Antonio Hualde | Jueves 20 de marzo de 2008
La visita organizada a cualquier capital europea suele incluir, como es de ley, una referencia a sus principales monumentos. En el caso de Roma, se hace difícil hacer un recorrido amplio sin dejar de lado alguna maravilla oculta. La Ciudad Eterna siempre se guarda algo. Y cuando creemos haberla visto de cabo a rabo, descubrimos esa pequeña iglesia que no conocíamos, esa leyenda de la que apenas teníamos noticia, o ese lugar que nos pasó desapercibido y cuya impronta histórica es enorme. O sobrenatural. Porque, como toda gran urbe que se precie, Roma también tiene sus fantasmas. Algunos, singulares y hasta simpáticos, como el del fraile que deambula por la embajada española, y que hasta tiene nombre: fray Piccolo. Otros, algo más adustos, como los de antiguos esclavos enterrados a las afueras -hoy centro-, en el Muro Torto.
Roma es también subterránea. Ya pensó en ello el rey Tarquinio Prisco, allá por el siglo VI A.C., cuando mandó construir una ingente red de alcantarillado, cuyo punto de partida estaba en la Cloaca Maxima. Subterráneas también son las catacumbas, de la cuales nos quedamos aquí con las de San Calixto, por un detalle que deja bien a las claras el poso romántico que siempre ha tenido la sociedad romana. Y es que dentro de ellas podemos encontrar un pequeño altar donde cierto obispo casaba en secreto a parejas cristianas, cuando el culto a Cristo era perseguido por el Imperio. Ese obispo era San Valentín, y ante el altar donde celebraba misa hacían -y aún hoy hacen- sus votos las jóvenes parejas romanas.
Roma en es sí misma una gran reliquia. Toda suerte de objetos más o menos sagrados pueblan sus diferentes edificios: desde la supuesta punta de la lanza -pilum- de Loginos sobre el baldaquino de Bernini, dentro de la Basílica de San Pedro, hasta las cadenas de San Pedro, veneradas en San Pietro in Vincoli, o las huellas que dejó impresas Jesús al aparecerse a Pedro cuando éste huía de Roma -y en cuyo lugar se erige hoy una iglesia donde puede leerse aquel famoso Quo vadis, Domine-. Pero es también mundana, como ya narrase el insigne cronista Carlos Pérez Giralda, refiriéndose al origen de la palabra "pasquín". Cerca de Piazza Navona se halla la Piazza Pasquino, donde puede verse la estatua de Pasquino. Quizá represente a un héroe heleno -tal vez Ayax, tal vez Menéalo-, pero por lo que cobró esta estatua notoriedad fue por la costumbre, iniciada siglos atrás, de colgar sobre su cuellos escritos satíricos y mordaces, algunos contra el propio Papa. Sea porque la faz de la estatua se parecía a la de un maestro y sus alumnos ponían allí notas ofensivas, o bien porque un barbero llamado Pasquino colgó una carta insidiosa en respuesta a alguna afrenta, el caso es que desde entonces se conoce como pasquín "todo escrito anónimo de contenido satírico que se fija en lugares públicos".
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