Opinión

A la caza y captura de Wikileaks

Alicia Huerta | Miércoles 01 de diciembre de 2010
Mamáleaks está cada vez más preocupada por su rebelde hijo, Julian Assange, y desde el estado australiano de Queensland, donde ejerce como directora de un teatro de marionetas, ha dicho que no quiere que “lo cacen y lo encarcelen”. Y, de momento, esto parece ser lo único normal en el extraordinario caso de Wikileaks, porque el instinto maternal es predominante en la mayoría de las especies y, salvo siniestras excepciones como la de la progenitora que ahogó a su inocente chaval porque no encajaba en su nueva vida y lo facturó al cielo en una maleta, afortunadamente lo lógico es que una madre defienda a su hijo y justifique sus acciones, se dedique a lo que se dedique. Aunque sea a sacar los trapos más sucios y los secretos más secretos de quienes ostentan el poder político o económico en el mundo.

Pero seguro que la señora Assange no es la única que ve con temor cómo cada vez se estrecha más el cerco alrededor de ese extravagante retoño suyo, que, a punto de cumplir los 40, exhibe cara de no haber roto un plato en su vida. Julian Assange y su círculo más cercano saben que la orden emitida por Interpol y la anunciada querella que prepara la fiscalía general de Estados Unidos no son un juego de niños. Es lo que tiene pasarse a la hora de sacar los pies del tiesto, poniendo en jaque a la Administración más poderosa del planeta. Wikileaks, el ya archifamoso portal de las filtraciones, no sólo sigue con su campaña iniciada en 2006 para destapar “comportamientos no éticos por parte de gobiernos y empresas de todo el mundo”, en las últimas fechas el número de documentos sacados a la luz ha crecido desmesuradamente y empieza a afectar a la política mundial de formas de las que seguramente aún no somos conscientes.

Sin embargo, este adalid de la transparencia, especie de Quijote contra los molinos más poderosos de la tierra, vive hoy en la contradicción de tener que permanecer en un lugar secreto, hasta ahora el único que parece imposible que pueda ser filtrado ni siquiera por su omnipresente portal de internet. El ex pirata informático de ojos tristes lleva un tiempo escondido, negando su relación con las acusaciones de delito sexual que le han llegado desde Suecia, y dicen que cambia constantemente de país en una paranoia que, esta sí, encaja muy bien con el guión de espionaje que sustenta su “cruzada contra el mal”. El asunto ya ha ido tan lejos que la administración Obama ha desempolvado la olvidada Ley de Espionaje promulgada en 1917, cuando el país se enfrentaba al inicio de la Primera Guerra Mundial y se necesitaba de una ley que otorgara a las autoridades amplios poderes para perseguir a aquellos individuos sospechosos de estar obstaculizando operaciones militares. Y si el gobierno demócrata de EEUU está preocupado por tanta fuga de papeles comprometedores, mucho más lo está la patriota oposición republicana que directamente acusa al australiano de “activista antiamericano con sangre en las manos”, denunciando el peligro de haber desvelado con sus documentos la identidad de más de 100 fuentes afganas a los talibán. “¿Por qué no fue perseguido con la misma urgencia que cuando perseguimos a Al Qaeda?”, llega a preguntarse Sarah Palin.

Lo de menos es que todos nos hayamos echado unas risas leyendo lo que los diplomáticos norteamericanos piensan de los líderes de los países en los que ejercen sus embajadas. En realidad, no desvelan nada nuevo que los ciudadanos de cada país no sepan. Pero, aunque las agencias de inteligencia de todo el mundo ya no sean tan opacas como se jactaban de ser durante la guerra fría y ya sea “normal” conocer, incluso, los rostros de sus responsables, por desgracia, eso de la guerra, caliente, fría, de tapadillo, con secuestros o de emboscada, no ha dejado de existir nunca a lo largo de nuestra Historia. No, nadie quiere que el poder se ejerza sin ética, y tener sobre la cabeza la espada de Wikileaks puede que en alguna ocasión ayude para que ello no ocurra o para que si ocurre, alguien pague ante la justicia y la opinión pública, pero ¿dónde está el límite?

Assange ya ha anunciado que su próxima cruzada está en marcha y que la elegida esta vez es una gran entidad financiera. Y es de suponer que él tendrá que seguir la corrida desde más allá de la barrera, mudando de plaza en plaza disfrazado de simple banderillero. O puede ser que siguiendo ese impulso innato de quienes creen ser los elegidos para salvar al mundo, nos sorprenda a todos con una estelar aparición, igual que sorprendió a la periodista que dejó medio muda en el plató ante las cámaras de televisión, cuando la buena mujer tuvo la ocurrencia de preguntar al fundador de Wikileaks por los cargos pendientes de juicio que tenía en Suecia. Los ojos habitualmente apagados de Assange se encendieron de repente de un rojo de furia que no parecía terrenal y se negó a contestar, haciendo que más de uno se preguntara entonces si, además de justicia, lo que este hombre busca, por el motivo que sea, es venganza. Tal vez algo mucho más prosaico como poder y dinero.

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