El chivato
Lunes 13 de diciembre de 2010
En un teatro de Varsovia han debutado dos robots; unos actores sin alma y sin sexo que, al no lucir género se adaptarían a la normativa aprobada por los responsables -es un decir- de la baraúnda andaluza. Sin riesgo de recibir reprimendas o sanciones, un maestro andaluz podría consentir, a sus alumnos, el uso del epiceno “actores” para designar a la hembra y al macho actuantes, cuya diferencia de género es la misma que existe entre una clavija y su correspondiente base de enchufe (de femenino nombre ambas). Los protagonistas obtienen a diario el mayor éxito registrado en un teatro polaco los últimos años.
Dicen que los protagonistas se mueven con soltura por el escenario y consiguen hacer llorar o reir y, al final de cada representación el público emocionado les aplaude en pie. Nunca olvidan el texto ni cambian el orden de frases o gestos; no exigen aumento de sueldo, sin reivindicaciones laborales ni afiliación a sindicato alguno, son el sueño de muchos empresarios. Los incansables cómicos pueden actuar varias veces cada día, no necesitan descanso ni vacaciones y, son tan buenos, tan buenos que, parecen auténticos robots.
Pero, el teatro es otra cosa. Entre el segundo y el primer milenio antes de Cristo, en el Antiguo Egipto ya se representaban dramas sobre la vida y la muerte, usando máscaras que pronto los griegos abandonaron, complementando el arte de Talía con la riqueza del gesto; con la cara visible de los actores -solo hombres al principio- y aun aumentó su ”verdad fingida” al incorporar mujeres para interpretar los personajes femeninos. El teatro ya estaba completo; comedias y trajedias expresaban, con verosimilitud, historias cercanas a las personas y el gusto por el teatro creció hasta nuestros días, a pesar de tantos obstáculos políticos y religiosos que intentaron -y aun lo intentan- apropiarse de su capacidad de influjo social.
El público no quiere robots, ni siquiera aquel superdotado que copulaba con Susana Estrada y que no lograba, con su enorme aparato, encandilar a las espectadoras curiosas de tan singular espectáculo. El erecto artilugio no suspiraba, no se emocionaba ni se turbaba nunca. Del actor, del personaje, se esperan sus imperfecciones, sus olvidos y sus errores, porque la vida, esa que vemos tras el espejo escénico, está llena de imperfecciones, olvidos y errores.
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