Enrique Barón | Lunes 29 de noviembre de 2010
El Tratado de Lisboa, caja de herramientas. Tomo prestada esta gráfica definición de Giscard d’Estaing de su prólogo a la versión francesa de mi Manual sobre el Tratado de Lisboa y la Carta de Derechos Fundamentales ( Le Traité de Lisbonne, www.euroeditions.org ). Veinte años después de batallar juntos como europarlamentarios tras la caída del muro por la Unión Europea y compartir esfuerzo y pasión por la Constitución hemos conseguido este utilitario resultado que cumple un año de vigencia. Conviene hacer balance del uso de sus herramientas.
Ante todo, el Tratado aporta la afirmación de los valores y objetivos comunes de la Unión y da carácter vinculante a la Carta de Derechos Fundamentales, lo cual supone un refuerzo político importante. Entre los mismos están la solidaridad, la economía social de mercado y el euro.
En lo que respecta a las instituciones, la primera decisión fue la elección de un Presidente estable del Consejo Europeo con un mandato de dos años y medio. El elegido por el club, Hermann van Rompuy, demócrata cristiano flamenco belga, ha demostrado una vez más que no conviene infravalorar a los recién llegados. Ha dotado de personalidad un nuevo cargo, que en su opinión “is not meant to be a Président, nor is he meant to be only a chairman”, es decir, ni un Presidente ejecutivo a la francesa ni tampoco un Presidente moderador a la alemana. Con habilidad, ha imprimido un ritmo regular de reuniones mensuales de los líderes europeos en las que la gobernanza económica ocupa un papel central con el poderoso Consejo Ecofin como grupo de trabajo. Barroso, que anunciaba una segunda Comisión más activa, no acaba de encontrar un papel protagonista ante el desafío económico que se plantea esencialmente entre los gobiernos y el Banco Central Europeo.
La gobernanza económica es, sin duda, el tema que está en el ojo del huracán a lo largo de este año. El Tratado ha aportado herramientas, al incluir el € en el mismo, dotar de personalidad y normas a la Eurozona ( que se ampliará a 17 Estados el 1 de enero con al entrada de Estonia) y reformar las obligaciones de coordinación y solidaridad de sus miembros, en una Unión Económica rezagada desde el Tratado de Maastricht en relación con la monetaria. Tras las dudas con que se abordó la crisis griega, la decisión del 9 de mayo de crear el Fondo de Estabilidad financiera por tres años y la posterior del Consejo Europeo de Octubre de hacerlo permanente son pasos necesarios que requieren perseverancia, ante la actitud de unos mercados que especulan con pautas que a menudo están entre la histeria y la estampida. Ante las mismas, la solución no está ni en la salvación por una suicida autoamputación a través de la expulsión de los incumplidores ni en plantear el rescate de uno tras otro a medida que vayan siendo atacados, sino en fortalecer una Unión cuyos fundamentos son sanos. Lo peor es hipotecar a los países encareciendo el servicio de la deuda para salvar del desastre a algunos banqueros irresponsables.
En mi opinión, el Fondo de estabilidad permanente se pueden consolidar con los instrumentos que aporta el Tratado sin necesidad de esperar a una modificación paralizadora. Aún valorando el respeto reverencial alemán a la jurisprudencia de su Tribunal Constitucional, la cuestión es más de voluntad política que de gobierno de los jueces. Incluso el Presidente del Bundesbank, el halcón Weber, en campaña para ser Presidente del Banco Central Europeo, considera que la vía es reforzar e incluso ampliar el fondo que no es más de garantía que de rescate.
Pero no nos podemos limitar a la defensa numantina del euro. A la larga, una Unión Monetaria solo puede durar si se refuerza la Unión Política y Económica y si da respuesta a los ciudadanos. La extensión de movimientos juveniles de rechazo a las políticas de recortes en la educación en Francia, Gran Bretaña e Italia de momento, además de las más conocidas protestas sindicales son alarmantes llamadas de atención de cara al futuro.
La Unión no puede limitarse a una actitud defensiva en relación con la moneda cuando plantea como condición para su supervivencia la estrategia 2020 para mantener un liderazgo económico y comercial en el que están objetivos como una tasa de actividad del 75 % de las personas entre 20 y 64 años , la formación universitaria del 40% de los jóvenes, la reducción del fracaso escolar al 10%, invertir el 3 % del PIB en I+D, aplicar el plan 20/20/20 contra el cambio climático o reducir la pobreza en 20 millones de europeos.
Conseguir estos objetivos no depende sólo del Tratado de Lisboa que nos da herramientas para que los 500 millones de europeos que hemos decidido compartir nuestro destino en el mundo del G 20 podamos hacerlo. Además de herramientas, necesitamos voluntad común y capacidad de liderazgo para saber utilizarlas.
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