Regina Martínez Idarreta | Domingo 12 de diciembre de 2010
El último premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, aseguraba en su discurso de la pasada semana que lo mejor que le ha pasado en la vida es haber aprendido a leer. Yo no soy una premio Nobel y dudo tanto que alguna vez pueda serlo que ni siquiera aspiro a ello. Sin embargo, sí puedo decir que gran parte de lo que soy, de lo que vivo y de cómo me gano la vida, lo soy, lo vivo y lo tengo gracias a que un día alguien me enseñó a leer. Leer, con mayúscula, no consiste en saber unir letras y sílabas y con ellas construir unidades con sentido. Eso lo sabemos hacer todos. Leer de verdad es ir más allá. Supone saber ver entre líneas, entender más allá de lo obvio, de lo que nos plantean en blanco y negro. Terminar de construir el universo que los escritores tan sólo aventuran en sus páginas. Hacer nuestros a los personajes, sin necesidad de que Hollywood les ponga cara, voz o música. Leer es ampliar nuestro mundo, nuestro yo, hasta límites insospechados.
Recuerdo perfectamente cuando de pequeña me enseñaron a leer las monjas del colegio al que iba. En cuanto fui consciente de que era capaz de descifrar cuanta palabra se me pusiera delante, la primera sensación que sentí fue de agobio. Desde aquel momento, siempre que caminara por la calle, que mirara una revista, que viera unas letras impresas iba a leer. Iba a entender lo que ponía. Pronto, gracias a mis padres, esa sensación de agobio desapareció para dar paso a una de placer continuo. Desde que tengo uso de razón literaria he devorado cuanto libro ha caído en mis manos. Al principio daba igual la temática, el autor o el nivel del libro. A mí me bastaba con que me contaran una historia para quedarme embelesada horas y horas, recreando vidas ajenas en mi cabeza. La lectura se convirtió en una parte tan profunda de mí, que a veces me sorprendía a mí misma narrando mi propia vida, como si la observase desde fuera y conociera el final de las historias. Me resultaba difícil no adelantarme a mis propios acontecimientos vitales porque había leído tantas y tantas historias que, según el día, yo tan sólo tenía que meterme en la piel de cualquier personaje que se ajustara a lo que me estaba pasando.
La lectura era algo tan natural para mí, que nunca entendí que en el colegio se tomarán como una obligación darnos libros, ni supe asimilar los libros “por edades” que se empeñaban en que me tragara. Conforme he ido haciéndome mayor, he empezado a discriminar, a entender mejor que no todo lo que está impreso es legible. Que hay libros que no sólo no aportan sino que restan y que hay otros para los que sí merece la pena esforzarse. Las lágrimas más profundas, las nostalgias más intensas y los amores más puros los he vivido en esa realidad paralela, entre la nada y el todo, en la que entras cada vez que abres uno de esos libros que haces tuyos. No sé si la lectura me ha llevado a ser mejor persona. Pero sí sé que me ha hecho persona.
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