Críticas de Teatro

La Gran Vía no es Broadway

el chivato

Lunes 20 de diciembre de 2010
Si las premoniciones existen, antes de la efímera cesión del nombre de la avenida Broadway, ésta ostentó el nombre de “Gran Vía”, con el adjetivo “blanca” según un artículo del periodista Shep Friedman, publicado en el New York Evening Telegraph, el tres de febrero de mil novecientos dos (ocho años antes del comienzo de las obras de nuestra Gran Vía, cuya denominación se debió, desde siempre, al pueblo); por aquel entonces la Gran Vía Blanca de Nueva York estaba iluminada mediante potentes equipos de arco voltáico.

Mascarón de proa de un Madrid acogedor en el que abundaban los grandes y lujosos cines, teatros, hoteles, restaurantes y salas de fiesta, la Gran Vía lució su máximo esplendor durante la segunda mitad del siglo XX, después la codicia mercantilista y la desidia gubernamental propiciaron el cambio: apenas quedan teatros, solo tres cines (Callao, Capitol, y Palacio de la Prensa) y una modesta sala de baile sin espectáculo (La Trompeta). Las empresas “Bautista Soler” (Avenida, Palacio de la Música, Coliseum, Lope de Vega); Inmobiliaria Metropolitana (Valle Inclán); Banco Atlántico (Cine Actualidades) Banco Coca (Teatro Fontalba) y el imperio Polanco-PRISA (Cine Imperial) acabaron con el proyecto Broadway de José Manuel Garrido, cuando era director general del INAEM. Antes desaparecieron los cines Palacio de la Prensa y Callao, convertidos en pequeños multicines por la familia Reyzábal. Las tiendas de ropa económica proliferan en detrimento de aquellos bares y restaurantes... Ya no está Zahara ni Pidoux, ni Fuyma. No está la muy lujosa Pasapoga... Y solo quedan dos teatros (Coliseum y Lope de Vega), seguros de la mano de la SGAE, entidad cuyos satélites, para asegurarse la compra, pagaron por los dos grandes, más millones de los que pretendía la propiedad. No, la Gran Vía no es Broadway.


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