Norberto Alcover | Miércoles 22 de diciembre de 2010
Perdón por las molestias que durante los meses pasados haya podido provocar en determinados lectores. Nunca se sabe, en periodismo, si acertamos o no en materia de respeto al otro. En cualquier caso, la libertad de expresión puede conducirnos al agravio nunca deseado. Repito, mil perdones.
Me reafirmo en muchas de las cosas que escribí y defendí. En casi todas las que recuerdo en este momento. Si bien algunas personas, y no precisamente de estas páginas digitales, hayan mostrado su disconformidad: el universo periodístico se ha tornado absolutamente infinito para escribir y contraescribir. Pero lo dicho: me reafirmo en casi todo, y sigo abierto al diálogo más sincero y hondo.
El periodismo español (y el mundial) ha cambiado desde Julian Assange y sus papeles del Pentágono, y pienso que para bien. En Navidad, que es tiempo de trasparencia de lo divino en humano, se evidencia la urgencia de poner sobre la mesa lo que charlamos y que afecta al conjunto. Una cosa es el secreto interpersonal y otra muy diferente los pretendidos secretos de nuestros representantes democráticos. Ojo al parche de las revelaciones. Igualito que en Belén.
Salud a todos aquellos que trabajan en los entresijos digitales del diario que nos soporta, y que apenas alguien conoce. Ellos y los lectores son nuestros grandes desconocidos. Pero escribimos para los lectores y salimos a la luz por el trabajo oscuro de la infraestructura. A todos, gracias sinceras.
Y en fin, ya que nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor, en quien yo creo radicalmente, pues que nos salve del egoísmo, que es el único pecado de verdad. Dios nunca falla. Aunque aparezca como Niño. Felices Navidades, amigos.
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