Marcos Marín Amezcua | Lunes 22 de noviembre de 2010
No es una fecha menor el 20 de noviembre de 2010, ya que cierra un año intenso para México, que de por sí no necesita de mucho para presentar su prolongada historia y este año 2010 le ha dado vivos e importantes motivos para comparecer a relatarse, a replantear, a mostrar y revalorar su historia patria y obtener de ella nuevos paradigmas y nuevas formas de atenderla. No es un esfuerzo baladí.
La Revolución Mexicana estallada el 20 de noviembre de 1910 nos ha convocado desde hace unos meses, acaso años, a debatir ampliamente su significado y su importante herencia. Lo normal en casos similares.
La característica que valdría destacar en este centésimo aniversario versa acerca de si los mexicanos, mirándola con calma y sosiego, sepultaremos de una vez por todas la tentación de machacar este acontecimiento. Sería una tarea muy sana sepultarla, definiendo cuándo cesó y nos permitió pasar a otra etapa; es momento de saber qué hecho consumó su realización y sobre todo, que lo condujo a verla como un episodio trascendente, pero superado. Superado al amparo de saber que ni la Historia se repite ni su reloj se detiene ni la Patria se ha quedado en ese momento.
No falta quien a veces no se cree que hubo una revolución. Cuando valoramos y ponemos atención viendo el liderazgo del país, que hay naciones hermanas que hoy debaten temas tales como si efectuar o no el reparto agrario o si efectuar determinadas conquistas laborales que México ha pactado hace ya casi un siglo; cuando se revalora la cultura indígena, se cuenta con un sistema de instrucción perfectamente establecido o cuando hemos secularizado al estado defendiendo esa secularización que no ha retrocedido en siglo y medio; cuando la educación está extendida en todos los niveles sociales y vemos el empuje cultural y político que enriqueció al patrimonio nacional, no hay más remedio que distinguir los problemas actuales de México de los logros revolucionarios significativos que alcanzó en la pasada centuria. La distinción es necesaria para no revolver las cosas.
La Revolución Mexicana merece ser considerada y no ninguneada, puesto que barrió los últimos estamentos coloniales y puso a México en el siglo XX. Un millón de muertos por su causa, la avalan.
Sin falsos pudores ni falsas modestias hay que decirlo: la Revolución Mexicana fue y generó cambio, uno tal al que la región latinoamericana y la misma España no fueron indiferentes. El mundo se volcó a México en las décadas siguientes y encontró motivos para considerar que allí se fraguaban cosas importantes. La serenidad de verla a un siglo de distancia y los tiempos aciagos que corren, son aliciente para aceptar, para admitir, para reconocer sin cortapisas que su herencia quedó vigente y que el país ha de mirar hoy hacia delante.
Hoy ningún político serio la invocaría a la Revolución Mexicana cual justificante de su proceder. Sería como si un francés arengara al pueblo en nombre de Robespierre. Francia nos puede dar una interesante fórmula que nos anime a mirar al futuro y a imaginar soluciones, sin necesidad de invocarla por convicción o por demagogia. México puede hoy apostar al futuro y valdría más que lo hiciera dejando atrás a la Revolución como suceso concluido, lección de oro de este año de nuestros centenarios.
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