Opinión

Un buen día

Regina Martínez Idarreta | Domingo 05 de diciembre de 2010
Hay días que empiezan tan bien, que crees que nada malo puede pasar en ellos. Si después de un mes y medio sin ver la luz del sol, te despiertas con el astro rey brillando como si no hubiera un mañana, ni te planteas que en cuanto se vaya su luz, la tristeza te pueda golpear con toda la fuerza de lo absurdo. Hay días en los que te todo debería ser grandioso y bonito y memorable. Más aún cuando Esperanza Gracia te jura desde su mística madrugada televisiva que este es tu mes, que todo está a tus pies y que te mereces todo lo bueno que te toque. El mundo limpio y colorido, como si le acabaran de sacar brillo, que te sonríe engalanado con el sol que tanto se ha hecho esperar, es un espejismo de esa realidad de película en la que quieres creer. Caminas despreocupado, disfrutando por adelantado de todas las cosas buenas que el día parece prometerte.

En días así resulta aún más duro, si cabe, asumir las derrotas. Son un golpe a traición, un tropezón inesperado con los peores resultados. No tienes fuerzas para lamerte las heridas porque las gastaste todas en ser feliz, en olerlo, saborearlo y disfrutarlo todo. Tienes los sentidos tan amplios, tan abiertos, tan dispuestos a aprovechar todo lo bueno que te deparaba el día que la marea negra que se planta en tres segundos, se cuela por cada poro sin que te dé tiempo a cerrar tus defensas. Todo tu ser estaba esperando ansioso a una bocanada de aire, de placer y se traga indefenso hasta la última gota de esa marea negruzca que ha aparecido sin avisar.

Sé que son días, que hay que quedarse con lo bueno, que lo malo en un 90% de las ocasiones sólo lo es en función de cómo lo mires y blah, blah, blah. Pero la verdad es que gasté toda mi positividad ayer y hoy sólo veo lo negro, lo triste, lo monótono, lo gris. Afortunadamente, los buenos días siempre acaban volviendo, aunque nunca sepas lo que van a durar.

TEMAS RELACIONADOS: