haber plena identidad entre el yo temporal y el yo eterno, entre el hombre del éxodo que sigue las cruces y el hombre de la patria del crucificado.

Mientras, aquí aún, antes de llegar a la última cruz que nos abra el Cielo, hay peligrosos políticos que quieren sustituir la economía de mercado por las directrices de las autoridades económicas. Las normas regulatorias creadas por la política veraneante en Corea del Sur acabarán matando de arteriosclerosis a la economía mundial. Ninguna organización internacional debe sustituir el riesgo del mercado, de la vida, por la amputación de la libertad. En fin, parece un contrasentido defender la economía de mercado ahogándola en reglamentaciones estatales. También en esto nos salimos del buen camino. ¡Qué nueva noche del tiempo!

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