José Antonio Ruiz | Viernes 03 de diciembre de 2010
Lo mismo es mucho decir que la cuadrilla política que nos desgobierna tenga la culpa del Apocalypse Now, del hundimiento del Titanic o de la muerte de Manolote. Pero está por ver que fuera Islero el morlaco que perpetrara la fechoría, y no este señor de ocurrencias hilarantes ad náuseam, dilapidador de “herencias”, que confunde Moncloa con una agencia de publicidad casposa y la presidencia del Gobierno con la muy loable profesión de propagandista de Estado para Forrest Gump.
Identificado me siento con lo que dice, suplicante, Joaquín Leguina: «No nos arrastre usted a la tumba, que nosotros queremos seguir viviendo». ¡País! ¡Qué país! O mucho me equivoco, o mucho me temo que Stieg Larsson encontró en el susodicho su inspiración cuando escribió La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina.
La tenacidad es una virtud que dice bien de las personas perseverantes. Pero la obcecación delirante es un defecto propio de los necios. Y cuando un administrador público incauto es consciente de sus limitaciones y de su ineptitud pero se niega a reconocer la evidencia (su irrebatible incompetencia), al final pasa lo que pasa: que pagan santos por pecadores de la pradera, y esta España surrealista de la resignación y los sobresaltos se va a la mierda.
«Las dictaduras tienen un problema de legitimidad de origen. Las democracias, no, “por la gracia” de las urnas», me dijo en cierta ocasión, con su admirable clarividencia, la profesora Elisa Chuliá, cuya humilde sabiduría en los fogones de la Ciencia Política sería sin duda de gran ayuda a estos mendas lerendas si no fueran lectores, como lo son, el uno (Zapatero) de un solo libro (la Descripción de la mentira de Gamoneda) y el otro (Rajoy) del diario Marca.
Los regímenes caudillistas carecen de adversarios, pues se cuentan por falanges los incautos suicidas que, sin aprecio alguno de su vida, se atreven a cuestionarlos. Basta dar un paseíllo por la “Cubalibre” de Fidel. Las democracias, en cambio, tienen que aprender a convivir con el inconveniente que supone la denominada “legitimidad de proceso”, es decir, con su muy saludable evaluación y supervisión permanente.
Pero en la práctica, se da la circunstancia de que vienen siendo mayoría los gobernantes que se creen depositarios de un cheque en blanco con vigencia cuatrienal para hacer y deshacer lo que les venga en gana sin el molesto inconveniente que supone tener una mosca cojonera que fiscalice on time sus caprichos y desmanes.
Sí, ya sé que ZPé ganó las elecciones y que no toca votar, salvo adelanto, hasta 2012 (aunque doy por hecho que para entonces el solar ibérico estará más esquilmado que la Amazonia). Pero siguiendo el hilo del silogismo que acabo de esbozar y refrendada por la vía de los hechos su «mediocridad apabullante» (Anson dixit), ¿Está legitimado Zapatero para seguir gobernando, instalado tan ricamente en su ensimismamiento? ¿Acaso lo está Rajoy para seguir cantando el Fumando espero de la Saritísima Montiel en la azotea de Génova?
Lo que tengo claro es que ni el uno ni el otro son merecedores de adhesiones inquebrantables (prefiero a Lady Gaga embutida en su vestido molón de solomillo). El uno por estar esperando que escampe, y el otro por estar a verlas venir, tras negarse a interpretar el papel de Simón de Cirene. Puestos a emularles como dema-gogos, bien se nota que ambos dos no tienen problemas para llegar a fin de mes y se la trae floja (por mucho que se pongan melodramáticos) los 24.318 súbditos que han estrenado carnet de parado. Como escribe Álvaro Ballesteros, la vida va por un lado y nuestros políticos por otro.
¿Qué efecto alucinógeno tendrá el poder para que quienes han probado sus mieles tengan más mono que un enganchado a los chupa chups y no suelten el caramelo a pique de que se les piquen los dientes y les salgan unas lombrices de largas y reventonas como las del río Mississippi? Algunos se lo tendrían que hacer mirar con una endoscopia del cerebelo.
Pido de antemano disculpas por la auto-publicidad gratuita, pero cuento en mi libro Futbol, pan y circo, lo que sucedió el día en el que el Fútbol Club Barcelona se proclamó campeón de Europa («Rey de Europa», según la monárquica portada del día después del diario La Vanguardia) el miércoles 17 de mayo de 2006, justamente un mes antes del Referendo sobre el Estatut, y cincuenta años después de que el eterno rival, el Real Madrid de Di Stéfano, ganara por primera vez la Copa del Europa ante el Stade de Reims.
Recuerdo la sonriente instantánea del presidente del Gobierno, culé confeso, levantando el trofeo henchido de gozo, mano a mano con el hoy diputado electo (y aforado) Juan Laporta y con el capitán barcelonista, Carles Pujol, los tres, a pie de césped, levitando sobre la nube efímera de la gloria. Pero la foto estaba arriba, en un palco abarrotado hasta las cejas de figurones divinos de la muerte, donde tuvo lugar una de las mayores concentraciones de políticos catalanistas por metro cuadrado de las que exista constancia desde los tiempos de la II República.
¡Faltaría más! allí estaban in puribus los líderes separatistas más insignes de ERC, que tras su expulsión del Gobierno de la Generalitat tan sólo una semana antes, en la primera edición del Tripartito, tuvieron a bien devolver el coche oficial, el despacho, el teléfono móvil y hasta la secretaria, pero no la entrada del partido. ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Más morro que Mike Jagger!
El sentido del pudor no es precisamente la virtud infusa que adorna el frontispicio de la clase política. Digo lo que dice Arturo Pérez Reverte, que «al pájaro se le conoce por la cagada: ¡Qué miedo me dais algunos, rediós!» . ¡Vaya tropa! -exclamaría, con jota de joder, el Conde de Romanones.
Cierto que son más los políticos honorables, honrados y honestos que los tragasables. Pero esta columna no versa sobre corruptelas, corrupciones, trapisonderías y saqueos, sino sobre la patente de bucanero que creen tener los “salvadores del pueblo” por el simple mérito de ganar unas elecciones, muy a pesar de la contrastada incompetencia que jalona a la inmensa minoría. ¡Agárrame, Bartolo, que me está entrando la risa floja, y me mareo como Ana Belén en La Corte del Faraón!
Claro que lo mismo que veo a Zetapé ganándose la vida como vendedor de motos en un concesionario retro de León, si fuera Rajoy, oficinista arriolesco de pachorra indolente, que ni siente ni padece, a no más tardar solicitaría el reingreso como asociado de tronío en el Colegio de Registradores de la Propiedad y Mercantiles de España para ejercer la profesión en el Bosque animado de la Galicia mágica de Wenceslao Fernández Flórez. Y si no le pone la sugerencia, que prepare las oposiciones a presidente de la Audiencia Provincial de Pontevedra o a Comisario del Xacobeo.
Cualquier escapatoria airosa con tal de que se quiten de en medio sin acritud; pues estando la cosa tan calamitosa, uno y otro debieran dejar paso a otros “mamuts” con el colmillo retorcido, dispuestos a tener lo que hay que tener (mucha cabeza y un par), para intentar sacar a España del atolladero, llámense Javier Solana (el de OTAN hoy no, pero mañana sí), o Rodrigo Rato, el banquero circunstancial que no va a cejar en su empeño hasta que vea colmada su insaciable ambición terrenal como cabeza de cartel de la bancada pepera.
Cualquier salida honrosa menos seguir permitiendo que el niño que Zapatero lleva dentro nos siga tratando a sus gobernados como Marco, mi hijo pequeño, le habla con su media lengua a Buzz Lightyear o a Pocoyó.
TEMAS RELACIONADOS: