Opinión

Firmeza migratoria en Suiza

Lunes 29 de noviembre de 2010
Todos aquellos extranjeros condenados en Suiza por delitos graves serán expulsados automáticamente del país. Así lo han decidido los suizos en un referéndum cuyo resultado tendrá un considerable eco en el resto del continente. Sea como fuere, estamos ante la opción de un país soberano, cuya ciudadanía ha expresado su voluntad de manera democrática, y como tal merece todo el respeto. No es demagogia ni populismo ni xenofobia, sino la forma que han elegido los suizos para lanzar un mensaje bien claro: quienes quieran vivir en Suiza serán bien recibidos en tanto en cuanto se adapten y cumplan con la legalidad vigente en el país helvético. Caso contrario, serán expulsados a sus lugares de origen.


Suiza es uno de los países con mayor calidad de vida del mundo. Ello es posible en gran medida gracias al esfuerzo de quienes allí viven. Y parece justo que quien contribuya a deteriorar esa convivencia pague por ello. No hay, pues, que buscar interpretaciones torticeras o farisaicas; es más práctico que todo eso. Suiza no renuncia a sus valores; simplemente, manifiesta que sigue dispuesta a acoger a todo el mundo, pero no a aquellas personas que por sus actos en suelo helvético sean declaradas culpables de asesinato, violación o tráfico de drogas -no se trata, como se ve, de delitos menores-. Suiza ha mostrado, además, su madurez democrática a la hora de debatir sin complejos sobre una materia que en otros muchos países europeos es prácticamente tabú defender determinadas ideas. Y ya va siendo hora de afrontar la cuestión migratoria con el realismo que merece. La inmigración es una riqueza para el lugar receptor y una sociedad plural y multicultural es mucho más rica e interesante. Sin embargo, la integración de los emigrantes y su aceptación de los valores de la sociedad de acogida son requisitos imprescindibles para el éxito de la experiencia.

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