Domingo 21 de noviembre de 2010
El todavía Presidente de la Generalidad de Cataluña, ha anunciado que ésta será la última vez que se presenta a unas elecciones autonómicas. Una decisión muy respetable, de no ser por los factores externos que la condicionan. Entre los cuales pesan enormemente las encuestas que vaticinan un descalabro electoral del PSC, amen de las disensiones de un tripartito en el que cada uno de sus integrantes parece hacer la guerra por su cuenta.
Hay que decir que, de gobernar la lista más votada -en Cataluña, siempre CIU- , Montilla nunca habría sido presidente de la Generalidad. Pero las alianzas entre la izquierda y los partidos soberanistas -por lo demás, totalmente legítimas- hicieron que los socialistas se aupasen al gobierno autonómico de la mano de comunistas y secesionistas, con el peaje que ello supone. Así las cosas, el PSC ha gobernado durante todo este tiempo con una suerte de complejo que le ha hecho escorarse de un modo tan erróneo como estéril hacia postulados nacionalistas. Y el resultado ha sido nefasto. No ha logrado sustraer voto alguno de la cantera de CIU, recelosa de un PSC con unas señas de identidad cada vez más confusas. Y, al mismo tiempo, ha desmovilizado a una parte importante del electorado tradicional socialista, ese que nunca ha acabado de comulgar con las ruedas de molino nacionalistas, y que ahora se siente huérfano. Desde el punto de vista del funcionamiento del sistema democrático, la política nacionalista del trío Zapatero-Blanco-Montilla ha supuesto un desastre mayúsculo: ha restado fuerza al socialismo en Cataluña (uno de los factores de estabilidad de la actual democracia) y, en lugar de socializar a los nacionalistas ha convertido al PSC en soberanista. Total, una catástrofe sin paliativos.
La limitación de mandatos es bastante impopular entre los barones socialistas. Posiblemente, de ser otras las previsiones electorales, Montilla no anunciaría su retirada. Pero todo apunta a que diciembre verá cómo la fórmula del tripartito se agota definitivamente, tras haber deteriorado notablemente la convivencia entre catalanes y el resto de españoles y sin haber resuelto los problemas que acuciaban a su comunidad -más bien han creado otros nuevos-. Por eso la retirada de Montilla se antoja más bien como una huida ante el fracaso evidente que como el final de una etapa con los deberes hechos. Aunque no toda la responsabilidad es suya. A nadie escapa de muchas de las decisiones del tripartito contaban con el beneplácito de Moncloa, cuyo inquilino también parece estar deshojando la margarita de su continuidad. Como dijo Bernard Shaw, “los políticos y los pañales se han de cambiar a menudo... y por los mismos motivos”.