Martes 30 de noviembre de 2010
La aplastante derrota sufrida por los integrantes del tripartito se ha cobrado ya su primera víctima: José Montilla que, con su renuncia a seguir encabezando el PSC y con la entrega de su acta de diputado asume la responsabilidad por la debacle del PSC. De todos modos, conviene recordar que el tripartito no era sólo Montilla; aparte de su equipo, está Esquerra -Iniciativa, aunque, baja, ha capeado mejor el temporal-, cuyo descalabro ha sido aún peor que el de los socialistas. Unos y otros deben asumir al igual que Montilla el claro mensaje que les ha lanzado el electorado catalán: deben irse y dejar paso a gente nueva. En todo caso, sería peor que una injusticia, un error, cargar las tintas en los errores de Montilla. El President ha sido sólo la ilustración y el exponente de una estrategia de largo alcance y gran trascendencia decidida por el señor Zapatero hace ya mucho tiempo: una alianza estratégica con los nacionalistas que ha inclinado al Partido Socialista hacia postulados soberanistas, muy alejados de la filosofía socialista. Una decisión, de la cual es responsable el Presidente del Gobierno, que no ha sido entendida por el electorado socialista, primero en Galicia y ahora en Cataluña.
Por el lado de los vencedores, CIU y PP deben ahora empezar a actuar con responsabilidad y mesura. Mas tiene que tener muy claro que gran parte de los votos que ha obtenido provienen de un electorado poco dado a aventuras secesionistas y que, sin embargo, han depositado su confianza en el líder convergente porque le ven capaz de sacar a Cataluña del pozo en el que el tripartito la ha metido. Así las cosas, hará bien el futuro President si opta por un pragmatismo anticrisis en lugar de coquetear con los postulados nacionalistas más radicales. Y en lo que al PP se refiere, el haberse convertido en la tercera fuerza política de Cataluña supone que deben implicarse en la vida política local en consonancia con la representatividad que sus electores les han otorgado. Sin complejos y sin renunciar a sus señas de identidad.
Todos ellos, en suma, han de tomar buena nota de la lección que les ha dado el pueblo catalán: el voto no es perenne, sino que puede variar en función de cómo lo hagan los elegidos. Algo, por lo demás, sumamente higiénico para la madurez de un sistema democrático. Y por otro lado, el alto índice de participación -en contraste con los bajísimos porcentajes reflejados en las últimas consultas secesionistas, o incluso en el referéndum del Estatut- revela hasta qué punto la sociedad catalana deseaba el cambio. Ahora corresponde a sus representantes cumplir con el contrato social emanado de las urnas.
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