Jueves 16 de diciembre de 2010
“Nada como una hija muerta para entrar por la puerta grande en el PP”. La frase, que no puede ser más miserable, se califica por sí misma y define a su autor. Pero dicha frase adquiere, si cabe, aún más gravedad si nos atenemos a las circunstancias personales del destinatario: Juan José Cortés, el padre de la pequeña Mari Luz, asesinada por un pederasta confeso que se hallaba en libertad cuando no debía estarlo. El autor de tan despreciable comentario es el concejal de Hacienda de la localidad granadina de Maracena, Antonio García Leyva. El problema es que, a día de hoy, todavía no ha sido desautorizado por nadie de su partido.
Quien entra en política se expone a la crítica. Algo, por lo demás, normal en un sistema democrático. La única cortapisa a la libertad de expresión la pone la ley, que tutela tanto dicha libertad como el derecho al honor. Y el honor de Juan José Cortés ha sido gravemente injuriado por un sujeto que, lejos de retractarse, se esconde tras las siglas de un partido que, mientras no reniegue de ello, parece amparar semejante exabrupto. Con todo, esta forma de actuar no es nueva en los socialistas andaluces. Hace bien poco, Gaspar Zarrías llegó a afirmar que la culpa del motín de los controladores era del PP, a quien acusaba de haber estado confabulando en la organización del caos aeroportuario. Confundir la crítica a una labor política con el insulto zafio y descarnado se está convirtiendo en un hábito. Y eso es intolerable. Tanto como no respetar el dolor de alguien que, como Juan José Cortés, ha perdido a una hija en unas circunstancias terribles y al que asiste todo el derecho del mundo a optar por la opción política que considere más oportuna. Recuérdese que el señor Cortés era miembro del PSOE hasta que la indefinición de su partido a la hora de desfacer el entuerto de la Ley del Menor -una flagrante invitación a la impunidad- le movió a pasarse al PP. Se diría que, a juicio de algunos dirigentes del PSOE andaluz, eso da patente de corso para despreciar el dolor ajeno. Ellos mismos se retratan.
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