David Felipe Arranz | Miércoles 15 de diciembre de 2010
Alemania ha capeado el temporal de la crisis y lidera ahora o eso parece la recuperación económica de la Unión Europea a pesar del “euroescepticismo” reinante y de, incluso, las acusaciones de antieuropeísmo vertidas contra Angela Merkel, que se niega a aumentar el fondo de rescate; en España los bancos tienen aún problemas de liquidez. Veremos qué pasa, pero entre ajustes y desajustes presupuestarios y las deudas de los mercados del capitalismo salvaje nos olvidamos de que hubo un tiempo en el que las naciones cotizaban en la “bolsa del arte” con su patrimonio artístico: la ecuación de la solvencia de un país se medía no sólo a través de su poder económico, sino de su influencia política y… su capacidad artística.
Desde finales de la Edad Media los reyes españoles promovieron el flujo del arte en Europa y el Mediterráneo –en especial en Italia–, generándose tres siglos después y en Ultramar un extraordinario comercio cultural entre la Corte y los virreinatos americanos. La cultura y la representación política se fortalecieron con el vehículo de una lengua común, a pesar del paulatino derrumbe ocasionado por las guerras en las que el conde-duque de Olivares involucró a España. El legado imperecedero de un lenguaje hispánico y de toda su cultura visual permanece inalterable. Para comprobarlo basta acercarse a la impresionante muestra Pintura de los Reinos, organizada por Patrimonio Nacional, el Museo Nacional del Prado, la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales y Fomento Cultural Banamex, que puede contemplarse en el Palacio Real hasta el 31 de enero de 2011.
Las naciones del mundo imitaron la estética hispánica porque integraba mensaje político, actividad económica y sentido social. John H. Elliott comenta cómo después de que el duque napolitano Nocera visitó París y adoptó la moda gala se situó en una incómoda posición sospechosa a ojos de los dirigentes del escenario internacional. Bartolomé Carducho llegó a Madrid en 1586, mientras la capital y Sevilla –que se convirtió en un centro de producción artística que surtía de contenidos a la Nueva España y el Perú– abrieron las puertas a la cultura que venía de Toscana, Florencia, Flandes… y, a su vez, pintores provenientes de España, los Países Bajos e Italia emigraron a los virreinatos americanos (el sevillano Andrés de la Concha, Simón Pereyns de Amberes o los italianos Bernardo Bitti y Angelino Medoro). Cuando Pedro Berruguete regresó de Italia, trajo a España la perspectiva y la profundidad renacentistas; los grabados y estampas de Amberes –donde Rubens tenía su prolífico taller– inspiraron cientos de cuadros de gran formato y a genios como Zurbarán y Murillo, y los artistas que viajaron al Nuevo Mundo como miembros de la comitiva y los séquitos que acompañaban al virrey a comienzos del siglo XVII transformaron la cultura.
La escuela cuzqueña nació empapada de lo hispánico europeo y la mitote o danza ceremonial prehispánica conjugó la alianza política entre españoles y traxcaltecas para marchar sobre los mexicas, pues las guerras intestinas de los pueblos indígenas sirvieron y mucho a la inicial expansión colonial. Los arcángeles de la paz pintados por anónimos limeños se volvieron arcabuceros mientras la Virgen de Guadalupe se aparecía al indio Juan Diego. Los artistas construyeron una realidad e innovaron, crearon una visión política del mundo, una cultura enraizada en la vida artística y alimentada por el comercio a través de galeones cargados de tesoros de incalculable valor patrimonial que arribaban a Acapulco. Sin embargo, el fenómeno de desarrollo artístico y cultural no estuvo exento de paradojas éticas: la propaganda virreinal de los Austrias en las Indias españolas, a la vez que asfixiaba la cultura autóctona, impulsaba el mecenazgo de la elite criolla, deseosa de reafirmar su lugar en la escala social.
La crisis continúa mordiendo las esperanzas en la vieja Europa. Ante las oportunidades de inversión aconsejadas por los “sabios” analistas (mercados y bolsas de los países emergentes en Asia, Sudamérica y África) la cultura, nuestro verdadero patrimonio frente al poder del loco dólar, aparentemente nada tiene que aportar –nos dicen voces autorizadas– al juego político de la recuperación. Mas la lección se alza multicolor y viva en la exposición Pintura de los Reinos: si nuestra cultura hubiera sido hoy promovida, encauzada y reconducida –en Francia son maestros en ello– hacia un estatus de verdadero motor económico, ¿nos hubiera ido tan mal? Cuánta ignorancia e incultura se respira de forma descarada en el Congreso.
El Ejecutivo español ha renunciado a la cultura como valor estratégico de interlocución internacional y de motor económico desde hace décadas –como la educación, la filosofía, la música, la literatura…–, reduciéndola a tasas, debates sobre el canon, leyes oportunistas y subvenciones exiguas; y, por su parte, la Unión Europea sigue sin comprender que la cuna de la civilización occidental no se encuentra precisamente en el Ibex 35 ni en Wall Street y se pregunta todavía, ufana y soberbia, si la ayuda a Grecia, a Platón y a Aristóteles no ha sido un precio demasiado alto.
El mercado de valores –qué ironía lo del “valor”– es volátil y fluctúa más que nunca según sopla el viento norteamericano; la cultura, en cambio, no lo es y cuando reyes, validos y ricos comerciantes hicieron de ella un valor de mecenazgo muchos siglos atrás, qué duda cabe de que la producción artística contribuyó poderosamente a que se registraran elevados índices de riqueza, cohesión y estabilidad social. Preguntémonos por qué en el juego internacional de los estímulos económicos y los fondos de rescate nadie ha pensado en el maravilloso potencial que encierra la cultura, esa "pintura" de los reinos.
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