Opinión

Foxá y Benedicto XVI

José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 06 de diciembre de 2010
El escritor vetado por las autoridades municipales de la ciudad del articulista por cavernícola tridentino y fascistoide, Agustín de Foxá, fue en vida, aparte de limpio poeta y ático prosista, espíritu eutrapélico y proclive a la sátira anticlerical. En una de sus asiduas incursiones por tal terreno llegó a afirmar que la Iglesia de los inicios del franquismo se había convertido en una burocracia camino de ser una Gestapo... Quién le diría que, en el tardígrado reloj de la Historia, no habría de pasar muchos años para que su obra y figura fuesen descubiertas como paradigma del totalitarismo y que el masivo catolicismo español retrocediese a ojos vistas en su vigencia sociológica y, más aún, en su práctica cultual. Pues, verdaderamente, comunidades enteras como Cataluña o el País Vasco son hoy, a despecho de las copiosas y hondas raíces cristianas, tierras más que de misión, geografías ayunas del fermento espiritual que durante siglos modulase su existencia.

La última visita de Benedicto XVI –su predecesor el bondadoso y espiritual Benedicto XV (1914-1922) fue un gran conocedor y amante de España desde la estadía madrileña de su juventud- semeja haber confirmado parte de las consideraciones más templadas acerca de la acelerada descristianización de un pueblo cuya identidad se ahormó durante más de mil años entorno a la doctrina del Evangelio de Jesús En la región más avanzada del país, la vigencia sociológica de la religión tradicional, medida con los expresivos parámetros de la afluencia de fieles a los grandes actos de la liturgia celebrados en la visita papal a Barcelona, no guarda paralelo con la perceptible todavía no ha mucho tiempo atrás en acontecimientos de tal índole. Naturalmente, no cabe extraer de este y otros hechos de semejante tenor conclusiones demasiado rotundas cuando no –desde ciertos sectores- alhacarientas acerca de un cambio de ejes en la religiosidad de los españoles. Pero no es menos indudable que deben someterse a detenido estudio los datos referentes a la mencionada estancia pontificia cara a una radiografía en profundidad y sin celaje alguno de la vivencia y vigencia católicas en la España de la segunda década del siglo XXI. El guarismo que cifra, con holgura, en un 15% los fieles que asisten a la misa semanal no ha de tomarse, al igual que todas las indicaciones de igual naturaleza, como una señal canónica e irrefutable de la ineluctable postración del credo católico en la colectividad hispana, conforme es hábito rutinario alzaprimarlo en la prensa de tendencia anticlerical. En todos los grandes colectivos del presente, desde las organizaciones sindicales a los partidos políticos el número de “practicantes” es muy reducido, sin que ello se traduzca a la hora de las opciones de entidad en una mengua del peso o ascendiente de tales formaciones. Mas tampoco el dato acabado de apuntar merece una reflexión superficial, alzada sobre la sesteante estima de un depósito espiritual e institucional milenario.

Las “reservas” de todo tipo de la Iglesia en el cuerpo social español si no inagotables, son, desde luego, sumamente caudalosas y diversificadas. La erosión de sus principales centros de gravedad es, a la fecha, mínima; pero el escenario de su proyección sí ha mutado acelerada y significativamente. Los usos públicos válidos en un país confesional y de vieja cristiandad se muestran agrietados en un paisaje y una convivencia bien distintos. El vino es el mismo, pero los odres y adminículos de su distribución han de ser forzosa y anchamente diferentes a los antiguos. La sustancia se conserva casi intacta, y no será, pues, muy difícil encontrar creatividad e imaginación para nuevos marbetes.

Al margen de discusiones sobradas de apriorismo y pasión, acaso sea ésta la enseñanza que los católicos españoles han inferido del papa de Benedicto XVI. Renovarse o… estancarse.

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