José Antonio Ruiz | Viernes 17 de diciembre de 2010
Ian Fleming es un aprendiz de Mortadelo, Napoleón Bonaparte un inofensivo soldadito de plomo, el Inspector Gadget un primo hermano desconocido de Rubalcaba-Man, y la novela de George Orwell 1984 un T.B.O., puestos a comparar al cínico Bruce Willis en Jungla de Cristal II (acaecida en un aeropuerto) con el reencarnado “Estado policía” Gladstoniano, militarizado por obra y gracia de un pelotón de calamidades políticas comandado por el aguerrido general Patton de León, que dispuesto a desfacer entuertos por la tremebunda, ha pasado de ejercer de tele-predicador del talante a arreglarlo todo, como Bud Spencer, manu militari (Anson dixit), o sea, a hostia limpia.
Pero no es del Tío de la Vara de quien toca hablar hoy, aunque venga al paso (teniendo como tiene la culpa, puesto a exagerar, hasta del pecado original), sino de los Poderes Fácticos Fácilmente Reconocibles (PFFR), que como reveló un Aznar pre-muscular hace ahora un lustro (antes de tomar la determinación de rivalizar en tableta abdominal con Cristiano Ronaldo), no están ni en desiertos lejanos ni en montañas remotas.
«El papel de los gobiernos es una cuestión abierta preocupante», escribe un atribulado Bill Gates en el epílogo del prólogo de su libro Camino al futuro. Hoy, años después de la profecía, el oráculo ha cobrado cuerpo: muerto y sepultado el principio fisiocrático del laissez faire, los hay que parecen empeñados en desenterrar a los cameralistas del XVIII para que nos ilustren como en antaño acerca de la conveniencia de dejar que el Estado intervenga con absoluta impunidad en todos los aspectos de la vida sobre la tierra, constatada la irrecuperable perdida de la fe en el orden natural.
Lo mismo Manuel Castells (tentado por la serpiente que tan a menudo le induce a seguir cultivando su nicho de mercado: el club de fans de incondicionales progres) se ha pasado tres pueblos en la segunda parte de su enunciado cuando ha dicho que «WikiLeaks no es una amenaza para la sociedad, sino un instrumento de regeneración». En su lugar, yo estaría preocupado por haber coincidido con un propagandista orondo que va de cineasta anti sistema como Michael Moore, para quien Assange es el «terror de los mentirosos y los señores de la guerra, pionero de la libertad de expresión, del gobierno independiente y de la revolución digital del periodismo».
A ver si ahora va a resultar que los mercenarios que han pinchado y filtrado, previo cobro, los cables diplomáticos y archivos secretos objeto de tantas elucubraciones, son hermanas avezadas de la congregación de la madre Teresa de Calcuta. El tremendismo suele ser el recurso del border line, que lleva a los patriotas de sentidos golpes de pecho a ver en el tal Julian a un terrorista digital que ha declarado la ciberguerra diabólica a EEUU, y a los freewikileaks palmeros a adivinar en la efigie lacónica de su líder el aura de un proto-mártir de libro candidato al Nobel de la Paz de los cementerios por su altruista heroicidad.
Dicho esto y sin perjuicio de la “higiénica” discrepancia, mi admirado profesor anda, a mi humilde juicio, sobrado de razón en la esencia misma de su planteamiento, pues dan mucho más miedo los resortes secretos de los gobiernos que el Cablegate protagonizado por este Vickie El Vikingo australiano a quien la revista Time ha estado en un tris de aupar al trono de “canguro del año”. Más alarma me da el establishment terráqueo de poderosos, chaperos de los crímenes de Estado, que el mensajero de una nueva secta basada en la transparencia, la igualdad y la justicia.
A este insignificante reportero que firma esta ocurrencia mental a pie de página lo que de verdad le acojona es el obsesivo empeño enfermizo de los Estados (y de organismos para-gubernamentales inclasificables de dudosa reputación) en trepar hasta nuestra cama a la primera ocasión que se les presenta para espiarnos y amarrarnos al larguero con unos grilletes o embutirnos una camisa de fuerza como a la niña del Exorcista.
Al paso que vamos, como la Policía del Pensamiento orwelliana, tiempo al tiempo los parias que nos atrevamos a pensar en contra de las consignas del partido único acabaremos confinados en una mazmorra del castillo de Montjuic, sin posibilidad de apelar al habeas corpus, o mismamente convertidos en alegoría del suplicio, ante el pelotón lorquiano de fusilamiento.
Casi nada es lo que parece. Conjeturas, las justas. Hechos (siento mucho que mis convicciones periodísticas sean anglosajonas). Y a día de hoy la única certeza relativa que tenemos es la identidad de los emporios mediáticos que están pasando por caja para hacerse con los chismorreos: The New York Times, The Guardian, Der Spiegel, Le Monde o El País. Dicho sea al paso, me pregunto por qué en lugar de tirar de la chequera para publicar los cotilleos por fascículos, los periódicos antedichos no apoyan de verdad el periodismo de investigación proporcionando a sus mejores profesionales los medios que necesitan para desempeñar de forma óptima su trabajo.
Menos certeza existe acerca de las fuentes de financiación o de filtración de la mercancía, y mucho menos al respecto del encriptado jeroglífico de espurios intereses que sostienen todo el engranaje: ¿Acaso alguna agencia de inteligencia, pongamos por caso el Mossad israelí? ¿La KGB? ¿El MI6 británico? ¿El ISI pakistaní? ¿Al Qaeda y los talibanes? ¿Topos del propio gobierno norteamericano? ¿Una facción despechada de la CIA? (…) Raro, raro, raro.
Lo que difícilmente se sostiene, por simplista, es que un hacker genial, perturbado, iluminado, o loco de atar como un cencerro de los Alpes suizos, se lo haya montado de por libre, reuniendo como reúne Assange el perfil de típico retrato robot del hombre de paja que actúa como marioneta de uno o varios poderes fácticos anónimos.
Como guión para un thriller sobre oscuras teorías de la conspiración paranoica puede quedar hasta inclusive redondo. ¡Ya estás tardando, Vasile! Pero deberían hacérselo mirar quienes piensan que un pirata cibernético está siendo capaz de poner en jaque la seguridad nacional de EEUU y en entredicho la masa gris de los cerebros del Pentágono y la Casa Blanca.
Lo único que me ha llamado la atención es ese cable que dice que el gobierno español se percibe como compuesto por izquierdistas “trasnochados”. Claro que para el pollo que se ha montado no necesitábamos tantas alforjas burreras.
En la Nochevieja televisiva de La Primera del año pasado, cuando la España (hoy alarmada, militarizada y hasta los mismísimos) de Alicia Rodríguez Zapatero (que a lo que se ve no ha leído ni a Althusser ni a Gramsci) era todavía el país de las maravillas, un emisario de la Sociedad General de Autores se le metió en la ducha a José Mota dispuesto a cobrarle allí mismo el impuesto revolucionario de marras, estando como estaba el baranda indefenso, en pelota picada. Y todo porque le sorprendió in fraganti cantando una rumba de Peret sin haber pasado antes por caja.
En otras circunstancias, lo normal es que tomáramos la gansada a broma y fuésemos incapaces de elevar el tono de la discusión más allá de la trivialidad. Lo preocupante del caso es que el esquetch humorístico es algo más que una metáfora, estando como estamos rodeados por los cuatro puntos cardinales de ojos y oídos que todo lo ven y lo escuchan, y del más obsceno y chantajista de los “controladores” imaginables, el Estado, que no quita la oreja del SITEL, ese Sistema Integrado de Interceptación Telefónica que se sacaron del pico de la gaviota los del Pepé y que se han atrevido a enchufarlo a la toma de corriente los del Psssoe, ajenos al subidón del recibo de la luz.
¿Derecho a la libre circulación? ¿Derecho a la privacidad? ¿Derecho a la intimidad? El artículo 18 de la Constitución Española, como todas las declaraciones ampulosas y grandilocuentes que predican lo imposible, es una memez.
Muertos y enterrados Platón y Maquiavelo, y ninguneado Max Weber, el Estado ya no es sólo el legado que nos dejó hace cinco siglos algún enajenado que se pasó la vida inventando razones para legitimar la asunción por parte de la cosa pública del monopolio del ejercicio de la violencia legítima. Hoy, el Estado, siempre insaciable, también reivindica el derecho a conculcar la libertad individual aprovechando como coartada preventiva para declarar el toque de queda en situaciones de encabronamiento colectivo.
No somos los administrados quienes tenemos que hacer una cesión involuntaria de nuestra soberanía personalísima por culpa de la incompetencia de los servicios secretos, de las fuerzas de seguridad o de un Gobierno chusquero (al margen dejo a la ministra Garmendia, mayormente porque me resulta molona y con clase).
«All the world is a theatre», escribió Shakespeare hace de esto un huevo de años. Y todos los hombres y mujeres, simplemente comediantes, participantes involuntarios en el Big Brother de La Milá. Una de espías. Be careful what you say. El enemigo, siempre anda a la escucha. Y como aconseja el sabio dicho, lo que no quieres que se sepa, por la cuenta que te trae, ni lo pienses. Yo soy tan ingenuo, que hasta lo escribo. ¡Que me esposen!
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