Opinión

El Alcalde de Madrid

Antonio D. Olano | Miércoles 24 de noviembre de 2010
“El mejor Alcalde, el Rey”. Un respeto a los autores clásicos. Y un recuerdo a Carlos III y a José Bonaparte que demostraron que, en su tiempo, fueron los mejores Regidores de Madrid. Y no del reino de “los gatos”, como erróneamente se generaliza con los habitantes de la Villa y Corte. (Gatos forman una parte –Chamberileros que treparon por las murallas árabes, librando una de las primeras guerras de liberación y que fueron repelidos con litros de aceite hirviendo- y que quedaron en la Historia. Aunque literatos premiadísimos confundan al trasero con las témporas y tergiversen los sucedidos, comenzando con el título que lleva a los incautos lectores a la arrabaliana “ceremonia de las confusión.

Ocuparon las alcaldías españolas notables regidores que, desde sus municipios, trascendieron a todo el ámbito entonces aun llamado nacional Todos los coruñeses, y los que no lo somos, recordaremos siempre a Alfonso Molina que se inventó una nueva ciudad. Alegre, confiada y hermosa en la que nadie es forastero. Molina trabajaba mayormente de noche y velaba armas constructivas para su ciudad. Desde el anochecer a las del alba, nadie le molestaba con el teléfono. Y gracias a él volvimos a escuchar la cantata: Vivir en a Coruña, Que bonito es…

Uno de sus visitantes, con nocturnidad y admiración, era quien exhuma estos imborrables recuerdos. Se le atacaba porque había endeudado a la ciudad para no sé cuantos cientos de años. Su respuesta era callando y diciéndose a sí mismo: “Una ciudad que crece, naturalmente se endeuda-Las deudas se pagan y las luces de la ciudad cada vez dan más resplandor”. Y la luz se hizo.

Lo mismo ha sucedido con el Madrid nuestro de cada día. El Alcalde, Alberto Ruiz Gallardón de la noche a la mañana, nos trasladó del entrañable tipismo a la grandiosidad. Consiguió un Madrid mayestático que, además de respetar el tipismo que buscan en él los turistas, echa un firme pulso a las principales ciudades del mundo. Ya se puede decir “de Madrid al cielo” y un agujero, para tocarlo con la mano, desde los rascacielos que potenciaron las mejores arquitecturas del mundo.

Y, desde esos bellos, esbeltos arrogantes y bellos, la visión total de la ciudad y la transformación que Ruiz Gallardón consiguió en los accesos a la misma. ¡Si e ha inventado un ario del aprendiz de ídem, el Manzanares! Y una playa destinada al goce y descanso se los madrileños.

Sin abandonar el bellos edificios de la ya antigua Alcaldía, trasladó su sede al centro de la ciudad, asomado a la Cibeles y a los solemnes edificios y museos madrileños los mejores del mundo. Dio sentido una nueva vida al edificio construido por el gallego Antonio Palacios. Paris, Londres, Berlín y un largo etc. sacan orgullosamente pecho presumiendo y utilizando sus seres municipales. Madrid se les suma y mejora con el edificio que fue bautizado -¡el ingenio de los madrileños!- .como “Nuestra Señora de Comunicaciones”.

“¡Ay del vencido!” se exclamaba en tiempos que se escapan de la “desmemoria histérica”. Mas, al parecer, también en este país llamado Envidiópolis, debe decirse “¡Ay del vencedor!”

Que, en el caso que nos ocupa, es con creces un triunfador. Que ha de pechar con los miserables reproches, entre ellos el de dilapidador.

Se ha engrandado la figura colosal de quien, desde sus altas funciones, es líder natural en política y gobierno. Que, como hizo con Madrid está en condiciones de decir a España, convertida en cadáver por los arribistas, “levántate y anda”.

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