Opinión

Lisboa en el paralelo 38

Álvaro Ballesteros | Martes 30 de noviembre de 2010
España ya no cuenta en las grandes decisiones, porque no sabe qué decir y porque nadie la toma en serio. Sin más, se adhiere a lo que los mayores proponen. Encarna todos los males europeos, condensados y destilados: falta de responsabilidad histórica, incapacidad de sacrificio, desentendimiento de los problemas... Ni el futuro de la guerra, ni el papel de España en Afganistán están en las manos de Zapatero, sino del grupo de potencias del que en 2004 él nos sacó

GEES, “Cumbre de Lisboa: OTAN, España, Afganistán”. Libertad Digital, 18.11.2010.

La pasada cumbre de la OTAN en Lisboa ha certificado cuatro realidades cruciales que hemos de asumir para intentar comprender el desarrollo futuro del mundo. La primera realidad es que los líderes políticos aliados viven en un universo paralelo, en un escenario en el que la realidad solo asoma de vez en cuando, y cuando lo hace es para amoldarse a las necesidades de nuestros políticos, quedando pues descartado que éstos adapten su acción de gobierno a la realidad y a las pautas que esta marca en Kabul, Washington, Madrid, Johannesburgo o Caracas. La vida va por un lado y nuestros líderes, por otro. “El evangelio según Zapatero” exportado a todo el mundo. Es precisamente esto lo que diferencia a los líderes aliados de hoy, de los grandes hombres y mujeres del siglo XX; y no hay vuelta atrás.

La segunda realidad: Europa (desarticulada por la interminable pugna tradicional de los Estados-nación) está en su hora más baja. Muchos dicen que Lisboa ha supuesto reconocer que la UE ni siquiera existe como actor internacional en temas de seguridad. Según estos observadores, no hay pues que seguir buscándola más ni esperando a que haga acto de presencia. Lisboa ha mostrado a las claras que EE.UU. y Rusia son los dos grandes jugadores de póker en el tablero europeo. La nueva luna de miel de Washington y Moscú pone en jaque a una UE que ha perdido el rumbo, y cuyos Estados miembros quieren seguir yendo literalmente a lo suyo. Moscú ha sabido muy bien jugar con cada uno de ellos de tú a tú, impidiendo que la UE se consolidase como actor unificado, con la inestimable ayuda del incoherente dúo Sarkozy-Merkel, tan sediento de atención mediática internacional. Los europeos no han sabido en la última década avanzar ni un milímetro en sus desafíos estratégicos e históricos. Así, el contencioso de Chipre (en el que una UE miope sigue sin enterarse de qué va la película) ha impedido una vez más que OTAN y UE sincronicen sus agendas, lo que incide de manera suicida (para los europeos) en una duplicación del gasto y en un debilitamiento de las estructuras aliadas que solo daña a la propia UE, en beneficio último de Moscú (y ¿de Washington?). Turquía ha dado un paso más para convertirse en un actor “sine qua non” en la agenda euroatlantica, mientras Bruselas deambula de cita en cita, de tratado en tratado, de “éxito” en “éxito”, sin conseguir levantar cabeza. Lisboa ha sido una muestra clara de que el fracaso de la UE para lidiar con la actual crisis económica, es endémico en lo referente a la Política Europea de Seguridad y Defensa. El legado de Solana pervive pues tan solo en ese universo paralelo en el que habitan los desconectados líderes europeos.

La tercera realidad: Zapatero ha consumado finalmente la absoluta desintegración de España como actor internacional en la órbita euroatlantica. La cumbre lisboeta ha certificado el inicio de la era post-Europa y ciertamente el de la era post-España. Malas noticias para nosotros, ciudadanos de un país a la deriva, en un momento histórico clave en el que la mayor alianza político-militar de la historia mundial ha decidido convertirse en un actor global. Lisboa ha abierto una nueva etapa en la que la OTAN se ha hecho global en su alcance, al aprobar la expansión de sus actuaciones más allá del tradicional marco euroatlántico, aunque contradictoriamente Ceuta y Melilla siguen sin ser reconocidas como territorios bajo protección de la Alianza Atlántica, y nuestro Primer Ministro se sigue reconociendo públicamente como “no atlantista”. Que Zapatero desconfía de la OTAN (organización que ni conoce ni se ha preocupado de comprender) es vox populi. También lo es que nuestro Premier no ha hecho en estos años de (des)gobierno ni el más mínimo esfuerzo para mejorar su absoluta falta de saber hacer en cumbres internacionales, como la reciente en Lisboa. Nuestro penoso Lehendakari nacional sigue sin hablar inglés, y lo que es peor, sigue sin tener nada que decir a los principales líderes mundiales con los que comparte foto, tras haberse destacado por hacer el ridículo cumbre tras cumbre: solo y perdido, incapaz de entablar una conversación con ninguno de sus homólogos. Mientras los Presidentes Obama y Gul departían (en inglés) con los Primeros Ministros Cameron y Papandreou antes de hacerse la foto de familia de la cumbre, nuestro desnortado Premier se paseaba de un lado a otro buscando su sitio para la foto, sin poder dirigirse a nadie ni participar en ninguna conversación relevante. En su artículo “Otra de gambas en Moncloa” (El Confidencial, 28.11.2010), Jesús Cacho escribía que “el descrédito de Zapatero es total en las cancillerías europeas. El espectáculo ofrecido en la cumbre de la OTAN en Lisboa, cuando, cual pollo desnortado, buscaba afanosamente el emplazamiento que tenía asignado para la foto de familia, rebasa todo ridículo imaginable”.

Nuestra gran tragedia nacional la constituye el hecho de que lo descrito por Cacho no es algo anecdótico e irrelevante, sino el meollo de la cuestión. La cita de líderes aliados en Lisboa, en la que la OTAN decidió en esencia el rol que jugará en la primera mitad del siglo XXI, sirvió en clave española para que Zapatero se pasease con sus sonrientes ministras de Exteriores y Defensa (sin duda, dos de las obvias “viudas” a las que Joaquín Leguina hacía referencia en su magistral artículo “Una muerte digna” (27.11.2010) llamando a preparar el funeral tras la incuestionable muerte política de Zapatero). También sirvió para que nuestro Premier hiciese otra llamada pública, de esas que tanto le gustan, para que “la OTAN refuerce su cooperación con el Mediterráneo”. Una frase tan gloriosa como vacía de contenido: ¿a qué se refiere con lo de reforzar la cooperación? ¿A qué países se refiere cuando menciona el Mediterráneo? ¿A aquellos, como Marruecos, con los que la Alianza tiene ya una colaboración muy especial? ¿O se refiere tal vez nuestro ilustre gobernante a Libia, Siria o el Líbano? Sin duda, el entreguismo oficial de Zapatero al Marruecos feudal de Mohamed VI en todos los campos, y la preferente atención que su (des)gobierno lleva prestando al régimen surrealista de Muammar El Gadafi en Libia permiten que muchos mantengamos nuestras dudas intactas desde hace ya demasiado tiempo. Parecen no querer oír en Moncloa ni en Ferraz, que la política exterior de un país o se desarrolla en base a unas líneas coherentes y claras a largo plazo, o pierde uno el respeto de amigos y enemigos. Claro que esa es la diferencia entre tener a un estratega brillante al volante de la política exterior nacional (como es Ahmed Davutoglu en el caso de Turquía), o tener al mando a un dueto surrealista de aplaudidores de lo inaplaudible como son Moratinos y Jiménez, en el dramático caso de España.

La cuarta realidad certificada en Lisboa es que, aunque los europeos (y más aun, los españolitos) de a pie no alcancen a comprenderlo, estamos mas cerca de la guerra a día de hoy de lo nos imaginamos. En 1953, cuando el armisticio puso fin (temporalmente) a la confrontación bélica entre las dos Coreas en el paralelo 38, la lista de bajas aliadas mostraba una realidad que a muchos se les escapa aun.

Junto a las tropas estadounidenses (que claramente llevaron la batuta bajo el mando de MacArthur en la contienda contra las fuerzas combinadas de Corea del Norte, China y la Unión Soviética), los aliados europeos de la OTAN cumplieron con sus compromisos de manera heroica, combatiendo bajo bandera de la ONU hasta el límite de sus capacidades. Miles de europeos y aliados de todas partes del planeta lucharon de 1950 a 1953 junto a sur-coreanos y estadounidenses: 63.000 soldados británicos, cerca de 27.000 canadienses, 17.000 australianos, 7.500 filipinos, 5.500 turcos, 4.000 holandeses, 3.500 franceses, más de 2.000 griegos, neozelandeses, etíopes, tailandeses, colombianos, belgas, sudafricanos y luxemburgueses. La lista de bajas aliadas da una idea del sacrificio y el compromiso de los beligerantes para fijar las posiciones comunes a lo largo del paralelo 38: junto a los cerca de 140.000 soldados surcoreanos caídos en combate, se contaron cerca de 37.000 bajas estadounidenses, más de 1.100 británicas, 721 soldados turcos muertos en acción, 516 canadienses, 340 australianos, 300 franceses, 194 griegos, 163 colombianos, 129 tailandeses, 123 holandeses, 112 filipinos, 101 belgas, 33 neozelandeses, 28 sudafricanos y 2 luxemburgueses. Entre muertos, heridos y desaparecidos en combate, las bajas aliadas ascendieron a cerca de 800.000 soldados. Los caídos en el bando norcoreano (incluidos chinos y soviéticos) ascendían a más de millón y medio. Todo ello, sin contar las incalculables bajas civiles, en un esfuerzo global por hacer frente a los enemigos de la democracia y la libertad.

Hoy, casi seis décadas después, estamos muy cerca de vernos absorbidos por una nueva dinámica de guerra que resitúa a la propia OTAN de Lisboa en el mismísimo paralelo 38. Las condiciones son claramente distintas, pues hoy ni rusos ni chinos apoyan a un régimen norcoreano que se ha convertido ya en un problema para todos y del que hay que deshacerse antes de que Pyongyang inicie una escalada nuclear sin precedentes y con consecuencias letales para todos. El régimen comunista norcoreano sabe que carece de aliados directos, pero es consciente también de que nuestras sociedades son mucho más débiles de lo que lo eran en 1953 y que pocos gobiernos están preparados para ir a una confrontación de grandes dimensiones. España, el “vínculo más débil” de la cadena aliada, es el mejor ejemplo de ello. La situación, pues, empuja inexorablemente a un régimen norcoreano sin aliados ni perspectivas a tensar la situación hasta el fin, en la esperanza de que muchos agachen la cabeza al estilo Zapatero ante la muestra de fuerza de Pyongyang.

Como comentaba antes, la OTAN se ha hecho global en su alcance, al aprobar en Lisboa la expansión de sus actuaciones más allá del tradicional marco euroatlántico. Ello supone, igualmente, que la relación estratégica con los aliados preferenciales en otras partes del mundo se intensificará hasta llegar a un punto en un futuro cercano en que países como Australia, Nueva Zelanda, Corea del Sur, Japón, Filipinas, Colombia, Chile, Sudáfrica, Tailandia o la misma Rusia llegarán a convertirse en miembros de pleno derecho de una Alianza que deberá cambiar de siglas. El nuevo “globalismo” de la OTAN es algo mucho más complejo de lo que parece, y con consecuencias para las que nuestras sociedades no están en absoluto preparadas a día de hoy. Y es precisamente ese constante distanciamiento entre la Alianza y las sociedades de los Estados aliados (así como de dichas sociedades entre sí) lo que hace que la OTAN global de 2010 se mueva con pies de barro. Aun así, en el más que hipotético caso de que Corea del Norte vuelva a atacar a Corea del Sur, no lo duden, la OTAN se verá obligada a poner su maquinaria bélica en marcha, y de nuevo, aliados occidentales de medio mundo volverán a unirse a sus compañeros estadounidenses para combatir a las tropas norcoreanas más allá del paralelo 38. El objetivo esta vez no será quedarse allí, sino invadir el norte, desmantelar el régimen de los Kim y conseguir la unificación de las Coreas bajo la dirección de Seúl. Una operación de grandes riesgos, vista la experiencia del fracaso aliado en Afganistán, certificado por la doctrina de retirada aprobada en Lisboa, y que muestra una Alianza incapaz de hacer lo que los Aliados de hace 65 años hicieron en Alemania y Japón, tras la Segunda Guerra Mundial.

En 2010, y a pesar de que Moscú y Pekín han dado la espalda a Pyongyang, sería de necios engañarnos pensando que derrotar al régimen de los Kim es algo fácil de conseguir: la realidad de la actual carrera armamentística en Asia es una señal de que muchos se están preparando para una contienda de proporciones y consecuencias muy serias, precisamente en un momento en el que la crisis económica y la falta de verdaderos líderes en Occidente han puesto a nuestra civilización en jaque mate. No dejen de prestar atención a lo que sucede en el paralelo 38; Seúl ya ha anunciado que “no es el momento del diálogo”, y no es descabellado imaginar que pronto tendremos que enviar a nuestras tropas a la zona.

La era post-Europa ha comenzado a un ritmo trepidante. Nuestra única esperanza para volver a posicionarnos correctamente de cara a todo lo que se nos viene encima es que las palabras de Leguina resuenen como un terremoto en este PSOE desfigurado de 2010, y que Sonsoles acabe convenciendo a Zapatero de que se retire ya del mundanal ruido. Les aseguro que mucho más incluso que la propia amenaza militar de Corea del Norte, lo que más miedo me da es que nos veamos obligados a entrar en una época de turbulencias de estas características bajo la dirección del equipo de ineptos que habita a día de hoy en la Moncloa. Y es que 2012 está aun demasiado lejos…


“Si no cambiamos a los que nos dirigen, es más que probable que lleguemos allí a donde nos dirigimos”. (Proverbio chino).

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