Enrique Montánchez | Jueves 20 de marzo de 2008
La Casa Blanca y La Moncloa preparan la reunión de Bucarest con sumo cuidado. Bush ha tenido que "tragarse", muy a su pesar, la victoria del líder socialista español. Los informes enviados a Washington por los servicios de inteligencia norteamericanos en las semanas previas al 9-M despejaron las incógnitas: Zapatero ganará las elecciones porque su política ha sabido conectar con la mayoría del pueblo español, Rajoy no es un líder con empuje y su programa está desfasado. La Inteligencia norteamericana se confunde a menudo, y de ello hay pruebas evidentes, pero sus aciertos responden a un pragmatismo difícil de igualar.
Los funcionarios del Departamento de Estado, las agencias de Inteligencia, las influyentes fundaciones y los poderosos lobbys estadounidenses piensan que, después de cuatro años de poder, Rodríguez Zapatero ya ha tenido tiempo suficiente para conocer las "reglas del juego" y aprender a desenvolverse en el "gran tablero". Ponen como ejemplo que Felipe González heredó un partido marxista y anti-OTAN y que, poco a poco, a medida que fue conociendo esas reglas con la inestimable ayuda del canciller socialdemócrata alemán Willy Brandt, dio un giro de ciento ochenta grados. Es decir, incorporó España a la Alianza Atlántica, renovó los acuerdos bilaterales de Franco, adaptándolos a los nuevos tiempos, y jugó en la escena internacional siguiendo las "reglas del juego". Eso sí, de puertas adentro de España podía hacer lo que quisiera.
Algo similar espera ahora de Zapatero ese entramado de poder económico y militar que se extiende y ramifica por todo el mundo. Nada menos que el presidente del Gobierno español apoye a una OTAN liderada por Estados Unidos, que nos impliquemos más en la guerra de Afganistán, o que nos alejemos del frente populista latinoamericano, entre otras cuestiones abiertas en el "gran tablero". Con una diferencia fundamental entre la época de González y la actual de Zapatero, que juega en contra nuestra: España ya no tiene el valor estratégico de antaño. En lo que al hemisferio occidental se refiere, en estas primeras décadas del siglo XXI, el Pentágono ha puesto sus ojos en África, en el acceso y control de los inmensos recursos energéticos y naturales del continente. Y en ese escenario, Marruecos (bases y territorio) ha pasado a ocupar el papel privilegiado que España desempeñó en plena Guerra Fría.
Por eso es importante para Washington conocer si Zapatero ha cambiado de forma de pensar a la hora de afrontar su segundo mandato. La ocasión se dará en el encuentro entre Bush y el presidente español durante la Cumbre de primavera de la OTAN en Bucarest (Rumanía) del 2 al 4 de abril. Estados Unidos lleva como tema principal a discutir con los aliados un aumento sustancial del esfuerzo militar europeo en Afganistán y acallar, al mismo tiempo, las voces dentro de la OTAN que piden la retirada de Afganistán. En el último año se ha extendido la opinión en el seno de la OTAN, compartida de forma oficiosa por altos mandos españoles, de que la guerra afgana, bajo la excusa del terrorismo yihadista, es un problema estrictamente norteamericano que encubre su estrategia global de acceso y control del petróleo, en este caso, de los ricos yacimientos de las ex repúblicas soviéticas de Asia Central.
Un Bush políticamente amortizado quiere arrancar en Bucarest el compromiso de enviar más soldados europeos a Afganistán. Significativamente, este jueves el vicepresidente norteamericano, Dick Cheney, llegaba en visita sorpresa a Kabul para analizar sobre el terreno la situación del país antes de la Cumbre de la OTAN. Durante la pasada legislatura, Zapatero fue contrario a un aumento de la presencia militar española en el país asiático, entre otras razones de peso, por el coste electoral de una medida de tal naturaleza, sobre todo después de la retirada de Irak. En el PSOE se oyen opiniones contrarias a que la nueva legislatura esté marcada por el enfrentamiento con Estados Unidos, por el desgaste que supondría en todos los ámbitos, especialmente para las empresas españolas en el exterior. Tampoco confían en que, de ganar las elecciones norteamericanas un candidato demócrata, cambien significativamente las grandes líneas de la política exterior norteamericana. Ni enfrentamiento ni sumisión al Imperio, pero Bucarest servirá de test para valorar cómo serán las relaciones de Zapatero con Estados Unidos en los próximos cuatro años.
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