José Antonio Ruiz | Viernes 26 de noviembre de 2010
El revolcón catalán ha vuelto a corroborar por la vía de la conjugación del verbo copulativo que el hombre proviene de un mono que, entrado en periodo de celo y entregado con desenfreno jadeante a la berrea electoral, de pronto perdió el juicio y, en contra de la lógica darwiniana, en pleno éxtasis mitinero dejó de evolucionar.
En un fogonazo de fotomatón, Aristóteles retrató al ser humano como un «animal político». Dos mil cuatrocientos años después, al adjetivo “político” se lo ha tragado el desagüe del olvido y sólo se ha mantenido a flote el sustantivo adjetivado de “animal”.
Gaetano Mosca debió tener su apellido a la altura de la oreja cuando llegó a la conclusión de que la monarquía y la democracia son regímenes aparentes, pues el único régimen político real, de facto, es el de la minoría maniobrera que se trajina a la mayoría sadomasoquista silente.
Traducida la teoría de las élites del italiano palermitano al castellano de Gonzalo de Berceo, a esa minoría privilegiada la bautizó con el rimbombante título de «clase política», susceptible de ampliar a la acepción peyorativa de establishment electo o enchufado digital que mama de la exhausta teta pública como si fuera la loba Luperca.
Aunque soy de los que piensan que no hace falta descender al terreno de la descalificación para censurar a nadie, he llegado al convencimiento de que un político, grosso modo, es toda persona, animal o cosa que antepone los intereses a los principios, relegando al administrado resignado a la categoría de pringado que tiene lo que merece por renunciar al sagrado derecho al ejercicio de la razón.
Cualquier político que se precie conoce muy bien el precio de la supervivencia: tener más tragaderas que Moby Dick, la gran ballena blanca que recreó en su imaginario Herman Melville, para sostener una cosa y su contraria y alinearse sin rechistar con el mantra fundamentalista de su partido aunque el dogma de la secta sea contrario a sus convicciones. La coherencia, entendida en términos de congruencia de pensamiento, palabra, obra u omisión, está de más y hasta de sobra para cualquier salvapatrias del prostíbulo público.
A algunos aprietaculos de escaño les delatan tanto los embustes y saben tan poco engañar al respetable con cierta elegancia (pues de mentir con reiteración ya no conocen la verdad ni los recursos gestuales del disimulo victoriano), que no saldrían airosos de la prueba del polígrafo ni mucho menos de una dosis de Pentotal Sódico sin cagarse en los pantalones.
La desmovilización política fue el modus operandi de regímenes ibéricos como el de Salazar o el de su gran amigo Paco Franco, y de tantas otras repúblicas pretorianas latinoamericanas gobernadas por dictadores perdonavidas que no sólo no promueven la participación del pueblo en los asuntos públicos, sino que se afanan por desactivar cualquier amago de implicación, a sabiendas de que un ciudadano pensante, proclive por lo tanto al disenso, puede convertirse en una interferencia peligrosa e indeseable para la causa a poco que se atreva a construir su propio criterio y a discrepar del macho alfa.
Lo más descorazonador es constatar que muchos zanguangos que pueblan las universidades han perdido el Oremus. Da que pensar que los estudiantes de la Pompeu Fabra hayan jaleado a Carmen de Mairena, no ya como si se tratara de un premio Nobel sino como si fuese la mismísima Sakira, tras escuchar de su boca neumática un surrealista programa electoral a la altura de los más brillantes estadistas que haya parido este país. Claro que tampoco Montilla ni Mas han descubierto precisamente la estructura del átomo en sus alocuciones públicas.
¡Qué nivel, Maribel! ¡Pena de candidatos y pena de universitarios, tan cerrados de fontanela! Si existiera justicia social, muchos merecerían estar picando piedra en una cantera del Llobregat por desaprovechar la oportunidad que la vida les ha negado a quienes no han tenido la suerte de alfabetizarse o guardan cola a las puertas de alguna oficina del INEM.
Cada día que pasa, esta democracia orgánica nuestra del nirvana se asemeja más (es un imaginar metafórico, pues no he tenido la ocasión ni el gusto) a una orgía de frikis. Hemos pasado del ¡Vota y calla! al ¡Folla y calla! Parece como si los candidatos hubieran estado aguardando a que el Papa abandonara Barcelona de vuelta al Vaticano para entregarse a la bacanal.
Anuncios por palabras: Vendo ruc catalá cojo, moto sin manillar y peine de púas para calvos. (…) Aunque parezca mentira, hay cabestros y son rebaño que lejos de sentirse ofendidos por el menosprecio que supone semejante simpleza a su intelecto, van y corren raudos a comprar la mercancía averiada. Y aun existen también muchos otros que se creen listos, en un alarde infundado de autoestima, pero reaccionan ante la estafa política por el camino equivocado de la apatía, la indiferencia, la desafección y el hastío.
- ¡Aleluya, aleluya, aleluya! –exclama, exultante, un personaje de Forges mientras lee un periódico adosado a la barra de un bar (rotulado en catalán) regentado por un emigrante andaluz.
- Perdone, ¿le ha tocado la primitiva? –le pregunta un vecino mientras hunde un churro en la taza de chocolate.
- No, es que ayer ningún político (embridado por el estúpido voto de silencio impuesto por la jornada de reflexión), dijo una gilipollez.
- ¡Increíble! ¿Puedo hacerle la segunda voz?
Cataluña, pobre Cataluña, capital Liechtenstein. Premio sonrisa vertical.
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