Rafael Núñez Florencio | Sábado 04 de diciembre de 2010
Desde hace algunas décadas, los historiadores han arrumbado el llamado paradigma de la excepcionalidad al juzgar la historia española, del mismo modo que rehúsan los términos de “carácter nacional” o “problema de España”, y no digamos ya conceptos como raza o espíritu. A la contemplación esencialista o metafísica le ha reemplazado una dimensión empírica, acorde con las exigencias de la historiografía actual. Así, frente a un país sedicentemente marcado por la excentricidad, el fanatismo y la postración, surge la imagen de una nación moderna, dinámica y vital. Nociones como “éxito” y “milagro” han relevado a las categorías antaño dominantes de atraso y dolor. De ahí la preponderancia actual del criterio de normalidad, aplicado no sólo al presente sino a la perspectiva de futuro: lejos de las cogitaciones tortuosas de nuestros antepasados, resulta que somos un país normal, distinto sólo en la medida en que cada colectividad tiene sus propias características, pero sin que el reconocimiento de estas peculiaridades conlleve desdoro alguno. Si me apuran, más bien al contrario, pues con este movimiento pendular que sucede tantas veces en el examen de los hechos, de “no tenemos que avergonzarnos ni pedir perdón”, pasamos con facilidad a “estamos orgullosos” y “somos los mejores”.
Que hayamos llegado a converger con los países más avanzados de nuestro entorno europeo -que en eso consiste al fin y al cabo la normalidad, modernidad u otros conceptos similares- no significa empero que siempre hayamos sido así en el pasado. Incluso dando por bueno que estemos en un período brillante, no debemos proyectar hacia el pasado nuestra satisfacción presente. Y ello sin contar con que la propia categoría de normalidad, a la que queremos asimilarnos, carece de sentido desde una perspectiva crítica: ¿qué es la normalidad?, ¿a quién se le puede aplicar con rigor?, ¿quién define la norma? Por si fuera poco, la crisis actual ha supuesto una considerable merma de aspiraciones y una patente rebaja en el entusiasmo de las elites. “¿Vuelve el pesimismo hispano?” me preguntaba un periodista culto y bien informado al hilo de un reciente libro mío sobre el peso del pesimismo en nuestra historia reciente. El problema, contesté, no es exactamente que renazca o no, sino que tales movimientos de opinión operan sobre un suelo poco cultivado. Por decirlo sin cortapisas, el debate en nuestros lares sigue haciéndose sobre bases poco o mal trabajadas, es una reflexión sin poso ni calado. En consecuencia, como un país adolescente, nos dejamos llevar por los extremismos: pasamos de la nada al todo o viceversa, del desánimo al entusiasmo y luego de la euforia a la depresión sin solución de continuidad. Siempre o casi siempre, con febles argumentos, al socaire como la veleta de las rachas de viento.
Ya sé que ante esa estimación siempre hay alguien que aduce que lo mismo pasa en todas partes. Y en buena medida hay que darle la razón, porque en estos asuntos nadie tiene la patente, para bien o para mal. Pero afirmar eso y no querer indagar nada más nos sume en un círculo vicioso y resulta poco operativo. Hay además una cuestión de grados, que implica a veces la transformación de lo cuantitativo en cualitativo: en todas las economías desarrolladas hay desempleo, pero España presenta el récord europeo. Nadie con un mínimo de sensatez se limitaría a argumentar que no hay que preocuparse, porque la destrucción de empleo se produce también en otros países. Podrían ponerse así cientos de ejemplos. La España de hoy tiene muchos problemas, algunos muy graves y de nada fácil solución. Una parte considerable de ellos los tiene en común con el resto del mundo desarrollado. Otros son específicos, sin que ello quiera decir exactamente que sea el único Estado en el mundo con tales lastres. En cualquier caso, la conjunción de unos y otros produce una mezcla explosiva. ¿Significa este reconocimiento que uno se instala en el pesimismo? ¿O es más bien, frente a la inacción y los discursos hueros, una actitud consciente y responsable, la única que puede facilitarnos salir del hoyo?
No soy yo quién para proponer recetas ni éste es el lugar adecuado para ello. Quisiera detenerme en algo más modesto, una cuestión de forma más que de fondo o contenido. Aludía antes al escaso nivel del debate público en gran parte de los foros. Desde mi punto de vista ello está relacionado no con la ausencia de conocimientos y preparación de los concurrentes, sino con una actitud más primaria que mina el diálogo y las posibilidades de entendimiento y, con ello, hace más difícil adoptar soluciones eficaces para la colectividad: me refiero al sectarismo y la intolerancia que se han instalado como sombras ominosas de nuestra convivencia. Nos hemos acostumbrado a que cualquier debate se convierta en un (des)concierto de improperios. Los prejuicios, cuando no las consignas, barren la argumentación sosegada y los razonamientos. En las tertulias, cualquier oyente o espectador avisado sabe lo que va a decir cada participante antes de abrir la boca. Lejos de ser elementos incontrovertibles, los datos se manipulan y se convierten en dardos arrojadizos. A tono con ello, el Parlamento, que debería ser ejemplar en su prístina acepción, se convierte en un circo en el que se jalea al propio, se abronca al oponente y cada cual se manifiesta según la adscripción ideológica, sin que hallen acomodo el matiz, la reflexión personal o la votación en conciencia.
En un reciente libro, un socialista desencantado, Joaquín Leguina, que dice ahora lo que debió decir cuando estaba en activo, reconoce la gran responsabilidad de los suyos -aquejados de “antifranquismo sobrevenido”- en este estado de cosas, haciendo hincapié en la manipulación de la memoria histórica. Pero, ya que he citado la famosa expresión, reconozcamos sin empacho que, aunque difusa y difícil de caracterizar, hay en las colectividades una especie de rescoldo colectivo que no puede obviarse. Sólo que ese patrimonio común es mucho más complejo y heterogéneo de lo que desearían los que se han arrogado la actual administración del mismo. Por ejemplo, puede afirmarse que hay entre nosotros una potente tradición cultural que prima la intransigencia, el maximalismo y la radicalidad tanto como desprecia el pacto y la moderación. El propio Leguina recuerda un artículo de Juaristi en el que señala que “el marbete de pastelero se endosó prácticamente a todos los gobernantes moderados de la España liberal”. No hace falta ir tan lejos: la propia transición es denostada por los que alardean de progresistas como “pacto de silencio”, “vergonzosa bajada de pantalones” y otras lindezas. Aquí, el acuerdo o la transacción siempre han sido sospechosos e interpretados, por tanto, en clave de componenda o pasteleo.
No, “no es España diferente”, como concluye un libro de reciente aparición, coordinado por Nigel Townson. Pero nuestra historia, como se reconoce en sus páginas, presenta singularidades que haríamos bien en no ignorar, porque siguen pesando sobre nosotros. Entre ellas, esa tradición de intolerancia, de falta de respeto “por la autonomía intelectual y moral de los individuos”, como dice en dicha obra un historiador tan fuera de sospecha como Álvarez Junco. Falta una auténtica disposición liberal, una planta que nunca parece haber arraigado bien en nuestro suelo. El mismo término (liberal) sigue siendo sospechoso en el lenguaje político. La izquierda lo utiliza con desprecio, casi como descalificación. La derecha se sirve a menudo de ese disfraz para actitudes y resoluciones muy poco liberales. No es un panorama halagüeño para los tiempos que corren, porque necesitamos escucharnos para encontrar un camino común. Hay que dialogar, claro, pero la base del diálogo es la receptividad. A estas alturas deberíamos haber aprendido la lección de que ignorar o excluir nunca dio resultado a la larga. Del mismo modo que Ortega y Gasset auspiciaba una política pedagógica, debería reclamarse ahora para nosotros, urgentemente, una pedagogía de la libertad.
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