Víctor Morales Lezcano | Viernes 17 de diciembre de 2010
Por lo general, los medios de comunicación españoles -muy particularmente, prensa diaria, semanarios y revistas de periodicidad más espaciada- no suelen tener en cuenta la importancia del entramado que ha tejido Francia en los países del Magreb central. Entramado complejo, sin lugar a duda, hecho laboriosamente a partir del final del proceso descolonizador que tuvo lugar en el Magreb entre 1956-1962.
La descolonización dejó huellas sentimentales, e incluso rencores mutuos, entre la metrópoli y los protectorados, aunque fueron las relaciones franco-argelinas aquéllas que se llevaron la peor parte en el balance final del pulso colonial de marras.
Todavía hoy, prevalece un clima no muy acogedor que impregna el diálogo de intereses entre Argel y París, secuela de los “años de brasa”, durante cuyo transcurso ardieron muchas esperanzas coloniales de los “argelinistas” criados en la metrópoli y se forjaron varios moldes para configurar la nueva república norteafricana.
Con Túnez y Marruecos no sucedió lo mismo, como no podía ser de otro modo. Aunque hubo conflictos que enturbiaron las relaciones de París con Rabat (“affaire Ben Barka”) y Túnez (“casus belli” en torno a Bizerta), el caudal de las aguas volvió a discurrir por buen cauce entre París y sus otros dos “partenaires” magrebíes a partir de los años 70.
Con Marruecos, la quinta república francesa reveló desde un principio una gravitación marcada hacia los asuntos de este país norteafricano. En rigor, puede afirmarse que desde los años 60 -con el general De Gaulle ya instalado en la presidencia de la Quinta República hasta los tiempos que corren actualmente-, la relación franco-marroquí ha sido “one of the kind”, tanto para Rabat como para París; sin que ello quiera decir que, en más de una ocasión, el malentendido, e incluso, el distanciamiento, no hayan surgido entre los dos países. Recuérdese, simplemente, el efecto “boomerang” que tuvo la publicación en 1990 del libro de denuncias “Nuestro amigo el rey” (Hassan II), surgido de la pluma de Gilles Perrault y editado por Gallimard.
El trono de la dinastía alauí reinante en Marruecos, el sistema político, el precioso legado patrimonial, folclorista y geográfico, más algún que otro activo que se haya podido quedar en el tintero, había fundamentado, desde el mandato colonial del mariscal Lyautey, una predisposición francesa muy favorable hacia el que fuera reconocido hasta el siglo XIX con el nombre de “imperio de los cherifes”. O sea, Marruecos.
Si saltamos por cima del hiato que separa el periodo de entreguerras (1919-1939) del primer decenio del siglo XXI, observaremos cómo pervive el entendimiento comprensivo de ciertas élites francesas para con las realidades del Marruecos de Mohamed VI. Al círculo de Jean Daniel y de Pierre Bergé, de Bernard-Henri Lévy y Charles Saint-Prot (defensor muy leído en Francia -a propósito- de la “marroquinidad” del Sahara occidental), se habría de añadir el de ciertas figuras pertenecientes a la constelación político-diplomática y mediática, afectas al espíritu y a la causa de “les amitiés franco-marocaines”, como son Dominique Strauss-Kahn, Jean-David Levitte y Laurent Taïeb, figuras de talla financiera y comunicológica relevante.
Proverbial fue en su momento la proximidad confidencial que reinó entre el difunto Hassan II y François Mitterrand; por senda similar parece estar transitando la relación que une a Mohamed VI con Sarkozy, por no referirnos a las complicidades comprometedoras que atan a docentes, empresarios y artistas franco-marroquíes de ambas orillas. En este sentido, no se puede hacer menos que reconocer el ejercicio de atracción -interesada, naturalmente- que ha venido ejerciendo Francia con Marruecos. Este país, por su lado, no ha podido escapar a la huella que el Otro dejó impresa en su historia; huella no siempre loable, incluso -en ocasiones- torpe, cual fue la conspiración urdida en la residencia rabatí del Alto Comisario francés, con la intención de destronar a Mohamed V en agosto de 1953, como realmente ocurrió.
Si los medios de comunicación españoles no contemplan el peso que el “factor francés” ha tenido en la trayectoria política, militar, cultural y social del Marruecos poscolonial, se les estará escapando una clave preciosa para entender desde dentro cómo funciona, todavía, el antiguo “imperio de los cherifes” en sus principales dimensiones internacionales: la franco-europea y franco-africana; la anglo-sajona y la hispano-americana.