Opinión

TETUAN, la paloma blanca

Isabel Sagüés | Viernes 03 de diciembre de 2010
Una parte importante de la trama de la exitosa novela “El tiempo entre costuras” transcurre en Tetuán, entonces capital del protectorado español en Marruecos. Y aunque han pasado ya 54 años desde que España abandonara Marruecos, sin embargo la ciudad guarda imborrables huellas de la centenaria presencia hispana y en muchos aspectos parece una ciudad andaluza.

Tetuán es una ciudad unida secularmente a España desde los tiempos de Enrique III de Castilla que la arrasó en 1399 y terminó con los corsarios que allí se habían hecho fuertes. Corsarios, dedicados a la piratería y de origen sefardita e hispano-bereber, que habían abandonando la península Ibérica como consecuencia del avance de la Reconquista. En el siglo XVI, la ciudad creció gracias a la nueva oleada de refugiados llegados de la Andalucía nazarí, a los que un siglo después se unieron los Moriscos. Nunca ha dejado de mantener estrechas relaciones con España, que se reforzaron a partir de 1860 con la llegada del general O´Donnell y, muy especialmente, cuando España hizo de la ciudad capital del Protectorado en 1.912.

Situada en las cercanías del Mediterráneo, a 40 kilómetros de Ceuta y a otros tantos de Tánger, Tetuán es la puerta de entrada a la imponente cordillera del RIF que atraviesa de Oeste a Este el país vecino y domina el norte de Marruecos, del Cabo Espartel a Argelia, con su espectacular y hermosa orografía. En una de las múltiples colinas se extiende Tetuán, cuyo nombre bereber significa los manantiales. Conocida también como la paloma blanca, la ciudad se desparrama a lo largo de la ladera del monte Dersa y desciende hasta el fértil valle del río Martil. Desde la lejanía, destaca sobre el fondo de las montañas del Rif con su blanco caserío, las torres, las terrazas y los bastiones de las murallas construidas en el siglo XVII por el sultán Mulay Ismail.

Murallas que son todavía visibles en la medina que ocupa una parte importante del centro de la ciudad. Una medina maravillosa, interesante, diferente al resto de las medinas marroquíes gracias a la influencia morisca, al legado andalusí, que le confiere un aire similar al de las ciudades del sur de España: casas encaladas, balcones enrejados, azulejos en las fachadas. La medina es un dédalo de callejuelas sinuosas, de animadas placitas, de mezquitas inaccesibles para los no musulmanes, un hermoso y sorprendente laberinto, una madeja de callejones con los oficios artesanales agrupados por barrios: carpinteros, hojalateros, curtidores. La rue de Fez la atraviesa en sentido longitudinal y en el suk-el-fuqi, plaza larga y estrecha, venden especias, esteras, y telas. La Kasbah, también morisca, sobrevuela la medina tetuaní, tan especial, tan concurrida, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y que mantuvo sus esencias medievales hasta la llegada de O´Donnell que modernizó y modificó algunos de sus barrios.

Si imponente es la medina, no menos lo es la ciudad nueva: maravillosa, espléndida e impactante que construyeron los españoles durante el Protectorado. El ensanche se diseñó en cuadrícula con una espléndida arquitectura a la que no le falta influencias art decó, tan de moda en aquella época. El de Tetuán es el mejor barrio colonial de todo Marruecos. Una fascinante herencia hispana que se extiende ordenada, blanca, impoluta en torno a la plaza de Mulay el-Madhi que atraviesa el peatonal y comercial bulevard Mohamed V que va hasta la plaza Hassan II, un amplio recinto con fuentes, jardines y quioscos a la entrada de la medina y verdadero centro urbano. Allí se encuentra el antiguo palacio del califa, hoy palacio real, que durante el Protectorado fue la residencia del representante del sultán. Construido en el siglo XVII, fue modificado y ampliado a costa de una parte de la medina en 1960 para agasajar a Hassan II en una prometida visita a la ciudad. Tetuán, tan rebelde e independiente como todo el Rif, esperaba impaciente la visita del monarca que nunca vio con buenos ojos a sus súbditos bereberes y a los que mantuvo en el ostracismo económico. Pese a las obras en el palacio, pese al interés de los rifeños, la visita nunca tuvo lugar.

Tetuán es el centro administrativo del Rif Occidental. Con sus cerca de 500.000 habitantes tiene una gran actividad comercial y una industria agroalimentaria en desarrollo ya que en la región cuenta con una rica producción agrícola. Otro foco de riqueza es el comercio con Ceuta. También de la ciudad española llegan los casi únicos turistas de la ciudad. Es una lástima que el turismo pase de largo, que Tetuán sea una mera vía hacia la espléndida Xauen, hacia el kif de ketama, o hacia Nador.
Tetuán merece una visita por sí misma. Sorprende por su belleza, su encanto, la animación de sus calles, su ajetreo, su bullicio, sus cafés, sus bazares de variopintas mercancías, tan kistch, tan lejos de los gustos occidentales. Tetuán es una ciudad para pasear, para disfrutar, para tomar un té con parsimonia, con calma, mientras se observa la marea humana que al atardecer sale a la calle, costumbre adquirida en los tiempos del Protectorado y que todavía practican los tetuanís.

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