Opinión

Los excesos de Wikileaks

Miércoles 01 de diciembre de 2010
Cuando Wikileaks anunció que tenía en su poder evidencias de excesos cometidos por el ejército norteamericano en Irak y Afganistán, se produjo una auténtica conmoción. La imagen de Estados Unidos sufría un tremendo varapalo, habida cuenta de lo revelado por la página web. Entonces, muchos fueron los que defendieron no sólo la legitimidad de la información, sino la necesidad de que se vigile al vigilante. Era, en suma, un aviso a navegantes; en el pasado podían encubrirse determinados excesos, pero no hoy, con las nuevas tecnologías de la información. Y bien está que los gobiernos extremen el celo en lo que se refiere a respeto de los derechos humanos, a sabiendas de que cualquier incorrección puede ser revelada a las primeras de cambio.

Pero nada de esto guarda relación con las últimas filtraciones de Wikileaks. Y es que en ellas no se denuncia abuso alguno, sino que se airea con total impunidad el día a día de la política exterior norteamericana. Hay datos sumamente comprometedores para algunas personas identificadas con nombres y apellidos -en su mayoría, personal diplomático estadounidense-, y revelación de conversaciones privadas más dignas de cotilleo que otra cosa. Algo, por lo demás, que hacen todos los gobiernos del mundo. Si hoy se interceptasen las comunicaciones que cualquier estado mantiene con sus enlaces exteriores, más de uno se llevaría las manos a la cabeza. Y, fuera del chismorreo, tiene razón Hillary Clinton cuando afirma que la seguridad de todos queda comprometida. Por eso, la administración norteamericana debería haber tenido más cuidado con una información tan delicada.

El problema está en que, de un tiempo a esta parte, cada vez más gente en Estados Unidos ha tenido acceso a información “sensible”, con el riesgo de permeabilidad que eso supone. Dicho lo cual, un fallo en la seguridad de las comunicaciones norteamericanas no justifica el afán exhibicionista de un portal como Wikileaks que se está haciendo de oro con el dinero que medios de comunicación de medio mundo le han pagado por hacerse con sus documentos. Si el señor Assange quiere hacer negocio, allá él, pero que no pretenda erigirse en paladín de oprimidos cuando lo que realmente le mueven son afanes de protagonismo y dinero.

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