filtraciones
Sábado 04 de diciembre de 2010
El más de cuarto de millón de documentos que salieron a la luz el fin de semana pasado al ser publicados por cinco medios de comunicación de distintas nacionalidades ha reabierto un debate que, para desgracia de las autoridades estadounidenses, se reproduce con preocupante regularidad: ¿pone Wikileaks vidas humanas en peligro al revelar documentos confidenciales?
Domingo 28 de noviembre por la tarde. En las redacciones de todo el mundo saltaba la bomba informativa. Las anunciadas filtraciones de Wikileaks, organización que había prometido que serían de una sensibilidad extrema, salen a la luz de la mano de The New York Times, Der Spiegel, Le Monde, The Guardian y El País. Desde ese momento, centenares de personas se avalanzan sobre los más de 250.000 cables diplomáticos para desentrañar la política exterior de Estados Unidos. La verdadera política exterior.
Los últimos ocho días han sido un goteo constante de filtraciones a cada cual más grave sobre casi todos los países de primer orden: críticas a los mandatarios más relevantes, análisis preocupantes de supuestos socios, imputación de delitos encubiertos, etc. A pesar de que Washington se apresuró en intentar minimizar el impacto del 'cablegate', tal y como se le ha bautizado, la hidra de Julian Assange, cara visible y cofundador de Wikileaks, ya pululaba por todo el globo haciendo saltar por los aires las buenas palabras y las fotografías de autoridades estadounidenses sonrientes.
La vertiente más radical de Washington y de los medios de comunicación norteamericanos no dudaron en calificar (aún hoy día lo hacen) a Assange de terrorista y apremiaron a Interpol a acelerar su detención por los supuestos casos de abusos sexuales por los que es reclamado en Suecia. Otros, los menos, dejaron entrever que no sería mala idea acabar de raíz con Wikileaks "por los medios necesarios". Cortar de una vez el grifo informativo que tanto daño ha hecho a Estados Unidos en los últimos años.
Un argumento recurrente que suele esgrimir la Casa Blanca, y con Barack Obama no ha sido distinto esta vez, ha sido el de que Wikileaks, con esta clase de actuaciones "imprudentes e irresponsables", pone en peligro vidas norteamericanas por todo el globo. La gravedad de esta acusación, que de ser cierta haría replantearse seriamente algunas de las filtraciones de Assange, ha iniciado un encendido debate entre aquellos que están a favor de sacar a la luz esta clase de documentos y los que consideran que hacerlo es una ilegalidad que puede poner en más de un aprieto a informadores, diplomáticos, soldados y otras personas.
The New York Times, ¿colaboracionista?
Demostrar que las filtraciones de Wikileaks, las de la semana pasada y las anteriores, han provocado directa o indirectamente la muerte de personas es extremadamente difícil. Si bien es cierto que hay cables que hacen referencia a países o regiones de una gran conflictividad (Paquistán, Afganistán, Corea del Norte, Venezuela, Iraq, Irán o Cuba), el grueso de la información atiende más a asuntos de índole diplomático y político.
Uno de los puntos que los enemigos de Wikileaks en Estados Unidos suelen pasar por alto es la participación, mediación y colaboración de un medio de comunicación norteamericano en las filtraciones. The New York Times, periódico de reconocido prestigio y credibilidad (condiciones indispensables para que la organización de Assange inicie el contacto), ha sido uno de los grandes defensores de sacar a la luz pública los cables diplomáticos de su propio gobierno. En caso de que se haya cometido un delito, el diario neoyorkino sería, como mínimo, cómplice del mismo al haber publicitado y aireado secretos oficiales.
Si al analizar los documentos filtrados que hacen referencia a temas de seguridad uno tiene en cuenta cuáles de ellos pueden poner en peligro las vidas de ciudadanos norteamericanos, que es a las que se refieren los grandes detractores de Wikileaks, podrá ver como una parte importante de ellos dejan al descubierto conductas o acciones punibles, o incluso denunciables, por parte de instituciones o personas bajo mando estadounidense.
Sí es verdad que hay cables en los que el informador puede estar en peligro en caso de que salga a la luz su nombre, especialmente en los casos en los que hay regímenes autoritarios de por medio, pero los cinco diarios que han decidido publicar esta información se comprometieron entre ellos a no revelar nombres de fuentes sensibles. De este modo, cabe preguntarse qué vidas humanas hay en peligro al cuestionar la salud mental de Cristina Fernández de Kirchner, criticar la actitud cortoplacista de José Luis Rodríguez Zapatero, constatar la vida despreocupada de Silvio Berlusconi o alarmar sobre el ego de Nicolas Sarkozy.
El trabajo de representantes y embajadores de un país es analizar, interpretar e informar sobre la realidad sociopolítica del país en el que están destinados. Así se ha hecho siempre y así se desprende de los papeles de Wikileaks. Pero poco puede argumentar Estados Unidos en contra del 'cablegate' salvo cuestionarse su propia seguridad en tanto un cuarto de millón de comunicaciones secretas han salido a la luz.
Tal y como decía un periodista esta misma semana, "si Wikileaks, con recursos humanos y técnicos limitados, ha logrado hacer todo esto, ¿de qué será capaz un gobierno con más celo como, por ejemplo, el chino?".
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