Opinión

Los puentes

Antonio D. Olano | Jueves 09 de diciembre de 2010
Existe una extensa gama de publicaciones referente a los puentes. Los que más cúmulos artísticos e históricos suman son los puentes romanos. Si los buscamos en el territorio del Imperio Romano lo que nos asombra, incluso más que la ingeniería que les caracteriza, es pensar que los romanos, parece ser, solamente construían puentes. Entre esas construcciones llama la atención el Acueducto de Segovia que, si hacemos caso al genial Ramón Gómez de la Serna, fue levantado por el diablo en unos minutos.

Los puentes propiciaron no solo literatura sino numerosas e importantes películas. Cine de guerra porque la defensa o voladura de un puente resulta siempre espectacular y agradecido para los héroes humanos. También los puentes inspiraron filmes sentimentales. Hasta hace medio siglo los indígenas de cualquier pueblo español mostraban sus puentes romanos, con orgullo. Sin embargo para puentes-puentes el fruto de la arquitectura norteamericana. Pero esos puentes no eran nada prácticos porque no existía el aliciente, que ofrecen sus colegas franceses. Esos bellos monumentos nos muestran a los clochars que tan necesario son a Paris como la iglesia de Notre Dame. Los franceses, desde tiempo inmemorial, aprovecharon inteligentemente todo los que se les ponía cercano.

“Bajo los puentes del Sena… que hay en París” es incluso el titulo de una canción parisina; pero escrita y compuesta por un poeta y un músico españoles.

Dejando aparte todos los puentes del mundo, incluido el colgante bilbaíno, puente de mucha representación, voy a referirme a otros que no requieren la intervención de los técnicos. Esta semana empezamos a recorrer un puente de muchísima representación.

Ese puente sucede y va a preceder a otros muchos. Me refiero a un kilometraje poderoso. Son las horas y los días festivos que el españolito que vienes al mundo, de meigallos te libre Dios, de los ciudadanos, ciudadanas, niñas y niños e incluso militares sin graduación a los que se les otorga puentes auxiliares -¡gracias santiños mayores y menores!- cuya celebraciones forman ya parte de la inamovible costumbre de vacar.

Si sumamos tal cantidad de festejos y conmemoraciones podemos llegar a la conclusión de que nuestros compatriotas descansan más días que los que emplean en sus trabajos cotidianos. Lo peor de este vacacional es que se quedan, desgraciadamente, muchos seres humanos yacentes en la carretera, descolgados sus vehículos al abismo. Otros portarán una minusvalía para siempre.

Pero el que no se moja no cruza la mar. Y al mar o a la mar se dirigen la mayoría de los que quieren aprovechar su tiempo libre.

El día menos pensado sumaré un tomo y lomo más a mi ya extensa bibliografía. Como la mayor parte de los escritores actuales se arriesgan, con títulos equívocos, a la arrabaliana ceremonia de la confusión, tal vez yo vuelva a ser “best-seller”. Dado que titulare el libro “Puentes” puede que mis lectores sean los ingenieros e ingenieros técnicos y que se me tome por un colega más de esos admirables profesionales.

Entre tanto ya estarán en la calle, tres libros, tres cuya adquisición y lectura les encarezco: “La Gran Vía se Ríe”, “El niño que bombardeó Paris” y una nueva versión novelada sobre uno de los toreros, ya además ser humano excepcional “Yiyo”. Ya se han cumplido 25 años desde que murió un torero y nació un ángel.

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