Opinión

Parando el tiempo

Regina Martínez Idarreta | Domingo 26 de diciembre de 2010
Esta semana he leído un reportaje sobre una niña estadounidense que paró de crecer a los dos años. Tiene 18 primaveras pero su cuerpo y su mente son los de un bebé. Desde que cumplió dos años no ha crecido ni un solo centímetro ni ha engordado más de medio kilo. Ella en sí misma parece una metáfora de la eterna juventud, de ese sueño universal de parar el tiempo, el instante deseado, para recrearnos en él una y otra vez. Lo cruel es que los demás sí crecemos y el mundo no para. Los padres de esta niña y sus hermanas mecen y cuidan de este bebé adulto, con la incómoda conciencia de saber que no deja de ser una gran mentira. Que los bebés eternos sólo existen en los cuentos y en las pelis de ciencia ficción y que puestos en la vida real sólo son inquietantes caprichos de la naturaleza.

Porque qué madre no ha deseado nunca que sus hijos fueran siempre bebés, de esos mullidos y cálidos, que tan sólo necesitan de su amor y cariño para dormir tranquilos, como si no hubiera un mañana. Pero a la hora de la verdad, lo bonito no reside en tener un muñequito con el que jugar y al que cuidar. Lo mejor de las cosas, aunque a veces nos duela o nos decepcione o nos de miedo, es vivirlas. Dejar lugar al libre albedrío, o al menos, a la ilusión del mismo, y ver en qué clase de persona se convierte ese bebé.

Supongo que este tema, el de la eternidad congelada, el paso del tiempo y la añoranza de momentos concretos que nos gustaría criogenizar para vivir una y otra vez, viene muy a cuento teniendo en cuenta las fechas en las que estamos. Yo misma me sorprendo muchas veces deseando, sin saber cómo verbalizar ni materializar ese deseo, haber sido capaz de guardar momentos con la suficiente habilidad como para poder revivirlos de alguna otra forma, inconcebible pero real, que no sea la mera recreación mental de los mismos. Y sé que es absurdo perder el tiempo en estas cosas. Pero la cabeza se me va sola, se pierde en vericuetos sin salida, y se empeña en buscar donde sé que no hay nada. No sé quién es el responsable de habernos dado una mente capaz de aspirar a cosas que nunca seremos capaces de lograr y que luego se encarga de dejarnos pistas perdidas como la de esa niña eterna que, inconsciente de lo que representa, vive su mayoría de edad en el limbo de una falsa niñez.

Pero en días como estos, en los que una parte de mi cabeza parece empeñada en seguir su curso sin dar a la otra ni una sola pista de por dónde transita ni por qué piensa lo que piensa pero dejando claro que es mucho más elevado que lo pasa por el lado terrenal, me parece que nuestro creador a veces se pasa con su ironía cósmica.

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