Jueves 25 de noviembre de 2010
En medio de un mar de rumores y filtraciones sobre movimientos de ETA, su entorno, Batasuna y el PSE, la mayor parte de las asociaciones de víctimas del terrorismo vasco exigieron ayer que el supuestamente cercano final de la banda no deje impunes a los terroristas. Así, los colectivos de víctimas pusieron la condena por parte de Batasuna y ETA de los crímenes cometidos en los últimos cincuenta años, como condición sine quae non para verificar que “no nos encontramos ante una de sus habituales jugadas puramente tácticas”.
Por más que se empeñe Jesús Eguiguren, aunque sea con su mejor voluntad, lo cierto es que dejar las armas y mostrar una auténtica voluntad de paz es mucho más fácil de lo que pretenden hacernos creer. Más aún cuando el contexto en el que han tenido lugar las terribles acciones de ETA desde hace muchos años es una legítima democracia, asentada en un Estado de Derecho en el que todas las ideas, por más nacionalistas que sean, pueden expresarse con total libertad, sin miedo a represalias. La única forma de mostrar esa voluntad de diálogo que tanto se predica en ciertos ámbitos del País Vasco es desligarse por completo de unas armas que pervierten y vacían de contenido cualquier intercambio de razones.
Después de todo lo que hemos logrado no es momento ahora de rendirse. De entregar la victoria a los terroristas y sus compinches dando la falsa sensación de que son ellos quienes han decidido cuándo y cómo acabar con su siniestro historial delictivo. El Estado de Derecho con sus legítimas armas ha conseguido debilitar a la banda, cercarla y dejarla moribunda. Es hora, pues, de encauzar y escenificar la victoria democrática, no de malbaratarla. Una vez que se entreguen las armas y se acaben de verdad las amenazas y coacciones será momento de ser magnánimos y de tomar las medidas más convenientes. Pero por el momento la victoria es de la ciudadanía que no de los terroristas.
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