José María Herrera | Sábado 20 de noviembre de 2010
Un tipo en Cataluña asegura que en Andalucía no se pagan impuestos. Esto lo ha dicho en un acto electoral. Se ve que quiere cautivar a sus votantes con el rollo del voto cautivo. Sus palabras demuestran que tiene una idea pésima de la inteligencia de sus electores. Yo también la tengo de la suya.
La reacción en Andalucía ha sido la habitual: ¡qué guasón el tipo! La fama la tienen los andaluces, pero los catalanes son para partirse. Quizá por eso copan los programas de humor. Se diría que por sus venas corre sangre andaluza, multicultural, de emigrante.
Los políticos catalanes, a pesar de su narcisismo, de su pedantería, tan ibérica, y de ese toque austriaco y kitsch que los caracteriza, parecen acomplejados con Andalucía. Desconozco de dónde viene este sentimiento, frecuentemente disfrazado de alta moral, pero sospecho que debe ser una cosa subterránea, psicoanalítica, una especie de envidia de pene que les lleva a suponer que todos sus males, todas sus frustraciones, tienen su origen en la existencia de esa región improductiva e insolidaria que antes les proporcionaba mano de obra barata y ahora devora sus excedentes, nuestros excedentes, mi tesoro.
¿Qué puede envidiar una gente que tiene palco en el Liceo y regala libros por San Jordi de una chusma subvencionada como la andaluza? Pues, como es lógico, sólo y exclusivamente lo que les pertenece, eso que a los andaluces les cuelga del voto cautivo y que ellos no tienen porque se lo sustraen todos los años con la connivencia del Estado castrador, ese monstruo de sangre fría que tantas veces han sostenido ellos desinteresadamente, senylmente.
Los catalanes están hartos de que los andaluces les toquen sus partes. También ellos tienen derecho a ser un todo, ellos y sus excedentes. Si a alguien se ha ido de la lengua, lleno de ira, qué le vamos a hacer. No todo va a ser protestar dándose besos florentinos en la calle o votar entre increíbles orgasmos.
Andalucía lleva más de treinta años, casi una dictadura franquista, bajo el dominio del partido socialista. En ese tiempo se han hecho cosas, pero la mayoría gracias a la solidaridad catalana y europea. Gente que vivía muy mal vive hoy bastante bien y atribuye ese cambio al gobierno andaluz. Es lógico que los socialistas no los desmientan y se atribuyan el mérito, pero su papel ha consistido básicamente en gestionar con destreza política, no económica, unos recursos muy superiores a que los que la comunidad por sí sola podría producir. El problema es que los andaluces se sienten cómodos con esto y prefieren mantenerse así, amamantados por un gobierno que a cambio sólo pide sumisión. Si alguien intenta pasarse un poco se convoca a los sindicatos mayoritarios y estos pactan lo que quiera el amo. El mote de “perroscaena” no se lo han ganado por casualidad.
Los políticos catalanes ven la cosa clara, pero en vez de denunciarla como es debido, patalean llenos de envidia. Ya les gustaría a ellos montar semejante tinglado. Acostumbrados a confundir nación con Estado y Estado con administración, no pueden evitar admirar la forma en que los socialistas andaluces han conseguido unificar todo esto y darse además a esa doble vida que consiste en decir una cosa en Madrid (por ejemplo, que el gobierno piensa dignificar la función pública) y la contraria en Sevilla (donde un decreto acaba de darle la puntilla). En fin, cuando un nacionalista (y un nacionalista, aunque sea catalán, sólo puede serlo no siendo nada más), se aturrulla y envilece afirmando que en Andalucía no paga ni Dios, lo que quiere decir es otra cosa. Los actos fallidos son frecuentes entre acomplejados.
Claro que en Andalucía no es oro catalán todo lo que reluce. También allí hay gente irritada. El sábado pasado, por ejemplo, cincuenta mil funcionarios se manifestaron en Sevilla. Protestaban por un reciente decreto apoyado por los sindicatos de clase (mayoritarios en las mesas de negociación, no en el sector) que convertirá en funcionarios de carrera a cerca de veinte mil contratados a dedo. Los manifestantes arrojaban enchufes a su paso a la vez que la consejera del ramo decía por la radio que, en efecto, había que luchar por la dignificación de la función pública y de ahí su decreto. Un despistado podría pensar que los probos funcionarios se manifestaban en apoyo del señor Griñan. Mientras, en Madrid, el expresidente Chaves, abundaba en lo de la dignificación y reinventaba los incrementos por productividad, unos incrementos que ya existen y que cobran mayormente los cargos, o sea, los mismos de quien depende determinar quién los merece.
Cataluña y Andalucía son dos sociedades muy diferentes, pero tiene en común muchas cosas, buenas y malas. La peor, sin duda, la demagogia de su calaña política. Demagogo es el político que sabiendo que en un estado de derecho la voluntad popular está limitada por la ley (solamente así puede impedirse que la totalidad de los ciudadanos se vean afectados por una decisión demencial de la mayoría), pretende que ésta se supedite a aquella; o el que prueba su patriotismo limpiándose los mocos en la bandera del otro; o el que defiende la función pública degradándola. La desgracia de los países donde la demagogia constituye una práctica normal es que cada día se va un poco más lejos. Luego ocurre esa cosa tonta de no comprender qué diablos ocurre para que los mercados, tan perversos, pierdan la confianza en un pueblo.
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