Opinión

El ojo (izquierdo) de la Gioconda

Antonio D. Olano | Lunes 20 de diciembre de 2010
Únicamente el misterio, que para mantener su magia jamás debe ser revelado, garantiza la inmortalidad de lo que de otra manera sería cotidiano. Y así ocurre con la Monna Lissa. El máximo jeroglífico del Arte pictórico que, periódicamente, produce un escándalo o incita a que los estudiosos expongan un nuevo misterio difícil, yo afirmo que imposible de resolver.

Leonardo dejó a la cábala la interpretación de su obra maestra. La más amada, luego deseada, por los admiradores de las Artes con mayúscula.

Da Vinci escribió en su lienzo su propio código en el que trabajan incesantemente sus estudiosos. El mayor de los derechos humanos es el libre albedrio para la interpretación de las cosas. Que no es otra que el axiomático título pirandeliano de “Así es, si así os parece”.

Los enamorados de las historias medievales llegaban a las almenas del castillo en el que vivían su locura de amor las princesas “rosalindas”. Descendían sigilosa y peligrosamente por una escalera de esparto y se echaban en los brazos del bien amadlo que, a su vez, la echaba a la grupo de su caballo y cabalgaba sin ser descubierto por los guardas, nada cuidadosos por cierto, del castillo. Estos raptos con consentimiento son los héroes shakesperianos que inspiraron a esos secuestros, así, por las bravas, de las mejores películas del fart- west. Siete muchachos simpáticos consiguieron novias para todos los hermanos. O “el chico”, tal vez Gary Cooper, se lleva a la mujer más deseada que amada.

El nudo del sublime “Don Juan Tenorio” está en el secuestro de la novicia Doña Inés, luz de donde el sol la toma, que es sin duda el más sublime momento de la tragedia amorosa escrita por Zorrilla.

Una mujer bellísima y misteriosa, que además, durante mucho tiempo e especuló que se trataba de un hombre, regala amor con su mirada y despertaba, inmediatamente después, el deseo de la posesión que suscita entre los que la aman. Por eso la Gioconda era visitada diariamente en el Louvre por sus fieles amigo, seducidos por la ambigüedad del retrato.

Los constantes y repetidos enamorados visitantes fueron la causa del robo del lienzo su secuestro en el que, se asegura- siempre la duda que no ofende sino que ayuda- tuvo cómplice colaboración Pablo Picasso. (El suceso queda, espero, lo suficientemente explicado y aclarado en mi libro “El señor de las palomas”)

Un experto italiano insinúa (léanse las digitales páginas de nuestro diario) que en el guiño que con su ojo izquierdo está, pintado por su autor, todo el misterio de la Gioconda. Parecía vivir o subsistir pacíficamente dentro de su cárcel de cristal de la pinacoteca.

Posiblemente la Monna Lissa, monna lissa, tan cantada, nos envie su mensaje esta Navidad. Más o menos, lo leemos en sus labios, dice y reza: "Ya ni en la paz de los museos creo..".

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